AÑADIDOS NECESARIOS

La verdad es que escribir la anterior nota sobre Martha fue difícil, porque hay códigos que no se pueden ignorar y sentimientos que se deben respetar.

Esta auto limitación me llevó a no decir todo lo que hubiera querido decir. No soy su biógrafo, soy su amigo y la quiero y respeto tanto o más que cuando éramos adolescentes. Pero ahora quiero decirle algunas cosas que no pueden quedarse fuera.

Debo empezar por decir que ella, así como era vital e impetuosa, también era difícil y podía sacarte de quicio fácilmente. Era parte de ella, no era una perita en dulce. Pero con esa misma facilidad también podía resolver los estropicios que acababa de generar.

También que ni con una extremidad enyesada (que hubo varias en corto tiempo) reducía sus “revoluciones” de adolescente, pero tuvo que llegar un diagnóstico de una afección crónica para que ella atenuara su espíritu y aquí fue cuando demostró de que estaba hecha.

Pues, se adaptó ante lo inevitable, cambio de estilo y se lanzó a tener un emprendimiento donde puso toda su creatividad y que hasta hoy tiene. Y a la vez empezó a dar una batalla de décadas contra su mal, batalla que tuvo un hito doloroso cuando la vi por primera vez en silla de ruedas. Me di cuenta cuanta fuerza tenia al verla hablar y reír y hacer que la silla de ruedas prácticamente desapareciera del escenario.

Por eso es que cuando ahora poco recibí la noticia que el final se acercaba, me dolió. La vida no es justa, lo sabemos, lo decimos, pero es difícil interiorizar que una persona que conoces y que ama tanto la vida tenga que partir. No es natural.

Y hay mas, en pocos meses su promoción cumplirá 50 años de haber salido del Colegio y sus compañeras que estaban organizando la celebración de reencuentro ante la noticia de su mal estado, reaccionaron naturalmente pensando suspender la reunión. Su texto de respuesta es un canto a la vida, a su amistad y a la alegría de haber crecido juntas (¡habla de participar en un “bailongo”!) y pide que de ninguna manera se suspenda la reunión. Imposible no atender su pedido.

Finalmente, debo contar que cuando hable con ella luego de enterarme de la mala noticia para hacerle llegar mi cariño y solidaridad, al minuto de iniciada nuestra charla, resulto que (no sé cómo) ella me estaba consolando a mí, por la muerte de mi viejo, a quien ella conoció y que también amaba tanto la vida. Le reclame débilmente y solo pensé que si este diálogo no estuviera así, al revés, no sería Martha la persona con la que estaba yo hablando.

Me desarmó esa generosidad de pensar primero en el otro, que era una cualidad que le conocía y que extrañaba sin saberlo.

Saudade Martha querida, saudade.

Un fuerte abrazo por todo lo bueno que pusiste en mi vida y en la de los demás.

MI PRIMERA AMIGA


Conocí y me hice amigo de Martha cuando Jorge, su hermano mayor fue mi compañero de aula en 3ro de secundaria. Ella por coincidencia estudiaba en el mismo salón con mi hermana menor en un Colegio de monjas canadienses.

Desde que la conocí admire su espíritu libre, alegre e irreverente. Nos hicimos buenos amigos. Nos acercaba además el rock (CCR, BTO, GF, Black Sabbath, Santana, Cream, etc.) y las fiestas.

Martha era un pequeño huracán, en el colegio llevaba al extremo los juegos (en el columpio ponía al borde del colapso a las monjas) y aparte de algún hueso roto, perdió un pedazo de diente delantero cuando se cayó –al romperse- del techo del escenario, que no soporto a las dos adolescentes que estaban colocando adornos por el día de la madre.

Poco después ella conoció a Pancho y se enamoraron. Pancho era y es aficionado a la pesca, al kung fu, al nunchuck, arma formada por dos bastones cortos unidos por una cadena; y amante del rock por supuesto. Hacían una buena pareja.

Fuimos un cuarteto que durante casi 2 años asistíamos a cuanta fiesta rock hubiera un sábado en la noche. Las luces de colores llamados semáforos, la cortadora, la luz “negra” ultravioleta recién aparecían en el país.

Recuerdo que ocurrido el accidente que obligó a completar el diente roto, en las fiestas y a nuestras espaldas, de repente colocaba su largo cabello negro sobre la cara y sonreía exageradamente mostrando el trozo de diente de otro color -por efecto de la luz ultravioleta- causando nuestro sobresalto, mientras ella estallaba de risa.

En otra ocasión, una noche que llegué a su casa, para irnos a una fiesta la encontré medio llorosa y fastidiada.

“Hola” dije

“Hola, Jorge está por llegar” me contesta.

“Ok. ¿Qué te pasa?” Pregunte a pesar de intuir la respuesta. Estábamos en la puerta de su casa, delante del enorme árbol de caucho que daba sombra a la casa.

Con la espontaneidad que ya le conocía, me abrazo y se puso a sollozar en mi hombro. “Nos hemos peleado, no creo que vayamos a la fiesta.”

Le dije que todo se iba a arreglar, mientras egoístamente pensaba “¿No creo que vayamos a la fiesta? Ustedes se pelean tres veces por semana, pero yo quiero ir a la fiesta”.

“¿Dónde está Pancho?” le pregunté.

Con tono triste me dice “Se ha ido a su casa”

“¿Porque no lo llamas? Ya debe haber llegado”

Se calló un instante, me miró directo a la cara y cambiando de tono me pregunto “¿Y qué le digo?”

“Que venga” respondí.

“¿Nada más?”

“¡Si, nada más!”

Lanzó una carcajada corta, que me asusto.

Se dio media vuelta, se fue corriendo, y mientras gritaba “pasa, pasa” señalándome la sala subía las escaleras de dos en dos.

Entrando a la casa, recuerdo que pensé: “Que hago yo dando consejos cuando mi experiencia en el tema es cero.” Y medio asustado me preguntaba “¿Y si sale todo mal?”

Me senté en la sala a esperar, sin saber cómo iba a terminar el pequeño drama. Cinco minutos después llegó Jorge. Y un rato después lo hizo Pancho luciendo su cara de palo.

Jorge y yo salimos de la casa esperando que la pareja firmara la paz o por lo menos acordara una tregua. Largos minutos después salían los dos abrazados y sonrientes. “¿A dónde íbamos? Ya me olvidé” dijo en tono jovial Pancho y ella sonreía de buena gana, mientras me lanzaba una mirada cómplice. Me sentí aliviado de que todo saliera bien.

Después de ese susto debo confesar que nunca después, he sido hombro para una pena de amor, ni consejero ad honorem de líos amorosos.

Pero el tiempo pasó y como es natural cada uno tomó su rumbo. Y en las pocas veces que hemos coincidido con ella a lo largo de los años, siempre la calidez de su amistad se manifestaba intacta.

Ahora cuando la mala noticia llegó, me dolió, pero supe también que su espíritu libre y alegre, así como su generosidad se mantenían intactos, menos irreverentes y turbulentos que antes tal vez; pero si más firmes y ahora asentados en su poderosa fe Bahai.

Le agradezco a la vida tener a Martha como mi primera amiga. Ese alegre coraje para vivir a su manera y su natural generosidad siempre estará en mí recuerdo y en mi corazón.


PD Gracias por tus consoladores(!) mensajes de voz. Amiga mia eres increible. Un abrazo.


NOTA. La figura inicial es el símbolo japonés de la amistad. 

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