UN REGALO ANTICIPADO POR EL DIA DEL PADRE.

Hace unos días recibimos varias malas noticias y naturalmente estábamos preocupados y también dolidos. La veo leyendo unos papeles, pero estaba afectada. Me acerco a ella y me siento a su lado empujándola un poquito y quedando muy pegado a ella. Tomo su mano y la paso por mi barba.

“Fastidioso eres, ¿no?” dice sin mirarme.

No le solté la mano. “Todo va salir bien.” “¿Que te preocupa?”

Esta pregunta es retórica, ella se preocupa, se ocupa y resuelve sus preocupaciones y cuando se acaban las suyas se encarga de las ajenas.

Hablamos y fuimos saltando de un tema a otro. Del matrimonio, de los hijos, de los amigos viejos, de los nuevos, de los que perdimos, de los que ganamos, de los buenos momentos, de los malos momentos. Terminamos hablando de cómo habíamos decidido casarnos. Reconstruimos el dialogo que tuvimos hace más de treinta años:

“¿Y si nos casamos?” “¿Qué dirías?”

“Que Si”

“¿Si?”

“Si”

“El 1ro de febrero te parece.”

“Ok”

Nos reímos al recordarlo, y luego nos quedamos callados. Pensativos.

“Y si hoy te propusiera casarnos. ¿Qué dirías?” Le pregunté.

“Si. Mil veces si” dijo mirándome directamente. Estoy seguro que vio mi alma.

La respuesta me apabullo. Solo atine a tomarle su rostro con mis manos y darle un beso. A los hombres nos deberían enseñar a llorar.

Es el mejor regalo por el día del padre que he recibido.

MI PRIMERA CHICA

Todos los asistentes al campeonato de fulbito salían de la cancha al terminar los partidos de esa fecha. Entre ellos estaba yo con dos amigos. Estábamos comentando los partidos cuando escuchamos que una chica detrás nuestro dijo “Tengo una fiesta en la noche, ¿alguien quiere ir?”.

Nosotros seguimos caminando y hablando del partido, pero cuando volvimos a escuchar la misma voz, pero esta vez casi encima nuestro y recortada a solo: “¿Alguien quiere ir?” volteamos a mirar y la veo por primera vez. Era flaca, de pelo castaño muy bonito y largo, ojos vivaces y una sonrisa contagiosa mientras agitaba dos tarjetas celestes de entrada a una "Party". Estaba colgada del brazo de una amiga como suelen andar las chicas. Mis dos amigos la conocían, entre risas se saludaron y me la presentaron. Repitieron la invitación entre sonrisas y miradas cómplices entre ellas. No sé porque me sentí aludido e hice lo que me sale mejor, hacerme el desentendido. No recuerdo, si hubo o no fiesta o si llegue a ir.

Nunca fui muy atrevido para iniciar una conversación –ya no digamos una abordaje y menos una relación- con las chicas. No lo crean si lo parece o alguien dice lo contrario.

Era la época del boom del rock, de Santana, de Chicago, de Cream, Telegraph Avenue las primeras fiestas con luces de colores, esferas de espejos y las baladas. Aún recuerdo la primera balada que baile con una simpática desconocida que mantuvo sus antebrazos sobre mi pecho y su cara dirigida hacia mi axila, seguramente siguiendo instrucciones maternas a pesar que yo no significaba amenaza alguna, actitud que hicieron interminable por primera vez la hermosa “Trébol Carmesí”.

Pero bailar con la flaca era un intento de simbiosis donde ella permanecía semi enterrada debajo de mi casaca abierta mientras yo tratando de abrirme paso entre su hermoso cabello hacia su cuello mientras sonaba “Samba pa ti”, No necesitamos hablar mucho, mejor dicho, no hablamos nada. Simplemente las cosas se dieron. Nuestros cuerpos se juntaron y simplemente no se querían ya separar.

