UNA RELACION TORMENTOSA
Nos encontrábamos siempre en un paradero situado frente a su Colegio, cruzando una ancha avenida, al lado de una tienda. Cuando ella llegaba primero, me esperaba allí rodeada de sus amigas que desaparecían casi espantadas apenas me veían aparecer, esas mismas que cuando yo llegaba primero y esperaba allí recostado en la pared, con mi maletín en el suelo, en la ventana del segundo piso donde quedaba su salón me hacían sonreír haciendo con impunidad todo tipo de gestos desde desmayos dramáticos hasta gestos manuales obscenos .
“No les hagas caso, estan locas” me decía al llegar y nos reíamos. Y empezábamos la larga marcha de regreso a su casa. Cuarenta minutos caminando que nos parecían cinco. Siempre la misma ruta. Todo Carhuaz y todo Aguarico porque eran las calles menos transitadas y luego Napo donde nos soltábamos las manos por el temor a que su viejo nos viera.
En su barrio, vista las reacciones de grupos de chicos que lanzaban indirectas seguida de risas exageradas de celebración, yo no era bienvenido. Parecía que algunos de ellos tenían expectativas hacia ella y veían frustrados sus planes.
Estuvimos bien por un año y poco más la relación andaba bastante bien conversábamos bastante y nos reíamos mucho. Luego, durante unos meses poco a poco a la exigencia propia de la universidad se le añadió un incremento consciente de mi militancia politica que me consumía tiempo y nuestros contactos se espaciaron. Daba por sentado que la relación era fuerte, que solo requería cuidados mínimos y baje la guardia. La realidad me enseño que fue un error.
Un sábado en la noche al dejarla en su casa le dije “Mañana iré con mi familia a visitar a mi tía Yola. Solo la visitamos uno o dos domingos al año y generalmente regresamos a eso de las 10. Si llego antes te paso a buscar a la Parroquia sino nos vemos el lunes”. “Ok” me dijo y con un beso nos despedimos.
Al día siguiente, mi familia y yo regresamos de la casa de la tía Yola un poco antes de las 8. Ni bien llegamos a la casa salí a buscarla a la Parroquia. A esa hora, como todos los domingos, la puerta del Despacho Parroquial era un hervidero de jóvenes. De 20 a 30 entre amigos y conocidos formaban grupos que conversaban animadamente. Desde que llegué a la esquina la empecé a buscar con la mirada. No la veía. Cuando finalmente llegue, salude con un hola, mientras la seguía buscando entre los grupos. No estaba. Cuando me comenzaba a alejar dirigiéndome hacia su casa, un amigo quien se percató de mí búsqueda se separó de su grupo, se me acerco y en voz baja me pregunto “¿Buscas a ..?”. “Si” le dije un tanto extrañado por lo conspirativo de su tono de voz, mirándome añade “Creo que se ha ido al Atalaya con el cholo Chris”. Me quede frio.
El Atalaya era un campo de futbol situado en medio de una cuadra con dos pasajes laterales. El campo estaba cercado por una malla de alambre y entre la malla de alambre y el borde de la cancha habían sembrado árboles. De noche era visitado por parejas que querían privacidad para sus arrumacos amorosos.
“Gracias” le dije, sin mirarlo. El retorno hacia el grupo y yo cambié de dirección. Estaba ente molesto y sorprendido. El cholo Chris no era mi amigo, no me caía bien y solo sabía de él que tocaba la guitarra y que jugaba de arquero con indumentaria completa. Me basto escucharlo hablar una vez para saber que jamás seriamos amigos y así fue. No sabía que ellos eran amigos, los había visto conversando un par de veces y nunca a solas.
El Atalaya quedaba a dos cuadras y se llegaba directamente a él por un pasaje que cortaba la cuadra situada a la espalda de la Parroquia. Las calles estaban silenciosas y yo caminaba rápidamente, pero sin hacer mucho ruido. Acercándome al final del pasaje escuche el murmullo de una conversación, pero no podía entender lo que decían, un instante antes de desembocar en la calle, se cortó el murmullo y escuche ruido de pasos rápidos. La calle estaba iluminada pero solitaria, y a unos metros a mi derecha había un carro estacionado. Allí estaba el, solo con la espalda apoyada en la puerta del copiloto, los pies en el borde de la vereda, una cara con una sonrisa forzada y unos ojos entrecerrados que mostraban cálculo. Ella no estaba. Había dado dos pasos hacia él cuándo la veo asomándose por la parte delantera del auto, escondiéndose como una niña en falta. Me quede mirándola inmóvil. Luego de darle una rápida mirada al galán quien ya estaba parado al lado del auto y simulaba mirar hacia el otro lado, me acerco a ella quien forzando una sonrisa se incorpora y dice “Me asustaste”. Me quede parado en la vereda, en silencio frente a ella sintiendo como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Se acercó diciendo “Llegaste temprano”, y extiende sus brazos pretendiendo abrazarme. Retrocedo y en un tono duro le pregunté “¿Qué estás haciendo acá?”, sentía que me quemaba la cara.
Su sonrisa desapareció y vi miedo en sus ojos “Nada. Solo estábamos conversando” “¿Si? ¿Acá?” “¿Esperas que te crea? ¿Con este?” dije girando, pero el galán ya había desaparecido.
“No ha pasado nada. No es lo que crees”
“¿Cómo sabes lo que creo? No. No. No. Esto se acabó”
“Te lo puedo explicar, por favor. Escúchame”
Comencé a caminar alejándome sin saber hacia dónde iba. Me alcanzo, se abrazó a mi brazo en actitud sumisa sin dejar de hablar, no la rechacé, solo caminaba en silencio.
Dentro mío empezó una batalla entre el que quería creerle, recordando todo lo bueno que teníamos, que no podía negar que la quería, aunque me doliera admitirlo; y el otro que señalaba un hecho: ella estaba allí con un tipo en una situación poco más que sospechosa cuando fue interrumpida.
No sé cómo terminamos sentados en la semi penumbra de las escalinatas de la entrada de un conjunto de departamentos. Se sentó pegada a mi lado y con la cabeza gacha. No la aparte. Seguía repitiendo que no había pasado nada. Yo permanecía en silencio sin mirarla. Dentro mío había una mezcla dolorosa de furia, desilusión y tristeza.
Nuevamente “Solo conversábamos. No ha pasado nada con él. Yo te quiero y solo quiero estar contigo”. Siguió hablando, pero yo ya no la escuchaba, la batalla dentro de mí me lo impedía.
“¿Porque te escondiste?”.
“Ya te dije. Me asuste”.
Comencé a ceder. “No quiero que vuelvas a hablar con él. Nunca”
“Te lo prometo”. Me dijo mirando el suelo.
Guarde silencio. Solo estaba ganando tiempo, dentro mío seguía librándose la batalla sobre qué hacer.
En un último intento de no perdonar, me obligué a ponerme de pie con una seguridad que estaba muy lejos de sentí y dije “No. No. No. Mejor acá terminamos. Me voy”.
Se abrazó a mí y casi entre sollozos dijo algo que al principio no entendí bien: “Yo te quiero. Pídeme lo que quieras. Solo quiero estar contigo, ser tuya, solo tuya.”
“¿Que dijiste?” le pregunte, sorprendido.
Levanto la cara y mirándome lo repitió. Note desesperación en su voz. No quería perderme. La quede mirando, me sostuvo la mirada, sus ojos estaban brillantes y decididos.
Aun no entendía yo que esto era una cuestión de respeto e integridad, pero la pasión nos ganó y cruzamos la línea.
Las cosas cambiaron durante un buen tiempo el fuego nos consumía y no podíamos andar separados mucho tiempo. Conversábamos bastante. Nos reíamos mucho. Otra vez era la chica bonita y alegre de la que me había enamorado.
Hacíamos planes, vivir juntos, tal vez casarnos, de tener 4 hijos y hasta especulábamos a veces en broma y a veces en serio sobre los nombres que les pondríamos.
Pero, las actividades políticas me demandaban cada vez más tiempo y casi no tenía tiempo para mi relación amorosa. Llegaba tarde a verla o simplemente no llegaba. Al principio ella mostraba comprensión y hasta interés pero poco a poco nuestros encuentros se fueron enfriando.
Poco tiempo después el partido me informo que se necesitaba que yo fuera a Arequipa a reforzar el trabajo partidario y acepté, casi sin pensarlo.
Cuando hable con ella, esa misma noche, se quedó pasmada. Por una parte, no creía que yo estuviera tan involucrado y por otro lado que hubiera aceptado sin conversarlo con ella. Por supuesto no quería que me fuera. Le dije que era por poco tiempo, dos o tres meses. “Espérame” le repetía yo. Dos días después me fui. No quiso despedirse.
Llegando a Arequipa, la llame a través del teléfono de una amiga en común, pero no pudimos hablar. En esos años tener teléfono domiciliario era casi un lujo. Le escribí un par de veces, pero nunca me respondió. Me quede preocupado.
