Era un sábado en la mañana y los siete jóvenes -estábamos entre
los 18 y los 25- sentados alrededor de una enorme mesa de madera en un ambiente
del Colegio María de la Providencia esperando en silencio. A ese ambiente se
accedía por la puerta principal del Colegio que era reservada para los padres y
profesores.
Éramos: los hermanos Elsa y Julio, Ángel, Carlos, Luis
Eduardo, Luisa y yo. De repente me olvido de uno o dos más que al poco tiempo
desaparecieron de las reuniones. Habíamos sido “convocados” mediante un nunca
explicado sistema de selección ya que no nos conocíamos, excepto Carlos y yo
que alguna vez estuvimos en el mismo salón en primaria.
El ambiente era calmo, no solamente porque en ese momento no
había alumnas en el Colegio, sino que las monjas que vivían allí a esa hora
estaban en modo oración. Unos pocos minutos después dos religiosos canadienses:
Ramón y Giselle, con un castellano aun masticado se presentaron como los Coordinadores
de los grupos juveniles de la Parroquia por lo que encabezarían la reunión.
Las reuniones tenían por objetivo formar grupos juveniles en
la Parroquia San Pablo y Nuestra Señora del Carmen, el nuestro se encargaría de
dar soporte a una renovada misa juvenil que se daría todos los domingos a las 7
de la noche. Nosotros éramos los escogidos.
Así empezó para nosotros un curso de Teología de la
Liberación que nos prepararía para comentar, según este enfoque, las lecturas
dominicales.
Luego de unos tres meses de reuniones semanales, el grupo
asumió la tarea de ser parte de la misa juvenil. Aún recuerdo los nervios que tuve
al salir por primera vez al frente de la misa y dar nuestra interpretación de
la lectura.
Durante unos meses las cosas anduvieron bien. Los fieles,
sobre todo jóvenes, llenaban una novedosa misa donde se usaba guitarras
eléctricas y batería - que en esos días eran instrumentos casi exclusivos de
una banda de rock- mientras los jóvenes del grupo se encargaban de casi todas
las tareas, desde volantear hasta recoger la limosna.
Pero, con lo que no contaban los Coordinadores del trabajo
juvenil era que los jóvenes "reclutas" no solo ganaban aplomo al
hablar en público sino que preguntaban y preguntaban cada vez más cosas y
querían no solo respuestas o leer lo que decía Gustavo Gutiérrez en su Teología
de la Liberación - el grupo juvenil había adoptado el nombre de Liberación por
ello también - sino que demandaban acciones más militantes -comprometidas era
el término que se usaba- que preparar un discurso de unos minutos por semana.
La vida se encargó de poner a prueba lo predicado, cuando un piquete de 8 recias trabajadoras de la fábrica D’onofrio
en huelga pidieron a los del grupo dar su testimonio en la misa juvenil del
domingo a las 7 e iniciar una huelga de hambre en el templo.
A los jóvenes, por lo menos a un grupo de ellos, les encantó
la idea mientras que a otros les asusto lo que podría suceder. El cómo llegaron
ellas a nosotros no lo supimos nunca, aunque yo sospecho que fue Ángel, quien
ya hacia activismo político, aunque también podía haber sido Luisa quien a sus
21 ya era una precoz dirigente sindical en un Laboratorio
Fue una bomba.
Los curas "entraron en trompo" al enterarse de lo
que proponiamos hacer, esa misma noche del domingo minutos antes de empezar la
misa.
Ramón nos comunicó la decisión: Las trabajadoras podían dar
su testimonio durante la misa de las 7, pero no se les permitía iniciar la huelga
de hambre en el templo, para la cual ya habían venido preparadas.
Ya había finalizado la misa juvenil y estaban terminando de
salir los asistentes cuando los curas -en una acción sorprendente- cortaron el
fluido eléctrico del templo y cancelaron la misa de las 8 aduciendo que había
que revisar por seguridad las instalaciones y cerraron el templo. Era evidente
que temían una acción de fuerza, alternativa que nadie tenía en mente. Se
imaginaron un escenario de misa con el grupo de obreras en el piso haciendo
huelga de hambre con carteles y banderola incluida. Demasiada “teología de liberación”
inclusive para la década de los 70s.
Nos tuvimos que disculpar con ellas por el fracaso.
Allí se acabó el romance entre los Coordinadores y los
jóvenes más radicales.
Después de esto solo una sola vez pudimos hablar con Ramón.
¿Cómo predicábamos tener o ser una iglesia más cerca de los
pobres y a la vez nos negábamos a ayudarlos en sus demandas?, preguntaban los
jóvenes.
Si lo hacemos una vez, nos llenamos de huelguistas de
hambre, decían ellos.
¿Y ?, ¿Cuál es el problema? ¿No es la opción por los pobres que
debemos tomar? replicábamos.
No había forma de entenderse.
Luego de ello, el ingreso casi libre que teníamos a los ambientes
de reuniones se nos cortó. Si había alguna reunión esta debía contar con la
asistencia de algún sacerdote o monja o seminarista, los que difícilmente
estaban disponibles. En los hechos era la supresión de todo el trabajo juvenil.
No podíamos ir más allá del despacho parroquial. Pero la ruptura fue total cuando a los pocos
días de este conflicto, y cuando pedíamos buscar una salida, los jóvenes nos
enteramos que Ramón había salido de vacaciones. Iba a pasar 15 días del verano
en la casa de playa que los sacerdotes tenían en Ancón.
¿Vacaciones? ¿Casa de
playa? Nos parecía una burla. Ya le
correspondía tomar vacaciones nos dijeron. No sabíamos que un soldado de Cristo
tomaba vacaciones.
El malestar ya denso, se desbordo. Malestar que se sumaba a
detalles que nos fastidiaban pero que se dejaban pasar como que a Ramón le
gustaba apretar los bíceps de los chicos, que a otro cura le encantaba el vino
antes, durante y después de misa por lo cual ya en una ocasión hubo una queja porque
no se le entendió nada de lo que dijo en la liturgia (nos burlábamos diciendo
que había hecho la misa en francés, pero en vino francés) o que el Párroco actual
era muy amigo de la despampanante morena que era secretaria del Despacho
Parroquial y a la que llevaba en auto a su casa a la salida del trabajo.
Detalles que de pronto se recordaron y difundieron malsanamente.
Todos estos detalles eran reales y podían interpretarse de
muchas maneras, pero no era el tema que nos dividía con ellos. Era la
incoherencia entre lo que nos dijeron por mucho tiempo y lo que finalmente
hicieron, lo que nos hizo sentir estafados.
Naturalmente el grupo colapso y dejo de reunirse. Los curas
ni cortos ni perezosos buscaron y encontraron rápidamente reemplazos más
comedidos y solícitos para la misa juvenil de las 7. Veíamos que los manejaban
con una correa más corta, confirmando lo que sabemos desde siempre que
Felipillo vive y vivirá por siempre entre nosotros.
Allí acabo la aventura de Liberación con Giselle y Ramón.
A modo de postdata, muchos años después mi familia tuvo un
almuerzo dominical con Giselle. Fue muy agradable verla de nuevo y compartir
recuerdos escolares y parroquiales.
De Ramón no sabíamos nada hasta que una noticia policial señalaba su muerte en una parroquia en Ica, durante un aparente robo. La historia que rodeo su fin fue algo sórdida y fue triste saber cómo terminaron sus días.