Fue mi primera enamorada real, no las que solo piensas, miras, escuchas hasta cuando no habla y sueñas con tocar, sino las que además besas, hueles, hablas hasta cuando no esta y tocas sus sueños y los tuyos. De carne, hueso y alma, aunque ella esto lo tenía dispuesto al revés.

Nos veíamos todos los días. Generalmente durante el día, ya que su mamá -al ser la única hija mujer- no quería que saliera en las noches. Nos encontrábamos a las 7:30 de la mañana de los húmedos días de invierno en el paradero de “la 12” servicio de bussing cuyo último paradero era al final de la Av. Sucre, desde donde caminábamos hasta el final de la Av. Brasil al parque Inmaculado Corazón de María, hermoso y solitario donde además había varias glorietas techadas con bancas de madera. 

Nos sentábamos a conversar, reírnos, mirar el mar, abrazarnos –naturalmente para combatir el frío- y a manifestar el cariño de la inocente forma que un par de chicos que rondaban los 20 años solían hacerlo en esos tiempos.

Regresábamos casi siempre a eso de las 2 de la tarde, en contento silencio, con la mirada pacífica y por supuesto sin sentir ya el frío que hacía en Lima.

Pasaron los meses. La relación era buena, conversábamos mucho, se escandalizaba de mi humor negro que ella fomentaba. Todo iba bien casi sin discusiones.  Una noche estaba conversando con tres amigos, cuando uno de ellos me pregunta: “Loco, ¿sigues con la flaca?”. Era costumbre llamarnos loco en esa época.

Extrañado por lo directo dije:” Si, ¿porque?”

Guardo silencio un instante, pero era demasiado leal para callar o un chismoso sin remedio y me dice: “Acabo de verla conversando con el mellizo”. El mellizo era su ex y vivía a unos 50 metros de la casa de ella: “¿Donde?” le pregunté. Los demás guardaron silencio. “En la puerta de la casa de él”. Guarde silencio un momento.

“Ya regreso” les dije. Me sentía profundamente ofendido. Teniamos un acuerdo sobre los ex.

Llegue a su casa y toque el timbre. Se asomó por la ventana y bajo a abrirme.

“Hola”, con la sonrisa de siempre, aunque me miraba algo extrañada. Rara vez iba a buscarla de noche.

“Hola” y casi sin pausa y con el tono más tranquilo que pude lograr le pregunté “¿No tienes nada que contarme?”.

Desconcertada y un tanto dudosa por mi pregunta me contesta: “No ¿Porque?” Con esa respuesta yo sentí que se me movía el piso. Me preguntaba “¿Me está mintiendo en la cara? o ¿Hugo se ha equivocado?”

“¿Has salido hoy?”. Pregunte directo y ya en modo inquisitivo.

Vi una pequeña duda en sus ojos. “No”. Me contesto en un tono más bajo y sin la convicción de la respuesta anterior y se quedó inmóvil mirándome como esperando mi reacción. Me dolió y fuerte.

"¿No has estado conversando con el mellizo en la puerta de su casa?" le pregunte mirandola con dureza. Se quedo fría. No contesto. No me miro. No se movio. Eso era una respuesta y me dolio. 

“Acá terminamos. Es lo mejor”. Le dije cortante con una seguridad que estaba lejos de sentir. Di media vuelta y me fui. No dijo nada. No le di tiempo a que me responda.

Recuerdo que quede dolido muchos días y por momentos creía que había tenido una reacción exagerada. Más de un amigo en común quiso interceder para “conversar y arreglar las cosas”, pero me negue. Como volver a confiar me decía yo mismo. Tendre que vigilar su puerta todas las noches, me preguntaba.

Menos de un año después me dijeron que se había casado. Bueno. Meses después me dijeron que ya tenía un hijo. La vida continuaba.

Un tiempo después nos encontramos por primera vez desde la ruptura, en el cumpleaños de un amigo en común. seguía siendo flaca pero la maternidad le había agregado carnes.