Después de un segundo intento fallido de llamada, me di cuenta que nuestra relación estaba en peligro sino agonizando. Pero no había nada que pudiera hacer. En Arequipa las primeras semanas fueron duras, allá toda actividad prácticamente cesaba a las 8 de la noche, por lo que ella ocupaba mi memoria de modo doloroso.
Estuve allá por varios meses. Fui detenido, junto con un compañero por Seguridad del Estado y trasladados a Lima. (Publicado 24.02.2018) Cuando recuperé mi libertad luego de algunas semanas, reorganicé mis actividades: solo tenía lo que traía puesto.
La primera noche que pude fui a buscarla. Salió su mamá, quien se sorprendió de verme, pero de modo cortés me dijo que no estaba en casa y me pregunto si ella sabía que yo iba a buscarla. “No”, le respondí, “quería darle una sorpresa.” “Supongo que no demorara en llegar”. Le dije que volvería al día siguiente en la mañana. Me despedí, pero no lo hice. Me pare en el borde de la vereda a unos 60 metros de su casa. Me dije voy a esperar una hora, quiero verla llegar. Una hora y 20 minutos después un auto se detuvo frente a su casa, las luces de sus faros me iluminaban. A contraluz vi cómo se despedía y bajo sonriendo del auto, miro en mi dirección, vi un instante de sorpresa en su rostro, pero no se detuvo y entro rápidamente a su casa. Era imposible que no me haya visto.
Al día siguiente, después de una noche intranquila, temprano fui a su casa. Salió en pijama, fingiendo sorpresa “Hola”, “Hola” y un beso de saludo casi obligado en la mejilla. Nos quedamos mirando. Ambos esperando que el otro hablara, “No sabía que estabas en Lima.” “Llegue hace tres días” y luego de un breve silencio: “Tenemos que hablar. Nosotros ya casi no nos vemos y es mejor que terminemos”. Hablo rápido sin mirarme y en tono casi ensayado.
Sabía que esto era lo más probable que sucediera, pero no espere que doliera tanto, como un tremendo golpe en el estómago
Casi mecánicamente pregunte “¿Hay otra persona? ¿Es el imbécil que te dejo ayer en tu casa?”
Débilmente me contesto “No es un imbécil. Solo es un amigo” sin mirarme. No le creí.
Sin pensar le pregunte “¿Estas segura?” con la esperanza que me dijera que no.
“Si” me contesto mientras me miraba casi asustada por mi seriedad.
”De acuerdo”, dije me di media vuelta y me fui. No pedí explicaciones, eso solo incrementaría el dolor.
Llegue a mi casa que felizmente estaba vacía. Cerré la puerta, me eché vestido sobre mi cama y me doblé de dolor. Era un dolor sordo y permanente en el estómago, como si me hubieran arrancado un pedazo de mí. No sé cuánto tiempo estuve así. No llore. Quise hacerlo, pero no pude, solo llegué a sollozar. Y así me dormí. Cuando desperté eran las 2 de la tarde. Me parecía que lo había soñado, pero el dolor seguía, y me parecía más intenso aún.
Esto debió terminar esa noche en el Atalaya me reprochaba.
Retorne a Arequipa. Me aboque a la militancia donde siempre hay tareas que cumplir. Al principio el tiempo pasaba lentamente. La extrañaba por supuesto que sí. Paso una semana, dos semanas, un mes. Durante un lapso de dos años aproximadamente solo supe que estuvo trabajando con la cuñada de su hermano en una compañía minera en La Oroya, este trabajo la obligaba a permanecer en un campamento minero 15 días y luego 15 días en Lima. No pedí detalles
Por mi parte tuve un par de romances en Arequipa que no prosperaron.
Regrese por segunda vez a Lima. Una noche me encontré con la Negra Sara, una de sus mejores amigas quien sorprendida al verme me dice: “Hola César, ¿cómo estás?”, con cara de estar extrañado le digo “¿Yo?, bien, ¿y tú?”. Se ríe “Bien. ¿Te has visto con ella?”, “Con quién?” le respondo. Se ríe otra vez. Conocía mi humor. “No” le dije. Silencio. “No tengo de qué hablar con ella.” “Si tienen que hablar” Ven mañana a las 7 me dice y se despide sonriendo.
Al día siguiente estábamos hablando en la puerta de su casa. Como si nunca hubiéramos terminado. Era verano. Desde las 7 de la noche conversamos hasta más de las 12 de la noche.
“Te echo de menos” fue la frase que se repitió dos veces esa noche, en lo que fue -ahora lo veo- un intento desesperado de ambos de darle vida a algo que ya estaba muerto.
En dos días debía retornar a Arequipa.
Mi viejo la noche anterior a mi partida de repente, mientras veíamos box en slencio, me dio uno de los pocos consejos sentimentales que recibí de el:” Si no te vas a casar con ella, solo déjala”. Nada más. Duro. Corto. Directo. Sin nombre. No era necesario. Me dejo pensando. Concluí que ya no confiaba en ella y no puedes vivir con alguien a quien tienes que vigilar permanentemente.
El día de mi partida, mi viejo y ella me acompañaron al terminal terrestre de la empresa San Cristóbal. Mi padre discreto estuvo poco tiempo, me abrazo, dijo “Cuídate” y me dejo solo con ella. Estuvimos en la pequeña cafetería conversando, ella no quería que me fuera o que nos fuéramos juntos. Me costaba terminar.
De repente nos dimos cuenta que el bus había partido hacia unos 10 minutos. “Si toma un taxi lo puede alcanzar antes que ingrese a la Panamericana. Sino ya no lo alcanza” nos dijo el empleado. Eso hicimos y lo alcanzamos en el trébol de Caquetá. El bus paro y abrió la puerta. En la puerta misma del bus subo al primer escalón y veo que ella estaba dispuesta a subir. Y allí lo vi claro, no podía postergar más la decisión. “No. No puedo llevarte” le dije. Le solté la mano, y me adentré en el bus mientras que el chofer cerraba la puerta. Lloré en el camino, sentí que esto era el fin.
Y así fue. El tiempo paso. Tiempo después rompí ideológicamente con el partido y seguí mi camino. No volvimos a vernos. No supe nada de ella.
Casi diez años después, de repente una asistente me dice: “Una señora lo busca”. Extrañado pregunte “¿Quién es?” “No me dio su nombre”. “Dile que pase” “Le dije eso, pero me contesto que mejor lo espera afuera”. Me intrigo. “Ok. Dame 5 minutos y salgo” le dije.
Cinco minutos después salí y me encontré con ella. Me quede sorprendido. Era ella. Se notaba que había pasado malos momentos. Se había arreglado, pero hay cosas que no se pueden ocultar. “¡Hola, sorpresa!” dijo sonriendo”, “Hola”. Beso en la mejilla.
“¿Tomamos un café?” le dije señalando una cafetería nueva a media cuadra de la oficina. “¿Que quería? Me preguntaba internamente” Nos sentamos frente a frente.
Empezó disculpándose por interrumpirme ya que “Que solo quería conversar un rato contigo”. Comenzamos a conversar a partir de los últimos recuerdos y amigos comunes. Se había casado con un militar (no recuerdo si policía o del ejercito) y tenía una hija, al principio de su relato todo era normal hasta que de repente empezó con que recientemente las cosas no iban bien, que ya no la escuchaba, a veces se sentía ignorada, y añadió en voz baja “a veces tiene mal carácter”. Y recuerdo claramente que esa frase prendió mis alarmas. Casi cortando su narrativa, le dije que hacía poco había nacido mi primer hijo, y le mostré una foto de el en bata recién bañado, la miro y lo único que comento fue: “Es igualito a ti” “Si”.
La quede mirando en silencio. Ella miraba su café. “¿No extrañas lo nuestro?” soltó de repente. No podía creer su atrevimiento. Silencio. “¿Extrañar? Al principio por supuesto que si, pero ahora, no.” le respondí, y añadí “Creo que lo nuestro debió terminarse esa noche en el Atalaya, allí se rompió todo. Porque cuando no hay confianza, ni respeto, no hay nada. Si seguíamos tarde o temprano me preguntaría donde estabas o si me estabas mintiendo. Sólo éramos dos chicos inmaduros jugando con fuego”. Silencio. Casi me avergoncé de lo duro que sonaron mis palabras. Se notó su decepción “Nunca lo olvidaste” me dijo. “Yo diría que nunca te perdone”. “¿Hasta ahora?” “Si, pero eso ya no importa. Es historia. Ha pasado mucho tiempo y cada uno tomo su camino”. No pudo ocultar su decepción. Silencio. “Debo volver” le dije. Me pare. Pague los cafés y nos despedimos.
La vi marcharse, pero no sentí nada, como cuando uno ve una cicatriz que solo señala que allí hubo alguna vez una herida. Una mujer sensata me dijo: “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” y no puedo menos que darle la razón.
FIN
MI PRIMERA CHICA
Todos los asistentes al campeonato de fulbito salían de la
cancha al terminar los partidos de esa fecha. Entre ellos estaba yo con dos
amigos. Estábamos comentando los partidos cuando escuchamos que una chica
detrás nuestro dijo “Tengo una fiesta en la noche, ¿alguien quiere ir?”.
Nosotros seguimos caminando y hablando del partido, pero
cuando volvimos a escuchar la misma voz, pero esta vez casi encima nuestro y recortada
a solo: “¿Alguien quiere ir?” volteamos a mirar y la veo por primera vez. Era
flaca, de pelo castaño muy bonito y largo, ojos vivaces y una sonrisa
contagiosa mientras agitaba dos tarjetas celestes de entrada a una "Party". Estaba colgada del brazo de una amiga como suelen andar las chicas.
Mis dos amigos la conocían, entre risas se saludaron y me la presentaron.
Repitieron la invitación entre sonrisas y miradas cómplices entre ellas. No sé
porque me sentí aludido e hice lo que me sale mejor, hacerme el desentendido.
No recuerdo, si hubo o no fiesta o si llegue a ir.
Era la época del boom del rock, de Santana, de Chicago, de Cream,
Telegraph Avenue las primeras fiestas con luces de colores, esferas de espejos
y las baladas. Aún recuerdo la primera balada que baile con una simpática desconocida que
mantuvo sus antebrazos sobre mi pecho y su cara dirigida hacia mi axila, seguramente siguiendo
instrucciones maternas a pesar que yo no significaba amenaza alguna, actitud que hicieron
interminable por primera vez la hermosa “Trébol Carmesí”.
Pero bailar con la flaca era un intento de simbiosis donde
ella permanecía semi enterrada debajo de mi casaca abierta mientras yo tratando de
abrirme paso entre su hermoso cabello hacia su cuello mientras sonaba “Samba pa
ti”, No necesitamos hablar mucho, mejor dicho, no hablamos nada. Simplemente
las cosas se dieron. Nuestros cuerpos se juntaron y simplemente no se querían
ya separar.
Fue mi primera enamorada real, no las que solo piensas,
miras, escuchas hasta cuando no habla y sueñas con tocar, sino las que además besas, hueles, hablas hasta cuando no esta y tocas sus sueños y los tuyos. De carne, hueso y alma,
aunque ella esto lo tenía dispuesto al revés.
Nos veíamos todos los días. Generalmente durante el día, ya
que su mamá -al ser la única hija mujer- no quería que saliera en las noches.
Nos encontrábamos a las 7:30 de la mañana de los húmedos días de invierno en el
paradero de “la 12” servicio de bussing cuyo último paradero era al final de la
Av. Sucre, desde donde caminábamos hasta el final de la Av. Brasil al parque
Inmaculado Corazón de María, hermoso y solitario donde además había varias
glorietas techadas con bancas de madera.
Nos sentábamos a conversar, reírnos, mirar el mar,
abrazarnos –naturalmente para combatir el frío- y a manifestar el cariño de la
inocente forma que un par de chicos que rondaban los 20 años solían hacerlo en
esos tiempos.
Regresábamos casi siempre a eso de las 2 de la tarde, en
contento silencio, con la mirada pacífica y por supuesto sin sentir ya el frío
que hacía en Lima.
Pasaron los meses. La relación era buena, conversábamos mucho,
se escandalizaba de mi humor negro que ella fomentaba. Todo iba bien casi sin
discusiones. Una noche estaba
conversando con tres amigos, cuando uno de ellos me pregunta: “Loco, ¿sigues
con la flaca?”. Era costumbre llamarnos loco en esa época.
Extrañado por lo directo dije:” Si, ¿porque?”
Guardo silencio un instante, pero era demasiado leal
para callar o un chismoso sin remedio y me dice: “Acabo de verla conversando con el mellizo”. El mellizo
era su ex y vivía a unos 50 metros de la casa de ella: “¿Donde?” le pregunté.
Los demás guardaron silencio. “En la puerta de la casa de él”. Guarde silencio
un momento.
“Ya regreso” les dije. Me sentía profundamente ofendido. Teniamos un acuerdo sobre los ex.
Llegue a su casa y toque el timbre. Se asomó por la ventana
y bajo a abrirme.
“Hola”, con la sonrisa de siempre, aunque me miraba algo
extrañada. Rara vez iba a buscarla de noche.
“Hola” y casi sin pausa y con el tono más tranquilo que pude
lograr le pregunté “¿No tienes nada que contarme?”.
Desconcertada y un tanto dudosa por mi pregunta me contesta:
“No ¿Porque?” Con esa respuesta yo sentí que se me movía el piso. Me preguntaba
“¿Me está mintiendo en la cara? o ¿Hugo se ha equivocado?”
“¿Has salido hoy?”. Pregunte directo y ya en modo inquisitivo.
Vi una pequeña duda en sus ojos. “No”. Me contesto en un
tono más bajo y sin la convicción de la respuesta anterior y se quedó inmóvil
mirándome como esperando mi reacción. Me dolió y fuerte.
"¿No has estado conversando con el mellizo en la puerta de su casa?" le pregunte mirandola con dureza. Se quedo fría. No contesto. No me miro. No se movio. Eso era una respuesta y me dolio.
“Acá terminamos. Es lo mejor”. Le dije cortante con una seguridad que
estaba lejos de sentir. Di media vuelta y me fui. No dijo nada. No le di
tiempo a que me responda.
Recuerdo que quede dolido muchos días y por momentos creía que había tenido una reacción exagerada. Más de un amigo en común quiso interceder para “conversar y arreglar las cosas”, pero me negue. Como volver a confiar me decía yo mismo. Tendre que vigilar su puerta todas las noches, me preguntaba.
Menos de un año después me dijeron que se había casado.
Bueno. Meses después me dijeron que ya tenía un hijo. La vida continuaba.
Un tiempo después nos encontramos por primera vez desde la
ruptura, en el cumpleaños de un amigo en común. seguía siendo flaca pero la
maternidad le había agregado carnes.
"Hola", "Hola". "Te presento a mi esposo" "Mucho gusto". Todo formal, aparentemente lo pasado, pisado. Aunque la note un tanto incomoda.
Un rato después cuando cantábamos el "Cumpleaños
Feliz", sentí que en la penumbra alguien me tomaba de la mano. Me sorprendio, volteo discretamente y me encuentro con su mirada. Ella estaba cantando parada a mi
lado y detrás de su esposo. Su mirada era retadora, audaz. No, No. Le dije en silencio mirándola
mientras los demás cantaban. Solté suavemente su mano con el pretexto de batir
palmas.
A partir de allí, la evite. Aproximadamente dos años después
partió rumbo a otro continente.
Pasaron los años. Sabia retazos de su vida por diferentes
personas. Que se había divorciado. Que se había quedado viuda. Que se había
vuelto a casar. Que había venido de visita al Perú.
Hace unos años, estando ella acá, quedamos en encontrarnos
una tarde en Plaza San Miguel para tomar un café y conversar. Y así fue. Cuando nos encontramos nos
dimos un abrazo extraño pero afectuoso. Conversamos largo, contándome ella
primero y yo después que habíamos hecho todos esos años que no nos habíamos
visto.
Me conto sus dificultades para irse. El duro proceso de
integración a su nuevo país. Desde el idioma hasta la comida.La construcción de su vida familiar, la foto de su
hijo: un hombre ya. Por mi parte le conté lo mío. Me llamo la atención que no
omitiéramos los momentos difíciles que cada uno había pasado. Pero ya eramos dos extraños que añorando una lejana
confianza conversaban. De repente porque sabíamos que probablemente
no volveríamos a hablar. Ahora casi no teníamos nada en común.
Naturalmente hablamos también de lo nuestro, coincidimos que
fue apasionado y bonito, nos reímos de algunas cosas que ella recordaba mejor
que yo y sin hablar sabíamos también que no tenía sentido buscar culpables,
porque en toda historia siempre hay dos versiones.
Más tarde, la deje en la casa de una amiga a quien iba a visitar y allí fue el adiós. Si probablemente fue bonito mientras duro, pero solo en la realidad de Disney hay finales felices, en la vida real solo hay finales.
LECCIONES DE MADRE: EL CHATO DAVID
Tendría yo unos 11 o 12 años y saliendo del Colegio los viernes
en la tarde tome la costumbre de regresar a casa usando una ruta distinta cada
vez sabiendo que no tenía la presión de llegar rápido para hacer las tareas del
día siguiente.
Por eso, a veces pasaba por un terreno baldío grande cercano
a mi casa que por su ubicación permitía ver toda la Av. Venezuela y divisar al
fondo el poniente rojizo sol de abril y su reflejo plateado en el mar de La
Punta.
Abstraído estaba, pensando sabe Dios en que cuando un “Oye,
oye” llamo mi atención.
Volteo y veo que era un escolar, mestizo, de pelo apretado y
ojos chiquitos y negros embutido en un uniforme caqui que se acerca. Más bajo y
ancho que yo, me llegaría debajo del hombro, y antes que yo preguntara algo
dice: “¿Jugamos?” mientras me muestra las 4 bolas que tenía en la mano.
“¿Donde?” le respondí casi de inmediato.
“Allí” Me dice señalando el terreno baldío. Levemente
irregular pero suficientemente plano para jugar, bolas, trompo e incluso bastante
grande como para jugar fulbito.