"Hola", "Hola". "Te presento a mi esposo" "Mucho gusto". Todo formal, aparentemente lo pasado, pisado. Aunque la note un tanto incomoda.

Un rato después cuando cantábamos el "Cumpleaños Feliz", sentí que en la penumbra alguien me tomaba de la mano. Me sorprendio, volteo discretamente y me encuentro con su mirada. Ella estaba cantando parada a mi lado y detrás de su esposo. Su mirada era retadora, audaz.  No, No. Le dije en silencio mirándola mientras los demás cantaban. Solté suavemente su mano con el pretexto de batir palmas.

A partir de allí, la evite. Aproximadamente dos años después partió rumbo a otro continente.

Pasaron los años. Sabia retazos de su vida por diferentes personas. Que se había divorciado. Que se había quedado viuda. Que se había vuelto a casar. Que había venido de visita al Perú.

Hace unos años, estando ella acá, quedamos en encontrarnos una tarde en Plaza San Miguel para tomar un café y conversar. Y así fue. Cuando nos encontramos nos dimos un abrazo extraño pero afectuoso. Conversamos largo, contándome ella primero y yo después que habíamos hecho todos esos años que no nos habíamos visto.

Me conto sus dificultades para irse. El duro proceso de integración a su nuevo país. Desde el idioma hasta la comida.La construcción de su vida familiar, la foto de su hijo: un hombre ya. Por mi parte le conté lo mío. Me llamo la atención que no omitiéramos los momentos difíciles que cada uno había pasado. Pero ya eramos dos extraños que añorando una lejana confianza conversaban. De repente porque sabíamos que probablemente no volveríamos a hablar. Ahora casi no teníamos nada en común.

Naturalmente hablamos también de lo nuestro, coincidimos que fue apasionado y bonito, nos reímos de algunas cosas que ella recordaba mejor que yo y sin hablar sabíamos también que no tenía sentido buscar culpables, porque en toda historia siempre hay dos versiones.

Más tarde, la deje en la casa de una amiga a quien iba a visitar y allí fue el adiós. Si probablemente fue bonito mientras duro, pero solo en la realidad de Disney hay finales felices, en la vida real solo hay finales.

Y YO QUE LE CREIA ....

Y yo alegre la llevaba a la playa donde tonto y mas orondo la lucia.

A mi brazo se pegaba y protector me sentía, entrando en un juego que desconocía: en 
el que se enamora pierde,
pero ingenuo le creí cuando mentía y no cuando la verdad me decía.

Compromiso no quiero fue lo primero que me dijo y no le creí, 
solo es un amigo juraba cuando tarde y azorada llegaba y yo pisando mi dignidad hacia que creía.

Compromiso no quiero mientras su familia me presentaba y no le creí, 
esperemos agitada me decía, cuando al borde la pasión nos ponía y yo vanidoso caballero le creía.

Me tengo que volver dijo sin pena cuándo su desarraigo aquí claro le quedó y no le creí, 
Te quiero me dijo la noche que estaba lista para partir y yo ciego le creía.

Cuando el avión partió y algo dentro de mí se rompió supe que nunca entendí ese juego con los sentimientos, ni sus reglas, ni su premio, pero si conoci su castigo.

Le enseñe a lastimar sin consecuencias o de repente ya lo  sabia, ya tampoco verdades exigia, ni dudar lo que le escuchaba susurrar.

El tiempo paso, y entendí que las banderas rojas del juego perverso siempre estuvieron allí.
Y que fue ilusión la felicidad cuando tomaba por verdad su mentira y por mentira su verdad.

Si fuimos felices me contradijo años después, pero ya fija era mi mirada
y solo sus ojos bajó cuando dije que había aprendido a creer en las manos y a dudar de las palabras.

Y desde ese día puedo decir sin pena que es triste el recuerdo de ese verano cuando yo alegre la llevaba a la playa y la verdad mas tonto que orondo la lucia.

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