“Bueno” le dije. Puse mi maletín en el suelo y escogimos el
lugar para hace los tres hoyos o “ñocos”, pequeños agujeros en el piso para
introducir las bolas. Se podía hacer con una piedra pequeña, una rama, una
chapa o la punta de tu trompo y luego se limpiaba bien para que quedara visible
y la bola corriera bien.
Mientras lo hacíamos supe que se llamaba David y que
estudiaba en el Anexo del Mariano Melgar que estaba situado en la Av. Arica. No
tenía puesta la corbata, ni la cristina doblada en el cinturón, detalles que no
me llamaron la atención porque todos sabíamos que la disciplina en el Anexo era
relajada.
Empezamos a jugar y en un momento dado, estaba yo en el ñoco
de partida a punto de tirar mi bola hacia el agujero final cuando lo vi hacer un
movimiento extraño: se puso en cuclillas detrás de ese hoyo. Nadie hacia esto,
porque te podía caer la bola o chocar contigo al rodar, además de distraer al
que está jugando. Pero no le preste atención y lance mi bola.
Lo que sucedió a continuación aun lo puedo ver en camara lenta:
espero que mi bola se acercara lo suficiente y con una mano la cogió antes que
llegara a su destino mientras con la otra cogió las bolas que estaban en el
ñoco de llegada para luego salir corriendo como alma que lleva el diablo en
dirección al sol.
Me quede absolutamente estático, sorprendido, solo veía una
nubecita de polvo que dejaba en su carrera, llevándose mis tres bolas. No atine
a perseguirlo.
Recogí mi maletín, lo limpié y recién me di cuenta que el había
aparecido sin maletín, ni cuadernos, es decir había estado preparado para
robar. No llore, pero si me sentí humillado.
Llegue a casa y mi madre apenas me escucho llegar grito: “Límpiate
los pies que acabo de trapear”. Salió a mi encuentro a verificar que me hubiese
limpiados los zapatos antes de entrar. Pero al ver mi cara y con los zapatos
llenos de tierra, bajando un tanto el tono me dice: “Ven, vamos. Sácate el
uniforme que hay que lavarlo y dime que ha pasado”.
Mientras ella misma me sacaba el uniforme, le conté lo que
había pasado. Ella siempre fue transparente y yo sentía su enojo, pero no sentía
que fuera conmigo. Solo repitió “David, ya” cuando dije su nombre. Cuando le
termine de contar, guardo silencio un instante y me dijo: Ӄse tal David va a
terminar mal, no me importa. Pero tu escúchame bien: cuando hables con gente en
la calle DESCONFIA. No creas todo lo que te dicen”.
Al ver mi confusión, me miró fijamente y repitió: “Una cosa
es escuchar y otra es creer.”. Hizo una pausa y añadió “Una cosa es ser educado
y otra es ser cojudo. No le creas a nadie. Desconfía”. Y cuando cándido yo le
dije “¿A nadie?” sorprendido que me dijera que no le creyera a nadie. Ella con
ese tono exagerado que a veces usaba “A NADIE. Ni a tu madre.”
Y saliendo ya del dormitorio finalizo con el lapidario “Seguro
que te vio caminar con la boca abierta”, lo que hizo reír a carcajadas a mis
hermanos, silenciosos hasta ese momento.
La vida le dio la razón a mi madre. Lo perdí de vista por
varios años, y cuando lo volví a ver se había transformado, estaba más fornido y
su rostro tenia no solo un aspecto desalmado y amenazante sino también más
oscuro ¿Cómo reflejando su alma? Ya era conocido
como el chato David y contaba con varios ingresos y salidas de la cárcel. Una
vez pregunte “¿Cómo hace para salir?” No recuerdo si hubo alguna respuesta.
Las dos o tres veces que lo volví a ver no se sentía corto en lucir los cortes en los antebrazos que se rumoreaba eran productos de sus peleas o tretas para eludir su detención. Pocos años después supe que había muerto en una pelea entre delincuentes. ¿Alguien lo habrá llorado?
UN RECUERDO DEL PAPAPA
Ese hábito extraño tuvo su origen el día que mi viejo, estando nosotros recién casados, me hizo una broma contándole a ella -muy serio por supuesto- que yo me acostaba por un lado de la cama y luego me caía por el otro.
Yo me reí tanto esa vez que ella creyó que era cierto, mientras el solo sonreía. Mi viejo, por supuesto, jamás en años la desmintió y cuando el tema aparecía solo me miraba, achinaba sus ojos y se reía bajito. Eso me provocaba risa con lo cual solo conseguía reforzar la creencia en ella. Hoy más de treinta años después, no tengo ninguna posibilidad que ella abandone esa idea. Y la verdad no quiero que la abandone. Es un recuerdo de mi viejo.
(I Can´t Get No) Satisfaction
Bueno mi caso no es penoso, existencial o dramático, ni tiene connotaciones sexuales como el tema que cantan los Rolling Stones, pero lo cuento porque no creo ser el único que carga con este problema y para que ver si encuentro alguna solución.
No logro obtener respuestas directas a las preguntas que hago.
No contestan lo que pregunto y si bien ya debería estar familiarizado con esto luego de algunos años enseñando tiene una acidez especial cuando el tema no es académico.
Y si bien esto sucede desde hace muchos años, ahora en la etapa del nido vacío se nota más y puede ser irritante.
El caso más antiguo que recuerdo fue en la época cuando malcriaba a mis hijos -después esto cambió-y pregunté: “¿Y cuánto cuestan esas fantásticas Nike?”, e ignorando mi sarcasmo obtuve por respuesta “Están creciendo, necesitan zapatillas, solo tienen dos pares y siempre les compramos para el verano”. Y de repente me encontré cercado por tres silenciosos pares de ojos que me miraban entre curiosos, molestos y defensivos ante lo cual solo atiné a decir “Solo quería saber …. Ok” y me quede sin saber cuánto costaban las benditas zapatillas.
Y por
supuesto no me atreví a contar que en mi época solo usábamos zapatillas cuando
tocaba hacer Educación Física y luego en el verano para los partidos diarios de
fulbito callejero. Era sacrílego usarlas para ir a fiestas o quinceañeros.
En otra ocasión pregunté:” ¿Qué hora es?” e inmediatamente me responde: “No comas nada que ya está listo el almuerzo”. Y todavía me miró extrañada al ver mi cara de desconcierto.
En voz baja musite “Voy a tener que llamar a la Marina de Guerra”.
“¿Que dices?”. “Nada”
“Ok. ¿Puedes hacer la limonada? Voy a poner la mesa”
Y finalmente, hace pocos días pregunte: “¿Cuantas horas hay de diferencia con España?” y me contestaron en modo ráfaga de una AK-47:” Primero terminas tu rutina, te bañas, te cambias y tomas desayuno”. Sé que la respuesta revela el régimen cuartelario que tengo y que gallardamente acepto, pero solo quería saber la diferencia horaria con España para no hacer una llamada en un horario impertinente y no que me reciten el Credo.
En este caso no obtuve una respuesta directa hasta que le pregunté por WhatsApp a mi cuñado quien me contestó “Son 7 horas más tarde pero un día de octubre que no se cual es cambia a 6 horas”
Le contesto: “Si sé que el adelanto es por el inicio del invierno. Pero no sabía el número de horas”
Y quejoso añado: “¿Puedes creer que tres veces he preguntado cuanta es la diferencia horaria y nadie me ha respondido directamente excepto tú?”
Me responde “Jajaja.
Depende a quien le preguntes”.
Me quede en silencio.
Y en voz baja le dije “Si. Las tres veces fueron a mujeres”.
Sé que aún no tenemos la opción de hablar en voz baja en WhatsApp, pero esta sería una buena ocasión para usarla.
Pero he decidido pasar a la ofensiva. Esto se tiene que acabar ahora. Voy a responder papas cuando me pregunten camotes y quiero ver las caras. Sé que será duro, pero ya es tiempo de obtener lo que uno pide.
Y no sé porque ahora recuerdo e incluyo parte de la arenga del espartano Dilios en la batalla final de la película 300
“Recordadnos. La más sencilla de las órdenes que un rey pueda dar. Recordad por qué morimos. No deseaba homenajes, canciones, monumentos, o poemas de guerra y valor. Su deseo era sencillo. Sólo… recordadnos ….”
No puedo seguir escribiendo, solo deseadme suerte, espero tenerla mejor que el tuerto Dilios.
5 MEMORIAS UN FINAL CIVILIZADO
Nos reíamos mucho al principio. Nos gustaba leer juntos el Caballo Rojo suplemento dominical del Diario de Marka; el primer y unico diario de izquierda en el Perú que tuvo éxito. Este suplemento traía interesantes artículos sobre literatura, cine y critica en general y alli por primera vez escuche y lei a su director Antonio Cisneros. Y lo mismo cuando llegaba un nuevo número de la revista Correspondencia Internacional que nuestra corriente publicaba mensualmente. Era una buena manera de pasar los fríos y deprimentes domingos del invierno limeño.
Debo confesar que con ella se me pego algo del acento argentino, que confieso me fastidió pero que sucede sin que uno no se percate.
Me libre fácilmente del intento de Andrea para que aprendiera a tomar mate. Me invito una vez y fue suficiente, era amargo y convinimos en que lo mejor era que cada uno tomara lo que quisiera. Nos gustaba comer champú de guanábana que vendían en una dulcería que abrieron en la esquina de Colmena con Lampa. O un sándwich de jamón en el Chinito que quedaba en el Jirón Chancay exactamente a la espalda del local central.
Me gustaba verla discutir en las reuniones de la Juventud que yo miraba de lejos. En esos años los hombres no estábamos acostumbrados a que una mujer levante la voz. A veces salía ofuscada de la reunión: con las mejillas sonrojada y los ojos brillantes y unas pocas veces furiosa.
“Andrea grita mucho” se quejaba conmigo, uno de sus compañeros medio en broma, medio en serio, “Siéntate más lejos de ella” le decía yo, “¿Como la soportas?” me decía otro asegurándose que ella no lo escuchara. ”No sé, de repente porque yo no discuto de politica con ella”
Pero poco a poco la relación fue cambiando, más que pareja enamorada éramos dos buenos amigos. Se mantenía el nivel de confianza, pero la atracción física había menguado. Si antes nos pasábamos el tiempo demostrándonos afecto y hablando y riendo, de un tiempo a esta parte los diálogos eran sobre temas políticos más que personales, los silencios habían crecido y las risas solo llegaban a ser sonrisas.
Aun nos gustaba pasar tiempo juntos, pero luego de seis meses las cosas habían cambiado y un buen día me sorprendí pensando “¿Que hago aquí yo con ella? ¿A dónde vamos?” y me asuste al no tener respuestas.
El siguiente viernes fuimos como de costumbre a tomar un café en los Huerfanitos del centro de Lima y planear el fin de semana. Esta vez la conversación fue diferente: admitimos que nos habíamos equivocado y que lo mejor era vernos como buenos amigos y decidimos dejar la relación allí. Sin dramas, sin reproches. Ella se fue al cumpleaños de una amiga y yo me fui a mi casa.
Al día siguiente era sábado y habíamos estado trabajando desde temprano en el local ayudando a imprimir unos volantes en el mimeógrafo. Era como las once de la mañana, habiamos terminado de poner todo en orden y estábamos solos. Nos miramos y ambos sabíamos que esta era la despedida. Se había acabado. La atracción, la magia simplemente había desaparecido. No hubo drama.
“Mañana recojo mis cosas. Si no te encuentro, te dejo la llave con Roque o en la maceta” Le dije.
“Está bien. Ya tengo un buen recuerdo de ti. No sos un chanta.”
Chanta es en la jerga argentina es alguien poco confiable.
“¿No acabo de irme y ya soy un recuerdo?”
“Pero me gusto conocer las librerías del Jirón Camana”.
Esto último me sorprendió y nos reímos, después de mucho tiempo, de buena gana. De repente lo hacíamos de alivio.
Al salir nos dimos un fuerte abrazo y un cariñoso beso de despedida. “Cuídate” me dijo. “Tú también”. Sonrió, se dio media vuelta y se fue por el jirón Azángaro.
Teniendo que ir por esa misma calle, espere un momento y preferí irme por Puno. Ha sido la manera más civilizada de terminar una relación.
Luego no nos hicimos buenos amigos, ninguno busco al otro para conversar y la verdad es que no me provocaba hacerlo y creo que a ella tampoco.
No le conocí pareja alguna después de lo nuestro, por lo menos que yo me haya enterado y unos meses después alguien me dijo que se había ido a Colombia.
Por cierto, sonara extraño pero nunca supe su verdadero nombre.
LAS PALABRAS QUE NUNCA DIJE
Igual que ellos, pase por la aventura del taller de retiro pre nupcial, ginecólogas, seguros médicos, controles prenatales, taller de psicoprofilaxis prenatal, rupturas de fuente, dilataciones, cesáreas, peso, talla, relación peso-talla, compra mayorista de pañales, citas con el pediatra (era un capo, no me molestaba esperar 3 horas para su consulta y SIEMPRE nos contestaba el teléfono) controles mensuales, cunas, vacunas, cochecitos, canguros, ropa para bebes (usaban ropa más cara que la mía), piscina, campamentos, paseos, nidos, kermeses, ceremonias, reuniones de padres, etc.
Y cuando no sabía bien que seguía en esta aventura, el amor de una parejita nacido allende nuestras fronteras origina -dudo que lo hayan imaginado- la reunion que los viejos nunca imaginamos y ahora esperanzados pedimos que se repita. Toda nuestra siguiente generación está aquí y ahora, junta por primera vez.
Me hubiera gustado decirles todo esto cuando me pidieron que hable. Sera para la próxima.
1 MEMORIAS UNA MALA NOTICIA
Estaba junto a mi esposa sentado frente al escritorio del médico esperando mi diagnóstico. El médico, uno de los mejores del país, luego de evaluar las placas y efectuar un examen clínico, confirmó el diagnóstico que mi empírica investigación había encontrado.
Luego pasó a explicar sobre el curso de la enfermedad señalando el deterioro que ella provocaba y usó dos adjetivos en una oración, que se grabó en mi memoria: el mal era progresivo e irreversible.
Note que la explicación se dirigía a mi esposa más que a mí. Recién entendí lo que significa el dicho, “se me cayó el alma a los pies”. Sentí que todo dentro mío caía al piso y el sonido del mundo a mi alrededor se apagó. Progresivo e irreversible. Repetí para mis adentros las dos palabras que me decían todo.
El médico hizo la salvedad que la variante que me había diagnosticado era la menos agresiva tanto por su velocidad como por el grado de deterioro. El tratamiento integral: farmacéutico y terapia física apuntaban a ralentizar el mal y mejorar la calidad de vida del paciente. No había cura.
Me citó para dentro de 6 meses para ver la evolución del mal.
“Tienes que avisarles a tus hermanas” escuche una voz lejana y luego en un tono más bajo “Y al papapa”
“Si. Primero a los chicos.”
“Ok. Vamos a comprar las medicinas. Hay que hacer una dieta de acuerdo a sus recomendaciones”
“Si. Los ejercicios a realizar es lo que ayudara mucho. En Terapia Física debe haber rutinas, tal como lo menciono el doctor.”
Salí del consultorio de manera automática y de pronto ya había llegado al auto.
Mecánicamente puse música. Mucha alegría para tan difícil momento. Ese playlist con rock del recuerdo se había quedado allí desde la mañana al llevar a mi menor hijo al Colegio. Felizmente este año termina, pensé.
La verdad es que mis pensamientos circulaban entre las palabras del diagnóstico médico, pero me sentía como un jugador expulsado del partido o un actor al que le suprimen las líneas. El mundo estaba allí y yo estaba acá, fuera del mismo, solo y dando vueltas en mis pensamientos.
Seguí escuchando la música, esa canción me recordaba una etapa del pasado que mi viejo denominaba como “días sin huella”.
De repente sonó la popular Dancing Queen, que me trasladó a una etapa de mi vida y pensé en Tito, Tuco, Roque, Andrea, Balboa, Victoria y tantos otros que amigos y conocidos que hice entre el 76 y el 84 cuando era un militante trotskista. ¿Los extrañaba? no, ¿sentía curiosidad por saber de ellos? Tampoco, pero me di cuenta que tenía mucho por contar de ellos y de mí mismo.
Cuando volví de esa etapa de mi vida, volví a mis viejos amigos, volví a mi familia, y ellos solo me acogieron y nada más. Nadie, ni mis más cercanos amigos jamás me preguntaron nada. Parecía un tema que todos preferían eludir. Como si pensaran que no pasó nada. ¿Nada? Como que nada. Habían pasado muchas cosas. Pero nadie me preguntó. Me hubiera gustado contarles. Si.
Sería como una sesión de terapia. Había mucho por contar. ¿Me atrevería ahora a contarlo todo? No lo sabía. Todos tenemos alguna calavera en el closet. Lo que sí sabía ahora es que el reloj estaba corriendo y debía terminar la historia antes que caiga la aguja. Los que juegan ajedrez entenderán esta expresión.
Volví al hoy y empecé a manejar, me gustaba hacerlo pero me di cuenta también que por seguridad tendría que dejarlo. Mi esposa cada cierto tiempo me miraba en silencio. Después en casa ya, me preguntó “Qué pensabas en la cochera, te quedaste en silencio un rato. No te cierres” “¿Si? No pensaba en nada.” La respuesta que las mujeres nunca creen y que es cierto los hombres podemos estar sin hacer o pensar en nada. De manera sorpresiva no insistió. Mientras yo pensaba en como comenzar a contar esta historia.
Sería una manera de convertir una crisis en una oportunidad.
0. MEMORIAS DE UN JOVEN PARROQUIANO
Era un sábado en la mañana y los siete jóvenes -estábamos entre
los 18 y los 25- sentados alrededor de una enorme mesa de madera en un ambiente
del Colegio María de la Providencia esperando en silencio. A ese ambiente se
accedía por la puerta principal del Colegio que era reservada para los padres y
profesores.
Éramos: los hermanos Elsa y Julio, Ángel, Carlos, Luis
Eduardo, Luisa y yo. De repente me olvido de uno o dos más que al poco tiempo
desaparecieron de las reuniones. Habíamos sido “convocados” mediante un nunca
explicado sistema de selección ya que no nos conocíamos, excepto Carlos y yo
que alguna vez estuvimos en el mismo salón en primaria.
El ambiente era calmo, no solamente porque en ese momento no
había alumnas en el Colegio, sino que las monjas que vivían allí a esa hora
estaban en modo oración. Unos pocos minutos después dos religiosos canadienses:
Ramón y Giselle, con un castellano aun masticado se presentaron como los Coordinadores
de los grupos juveniles de la Parroquia por lo que encabezarían la reunión.
Las reuniones tenían por objetivo formar grupos juveniles en la Parroquia San Pablo y Nuestra Señora del Carmen, el nuestro se encargaría de dar soporte a una renovada misa juvenil que se daría todos los domingos a las 7 de la noche. Nosotros éramos los escogidos.
Así empezó para nosotros un curso de Teología de la
Liberación que nos prepararía para comentar, según este enfoque, las lecturas
dominicales.
Luego de unos tres meses de reuniones semanales, el grupo
asumió la tarea de ser parte de la misa juvenil. Aún recuerdo los nervios que tuve
al salir por primera vez al frente de la misa y dar nuestra interpretación de
la lectura.
Durante unos meses las cosas anduvieron bien. Los fieles,
sobre todo jóvenes, llenaban una novedosa misa donde se usaba guitarras
eléctricas y batería - que en esos días eran instrumentos casi exclusivos de
una banda de rock- mientras los jóvenes del grupo se encargaban de casi todas
las tareas, desde volantear hasta recoger la limosna.
Pero, con lo que no contaban los Coordinadores del trabajo
juvenil era que los jóvenes "reclutas" no solo ganaban aplomo al
hablar en público sino que preguntaban y preguntaban cada vez más cosas y
querían no solo respuestas o leer lo que decía Gustavo Gutiérrez en su Teología
de la Liberación - el grupo juvenil había adoptado el nombre de Liberación por
ello también - sino que demandaban acciones más militantes -comprometidas era
el término que se usaba- que preparar un discurso de unos minutos por semana.
La vida se encargó de poner a prueba lo predicado, cuando un piquete de 8 recias trabajadoras de la fábrica D’onofrio
en huelga pidieron a los del grupo dar su testimonio en la misa juvenil del
domingo a las 7 e iniciar una huelga de hambre en el templo.
A los jóvenes, por lo menos a un grupo de ellos, les encantó
la idea mientras que a otros les asusto lo que podría suceder. El cómo llegaron
ellas a nosotros no lo supimos nunca, aunque yo sospecho que fue Ángel, quien
ya hacia activismo político, aunque también podía haber sido Luisa quien a sus
21 ya era una precoz dirigente sindical en un Laboratorio
Fue una bomba.
Los curas "entraron en trompo" al enterarse de lo
que proponiamos hacer, esa misma noche del domingo minutos antes de empezar la
misa.
Ramón nos comunicó la decisión: Las trabajadoras podían dar
su testimonio durante la misa de las 7, pero no se les permitía iniciar la huelga
de hambre en el templo, para la cual ya habían venido preparadas.
Ya había finalizado la misa juvenil y estaban terminando de
salir los asistentes cuando los curas -en una acción sorprendente- cortaron el
fluido eléctrico del templo y cancelaron la misa de las 8 aduciendo que había
que revisar por seguridad las instalaciones y cerraron el templo. Era evidente
que temían una acción de fuerza, alternativa que nadie tenía en mente. Se
imaginaron un escenario de misa con el grupo de obreras en el piso haciendo
huelga de hambre con carteles y banderola incluida. Demasiada “teología de liberación”
inclusive para la década de los 70s.
Nos tuvimos que disculpar con ellas por el fracaso.
Allí se acabó el romance entre los Coordinadores y los
jóvenes más radicales.
Después de esto solo una sola vez pudimos hablar con Ramón.
¿Cómo predicábamos tener o ser una iglesia más cerca de los
pobres y a la vez nos negábamos a ayudarlos en sus demandas?, preguntaban los
jóvenes.
Si lo hacemos una vez, nos llenamos de huelguistas de
hambre, decían ellos.
¿Y ?, ¿Cuál es el problema? ¿No es la opción por los pobres que
debemos tomar? replicábamos.
No había forma de entenderse.
Luego de ello, el ingreso casi libre que teníamos a los ambientes
de reuniones se nos cortó. Si había alguna reunión esta debía contar con la
asistencia de algún sacerdote o monja o seminarista, los que difícilmente
estaban disponibles. En los hechos era la supresión de todo el trabajo juvenil.
No podíamos ir más allá del despacho parroquial. Pero la ruptura fue total cuando a los pocos
días de este conflicto, y cuando pedíamos buscar una salida, los jóvenes nos
enteramos que Ramón había salido de vacaciones. Iba a pasar 15 días del verano
en la casa de playa que los sacerdotes tenían en Ancón.
¿Vacaciones? ¿Casa de
playa? Nos parecía una burla. Ya le
correspondía tomar vacaciones nos dijeron. No sabíamos que un soldado de Cristo
tomaba vacaciones.
El malestar ya denso, se desbordo. Malestar que se sumaba a
detalles que nos fastidiaban pero que se dejaban pasar como que a Ramón le
gustaba apretar los bíceps de los chicos, que a otro cura le encantaba el vino
antes, durante y después de misa por lo cual ya en una ocasión hubo una queja porque
no se le entendió nada de lo que dijo en la liturgia (nos burlábamos diciendo
que había hecho la misa en francés, pero en vino francés) o que el Párroco actual
era muy amigo de la despampanante morena que era secretaria del Despacho
Parroquial y a la que llevaba en auto a su casa a la salida del trabajo.
Detalles que de pronto se recordaron y difundieron malsanamente.
Todos estos detalles eran reales y podían interpretarse de
muchas maneras, pero no era el tema que nos dividía con ellos. Era la
incoherencia entre lo que nos dijeron por mucho tiempo y lo que finalmente
hicieron, lo que nos hizo sentir estafados.
Naturalmente el grupo colapso y dejo de reunirse. Los curas
ni cortos ni perezosos buscaron y encontraron rápidamente reemplazos más
comedidos y solícitos para la misa juvenil de las 7. Veíamos que los manejaban
con una correa más corta, confirmando lo que sabemos desde siempre que
Felipillo vive y vivirá por siempre entre nosotros.
Allí acabo la aventura de Liberación con Giselle y Ramón.
A modo de postdata, muchos años después mi familia tuvo un
almuerzo dominical con Giselle. Fue muy agradable verla de nuevo y compartir
recuerdos escolares y parroquiales.
De Ramón no sabíamos nada hasta que una noticia policial señalaba su muerte en una parroquia en Ica, durante un aparente robo. La historia que rodeo su fin fue algo sórdida y fue triste saber cómo terminaron sus días.
EL GAVILAN
Él era su tío a pesar de ser 16 años menor que ella. Había
nacido y vivido en el distrito de Chiquian, “espejito del Cielo”, provincia de Bolognesi,
departamento de Ancash hasta los 18 años en que vino a Lima para estudiar y ser
profesor. Hablaba perfectamente el quechua de su ciudad natal, pero le era
imposible entender el quechua de los pueblos cercanos y ampliaba contando que viajando
había comprobado que hablar del quechua es referirse a una lengua con múltiples
versiones, siendo el del Cuzco el mas estructurado.
Desde adolescente había trabajado y en sus vacaciones como
profesor y a veces simultáneamente trabajaba como carpintero. Doy fe de la
calidad de su trabajo.
Estaban sentados luego de almorzar haciendo sobremesa, luego
de confesar que no sabía porque le pusieron Jhonny como nombre a el un oriundo de
la sierra de Ancash cuando el tío abuelo Abelardo fue mencionado.
“¿Al tío Abelardo era al que le decían el gavilán?”
“Si. Todos lo conocían por ese apodo”
“Pero, ¿porque le decían el gavilán?”
“Es toda una historia. Lo que pasaba era que en los años que
el tío Abelardo era chiquillo, tenia 15 o 16 años, los chiquianos generalmente criaban
vacas y carneros y con ello producían leche, mantequilla y sobre todo queso como
negocio, adicionalmente casi todos para su consumo criaban en el patio trasero
de la casa gallos y gallinas.
Los chiquillos tenían la costumbre de robar gallinas a los
vecinos por diversión. Se retaban entre ellos a ver quién robaba una gallina de
la manera más audaz posible. No era fácil porque aparte de entrar y salir del
gallinero sin ser detectado había que secuestrar a la víctima sin desatar el
ruidoso pánico de ella y sus compañeras. Como premio se comían entre todos el
botín. Los adultos lo sabían y lo toleraban.
El tío Abelardo era conocido como el más mataperro de su
generación y más de una vez se había metido en líos. Resulta que el alcalde del
pueblo que ya no tenía hijos pequeños, un día mando llamar al tío Abelardo y le
dio la “orden” de traerle una gallina para las 5 de la tarde porque quería
invitar un plato en una reunión política que iba a realizarse en su casa. El
tío Abelardo se negó en principio, pero el alcalde le dijo “Abelardo, te he
salvado de buenas, así que no me discutas. Y no me digas nada de cómo lo vas a
hacer, solo trae la gallina aquí a las 5 de la tarde.”
Al tío Abelardo no le quedo más que obedecer. Refunfuñando
se fue. A las 5 de la tarde en punto tocaron la puerta del Alcalde. Era el tío
Abelardo que traía una gallina ya “beneficiada” es decir: muerta y pelada y se la entregó
a la empleada de la casa, mientras le decía: “Dígale al Alcalde que ya cumplí.
Y que es la última vez”
Un rato después llego el Alcalde a su casa donde recibió el
mensaje. ”Jajaja. Ese mocoso es bien atrevido” comento. Más tarde tuvo su
reunión para anunciar que iba por la reelección y todo quedo organizado como lo
había previsto. Seria candidato
único.
Esa noche durmió satisfecho de su labor política. Al día
siguiente muy temprano escucho a su esposa gritar “Nos han robado, nos han
robado.”
“¿Que pasa mujer porque gritas?”
“Nos han robado” dijo agitadamente.
“¿Qué nos han robado?”
“La ponedora. Fui a recoger los huevos de la mañana y no
estaba. Ya la busqué y no esta”
El alcalde sumo dos más dos.
Termino de vestirse a toda prisa y mando llamar al tío Abelardo
Cuando este llego, lo hicieron pasar inmediatamente a la
oficina del Alcalde.
Sin esperar nada. El Alcalde le soltó la pregunta: “¿De
donde sacaste la gallina que robaste ayer?”
Si lo admitía estaba frito. “Yo no he robado nada a nadie. Además,
usted mismo me dijo que no quería saber nada. Yo no sé nada”
Furioso, lo amenazo: “Si te atreves a entrar a mi gallinero
otra vez te lleno el culo de perdigones. Lárgate”
El tío Abelardo gano fama entre sus amigos como un buen ladrón
de gallinas y el vanidoso afirmaba “Ya le hice comer su gallina ponedora. Le
vuelvo a robar y ni cuenta se va a dar. Pueden apostar”.
Dos meses después el Alcalde fue relecto. Y para celebrar el
resultado hizo una “improvisada” fiesta en su casa, que se llenó de invitados
que la desbordaban ocupando buena parte de la cuadra. Parecía
que todo el pueblo estaba allí felicitando al reelecto Alcalde. Era invierno y
casi todos usaban poncho.
El tío Abelardo acompañando a su madre fueron a saludar al reelecto Alcalde. Este acepto las felicitaciones, pero lo quedo mirando como diciéndole que no habia olvidado. Y apenas estuvo solo se acercó donde Abelardo y le dijo:” Te dije que no quería verte por aquí”, “He venido solo por acompañar a mi madre. La noche esta oscura y no quiero que se caiga, ya no ve bien. Cuando ella termine de hablar con su amiga, le diré para irnos”
Se separó de su madre cuando ella se acercó a él, con el
argumento de ir al baño y luego de unos minutos regreso. Estuvieron unos
momentos más saludando y se retiraron.
Dejo a su madre en la casa y se reunió con sus amigos que
estaban cerca de la casa del Alcalde mirando la fiesta.
“Hace frio. ¿Nos comemos una gallinita?”
“Pero, ¿de dónde la sacamos?”
Se levantó el poncho y mostro la gallina que acaba de robar
de la casa del Alcalde.
Hubo una explosión de oh y risas.
“Como la sacaste?" “La gallina hace un tremendo escandalo apenas la agarras”
“Les voy a contar mi secreto: El truco para que no grite es
meter la cabeza de la gallina debajo de su ala. La gallina inmediatamente se
calla. Así la saque bajo mi poncho”. Mas risas y asombro por esa táctica. Nadie
ha probado ese truco para saber que funciona.
Ese día le pusieron el apodo de gavilán con el que sería conocido toda su vida.
BARRABAS, EL BUENO
El hijo de ella se llamaba Raúl y llevaba sus mismos apellidos, treta muy usada para ocultar el nombre del desinteresado, y quien ya tenía 18 años cuando nació su hermano "por parte de madre".
A esa edad lo describían como un muchacho disciplinado, callado y trabajador. Hablaba solo si se dirigían a el. Se levantaba a las 5:30 de la mañana -todos los días incluido domingos- y limpiaba silenciosamente toda la casa, incluyendo barrer toda la vereda en el frontis de la casa.
Compraba el pan y ponía la mesa para el desayuno antes de las 7. Tomaba desayuno a esa hora -él solo la mayor parte de las veces- y de allí partía a darle el alcance de su madre para ayudarla en el puesto de venta de pollos que tenía en el mercado de Breña.
Cuando salía de allí asistía a sus clases nocturnas. Termino la secundaria siendo ya adulto.
Raúl se hizo un experto en beneficiar pollos, a raíz de esto mi papa le decía "Chaveta" y el respondia riendo de buena gana.
Vivian ellos en un solar de la calle Montevideo en el cercado de Lima. Mi papa antes de casarse iba a visitar regularmente los domingos al abuelo y a sus hermanos. Luego de conversar con el abuelo, se ponía a jugar pelota con ellos en el patio que era enorme. Alli jugaban su propia version de tirar penales.
Cuando conocí a Raúl, él tendría unos 40 años era mestizo, pequeño y fuerte, con manos recias y cortas. Usaba el pelo cortisimo casi rapado. Sonreía de medio lado. Nunca le escuche más de dos oraciones o frases juntas. Lo que me llamaba la atención era que usaba siempre fuera verano o invierno lo que fue el uniforme escolar de la época: pantalón y camisa de drill color "kaki" con dos bolsillos y galoneras.
Solo en dos ocasiones: el matrimonio de su hermano y el sepelio de su madre vario su vestimenta, usando en ambas ocasiones una camisa blanca de almidonado impecable con todos los botones cerrados hasta el cuello y un pantalón negro; se le veia extrañísimo.
Cuando mi familia visitaba al abuelo durante un fin de semana, Raul se acercaba a saludar primero a mi padre dandole la mano y luego agachando la cabeza y poniendosela en el pecho lo abrazaba en una actitud tierna que pocas veces he visto, luego saludaba con respeto a mi madre y a todos los demas con mucha solicitud.
Ocurrió que durante una dia de Semana Santa habíamos ido a visitar al abuelo y en la tarde toda la familia estaba viendo una pelicula sobre la pasión de Cristo en televisión. Llego el momento de la historia en la que Pilatos, el procurador en Jerusalén usando su potestad de perdonar a un reo, le pregunta a la multitud a quien debe perdonar. "¿Barrabas o Jesús?". La multitud grita por la liberación de Barrabas. Esto provoco abucheos de parte de algunos de los televidentes, pero la historia inmune discurrió con el resultado conocido.
Terminada la película, nos dispersamos por la casa mientras Raúl iba a comprar el pan para el lonche.
Un rato más tarde todos -menos la abuela Susana y mi mamá- estábamos sentados en la mesa esperando y había un ambiente de silencio, de recogimiento y hasta de tristeza.
Acababa de reclamar alguien por la demora de Raúl cuando se le escucho abrir la puerta y entrar. Paso por el comedor y viendo que todos lo miraban dijo en tono de excusa "Había mucha gente". Dejo el pan en la cocina y se acercó a la mesa a tomar su asiento. Mi papá desde la cabecera de la mesa, antes que se siente, y en voz alta le dijo "Raúl: ¿Barrabas o Jesús?". Desconcertado por la pregunta y ante la mirada de todos, dijo casi sin pensar "Barrabas". La mesa estallo en risa. " Vamos Raúl ¿Cómo vas a liberar a Barrabas?" Él desconcertado quiso explicarse, pero vio que era inútil y se sumó a la risa general.
Desde ese día cada vez que visitábamos al abuelo, mi papá apenas verlo le decía ”! Barrabas!" despertando en Raúl una sonrisa y reían ambos del apodo debajo del cual se escondía el cariño y respeto mutuo.
Nunca le conocimos vida amorosa alguna.
Raúl vivió más de 50 años con mi abuelo, lo atendió personalmente cuando la salud de este se deterioró y lo asistió hasta el último día de su vida. Devolvió así con creces el cariño recibido.
SORACCO
La preocupación se notaba en su frente. Acababa de salir del primer empleo que tuvo desde que llegó de Trujillo y necesitaba uno nuevo. Tenía ya 2 hijos y el tercero en camino. La liquidación recibida junto con sus ahorros le permitiría cubrir el presupuesto familiar por unos meses; pero pronto los gastos crecerían al haber un tercer niño en casa.
El sábado fue a visitar a sus mejores amigos: los hermanos Delgado. Los hermanos eran en total 6 pero él por afinidad y edad era amigo de 3 de ellos: Humberto, Manuel y Héctor. Cuando Héctor, el menor de ellos, supo que necesitaba empleo, le dijo que en su empresa necesitaban un vendedor.
Le contó que justamente el día anterior el gerente había avisado a los vendedores actuales que necesitaba un vendedor más y que podían presentar candidatos. La entrevista sería el lunes a las 9 de la mañana.
El lunes se presentó para la entrevista 15 minutos antes de la hora establecida y ya había 2 candidatos esperando, y poco después de él llegó otro postulante.
Cuando le tocó el turno entró a la oficina del gerente: allí un sujeto alto, delgado, de pelo y bigote castaño, bien vestido con pañuelo en el cuello, se presentó como Agustín Soracco, gerente de la empresa y no necesitó decir que era argentino.
Agustin Soracco luego de una sucinta presentación de él y de la empresa, empezó la entrevista preguntando cómo se había enterado del empleo y que vínculos tenía con el vendedor que lo había presentado. Anotaba todo en una pequeña libreta de notas. Luego pasó a tomar notas de sus datos personales y finalmente sobre su experiencia laboral. Mostró cierta duda al ver que no tenía experiencia en ventas, "esto no es necesariamente negativo, no se preocupe." le dijo y añadió "Los jugadores se ven en la cancha" pero sin expresarlo el instinto y su experiencia de años en ventas le decía que este candidato podría dar fuego.
Unos minutos después, cerró la libreta de notas, dando por concluida la entrevista y le entregó un documento de 4 hojas diciéndole "Acá tiene el argumento de ventas que usamos. Memoricelo y vuelva el jueves a esta misma hora para una última prueba".
El ya estaba advertido que la entrega del argumento de ventas significaba que pasaba a la siguiente ronda.
"Disculpe. ¿no puede ser mañana?"
Lo quedó mirando. Hubo un pequeño silencio. La pregunta le reveló que este candidato necesitaba el empleo.
"¿Mañana?"
"Si"
"Está bien, mañana a las 10 lo espero"
"Gracias: Hasta mañana las 10"
Pasó el resto del dia aprendiendo y ensayando el argumento de ventas
Al día siguiente cerca a las 12, salía de la oficina en compañía de Héctor, habia demostrado conocer el argumento de ventas y ahora con el bonito maletín de cuero que identificaba a los vendedores, iban rumbo a la zona de trabajo. Él debía retornar antes de las 2 de la tarde con un contrato de venta, esta era la prueba final de la evaluación. Y lo hizo. Siendo aproximadamente la 1:30 retorno a la oficina con un contrato firmado: había hecho la venta. Un rato después salía contento de la oficina: había conseguido el puesto y empezaba al día siguiente.
Soracco, el entrevistador y ahora su jefe vivía en un hotel en el Centro de Lima. Su vida personal era un misterio. No se le conocía esposa o hijos, tampoco amigos. Un pequeño cuadro de dos personas mayores que todos suponían eran sus padres era el único objeto personal en su oficina.
Pasaron los días y se confirmó la intuición de Soracco, ya que desde el primer mes el encabezó las cifras de venta. Su disciplina horaria y su resiliencia ante las negativas eran sus fortalezas. Literalmente barría sus zonas de trabajo.
Al cabo de unos cuatro meses, su jefe lo llamó a su oficina donde le explicó que dado los resultados obtenidos en su trabajo le confiaba el cargo de supervisor de ventas que hasta ese momento él ejercía, "De modo temporal" aclaró. Lo que significaba que debía fijar las metas de ventas individuales, elaborar la estrategia, señalar las zonas de trabajo y supervisar el logro de las metas mensuales, centralizar las cobranzas y efectuar la planilla mensual adicionalmente se encargaría de captar y entrenar nuevos vendedores.
El solo le pidió libertad para contratar o despedir personal, Soracco le aceptó la condición y lo sorprendió al decirle que podía usar la oficina para sus nuevas labores ya que el atendería "otros negocios" desde su casa y vendría a la oficina solo dos veces a la semana. Fijaron nuevas cifras, en lo que no hubo dificultades.
Su modo de reclutamiento era simple: en la entrevista personal el prospecto debía inspirar confianza. Luego el tamiz último: visitaba un potencial cliente acompañado con el prospecto y el hacia la venta mostrándole la técnica a usar. Luego lo acompañaba donde un segundo potencial cliente, donde el candidato debía hacer la venta. Si cerraba la venta finalizaba dándole consejos de mejora sobre debilidades que había observado y de allí en más se le dejaba solo en su zona de trabajo.
El método le funcionó bien. Alguna que otra vez había sorpresas, recuerda en particular un candidato que no le generaba expectativas y que, al momento de la acción, literalmente se transformaba en un magnífico vendedor.
Hubo vendedores que duraron uno o dos días. Hubo también los que simplemente desaparecieron el primer día y otros no regresaron después del primer mes. Mirando hacia atrás, comentaba que en general los hombres casados eran más confiables. El intento de contratar mujeres a "sugerencia" de Soracco no funcionó. Una de ellas se emparejó con otro vendedor y ambos desaparecieron llevándose los maletines. Maletines que luego fueron difíciles de recuperar. El ritmo de caminata también era un factor que desanimó a varias mujeres.
La primera vez que llamó al hotel para pedirle que firmara unos cheques de pago a proveedores Soracco le indico que se podían reunir en dos horas. Transcurrido ese lapso, llegó al hotel, lo anunciaron y se dirigió a la habitación. Soracco lo recibió recién bañado y cambiado.
Despacharon en una mesita de centro que estaba en el recibidor del cuarto, revisando los montos y los detalles de cada pago.
Ese fue el método de trabajo durante varios meses. Al cabo de un año, el cada vez asumía más labores de gestión que de ventas. Soracco visitaba la oficina y le iba explicando progresivamente la parte operativa del negocio: el contacto con el pintor en Chile, la operación aduanera y la preparación y entrega de los pedidos.
En una oportunidad hubo otra reunión de trabajo entre los dos en el mismo hotel. Esta vez la cara y los ojos de su jefe delataban una noche tormentosa. Un pequeño desorden y el olor a tabaco le indicaban que la juerga no había concluido. Le firmo los cheques casi sin prestar atención a la información que le daba. Pero sorpresivamente se escucharon ruidos provenientes del dormitorio, Soracco solo dijo "Una amiga me está visitando" esto en tono serio y sin mirarlo. El no contestó nada, ya que nada tenia que decir. El que da explicaciones sin que se las pidan .....
La formalidad inicial de las reuniones de trabajo se fue perdiendo y se dio cuenta que Soracco le estaba prácticamente entregando el manejo de la empresa cuando le dio el número telefónico del hotel donde ahora estaba viviendo para cuando necesitara comunicarse con el, ya que el no podia asistir a la oficina.
Tres años duro esta situación. El mercado de la empresa se había ampliado a todo el país, visitaban las cudades del interior en equipos de 3 a 5 con el como jefe de equipo. Llego a conocer asi todo el Perú.
Había buenos resultados pero la velocidad a la que Soracco dilapidaba el dinero era mayor que la generada por el equipo de ventas que ya sumaban 10 vendedores.
Llegaron malos tiempos y la empresa colapsó.
Años después un Soracco ya venido a menos lo busco para pedirle "un favor". Vivía en un edificio de departamentos en San Isidro y le dijo que tenía en su departamento una colección de cuadros originales que quería vender. Eran de reconocidos pintores peruanos y chilenos. Lo cito en su bonito departamento donde le mostro los cuadros, había una treintena de ellos y le explico que no podía venderlos porque no tenía ningún documento que avale la autoría y permita su venta.
Por eso -en recuerdo de una buena amistad dijo- le pedía que fungiera como notario y diera fe de la originalidad de los cuadros, para lo cual había preparado varios modelos de Certificados de Originalidad y sellos en donde él aparecía como notario y solo le pedía que firmara los certificados. Le ofrecía a cambio el 10% del valor total de la venta.
Se quedó sorprendido de la oferta, pero no dudó en rechazarla firme y educadamente. Inmediatamente y sin inmutarse por la negativa, Soracco le preguntó si conocía algún abogado amigo que lo pudiera apoyar con su "proyecto".
Si la primera oferta lo sorprendio, la segunda lo ofendio. Nuevamente le contesto que no podía ayudarlo y no conocía a alguien que pudiera hacer ese "trabajo", dijo esto mientras se ponia de pie. Se despidieron casi mecánicamente. Soracco estaba como abstraído. No volvió a saber de él.
Años después lo vio de casualidad, mal trajeado deambulaba por el centro de Lima. No era ni la sombra del Agustín que el recordaba. Fue la última vez que lo vio.
Cuando me conto esta parte recuerdo que dijo "Mas pudo su vicio por las mujeres", y lo dijo sin animo de juzgar o denigrar sino con el tono con el que se cuenta una vieja pena, esas penas que ya no duelen y que tampoco se olvidan.
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