Todos los asistentes al campeonato de fulbito salían de la
cancha al terminar los partidos de esa fecha. Entre ellos estaba yo con dos
amigos. Estábamos comentando los partidos cuando escuchamos que una chica
detrás nuestro dijo “Tengo una fiesta en la noche, ¿alguien quiere ir?”.
Nosotros seguimos caminando y hablando del partido, pero
cuando volvimos a escuchar la misma voz, pero esta vez casi encima nuestro y recortada
a solo: “¿Alguien quiere ir?” volteamos a mirar y la veo por primera vez. Era
flaca, de pelo castaño muy bonito y largo, ojos vivaces y una sonrisa
contagiosa mientras agitaba dos tarjetas celestes de entrada a una "Party". Estaba colgada del brazo de una amiga como suelen andar las chicas.
Mis dos amigos la conocían, entre risas se saludaron y me la presentaron.
Repitieron la invitación entre sonrisas y miradas cómplices entre ellas. No sé
porque me sentí aludido e hice lo que me sale mejor, hacerme el desentendido.
No recuerdo, si hubo o no fiesta o si llegue a ir.
Era la época del boom del rock, de Santana, de Chicago, de Cream,
Telegraph Avenue las primeras fiestas con luces de colores, esferas de espejos
y las baladas. Aún recuerdo la primera balada que baile con una simpática desconocida que
mantuvo sus antebrazos sobre mi pecho y su cara dirigida hacia mi axila, seguramente siguiendo
instrucciones maternas a pesar que yo no significaba amenaza alguna, actitud que hicieron
interminable por primera vez la hermosa “Trébol Carmesí”.
Pero bailar con la flaca era un intento de simbiosis donde
ella permanecía semi enterrada debajo de mi casaca abierta mientras yo tratando de
abrirme paso entre su hermoso cabello hacia su cuello mientras sonaba “Samba pa
ti”, No necesitamos hablar mucho, mejor dicho, no hablamos nada. Simplemente
las cosas se dieron. Nuestros cuerpos se juntaron y simplemente no se querían
ya separar.
Fue mi primera enamorada real, no las que solo piensas,
miras, escuchas hasta cuando no habla y sueñas con tocar, sino las que además besas, hueles, hablas hasta cuando no esta y tocas sus sueños y los tuyos. De carne, hueso y alma,
aunque ella esto lo tenía dispuesto al revés.
Nos veíamos todos los días. Generalmente durante el día, ya
que su mamá -al ser la única hija mujer- no quería que saliera en las noches.
Nos encontrábamos a las 7:30 de la mañana de los húmedos días de invierno en el
paradero de “la 12” servicio de bussing cuyo último paradero era al final de la
Av. Sucre, desde donde caminábamos hasta el final de la Av. Brasil al parque
Inmaculado Corazón de María, hermoso y solitario donde además había varias
glorietas techadas con bancas de madera.
Nos sentábamos a conversar, reírnos, mirar el mar,
abrazarnos –naturalmente para combatir el frío- y a manifestar el cariño de la
inocente forma que un par de chicos que rondaban los 20 años solían hacerlo en
esos tiempos.
Regresábamos casi siempre a eso de las 2 de la tarde, en
contento silencio, con la mirada pacífica y por supuesto sin sentir ya el frío
que hacía en Lima.
Pasaron los meses. La relación era buena, conversábamos mucho,
se escandalizaba de mi humor negro que ella fomentaba. Todo iba bien casi sin
discusiones. Una noche estaba
conversando con tres amigos, cuando uno de ellos me pregunta: “Loco, ¿sigues
con la flaca?”. Era costumbre llamarnos loco en esa época.
Extrañado por lo directo dije:” Si, ¿porque?”
Guardo silencio un instante, pero era demasiado leal
para callar o un chismoso sin remedio y me dice: “Acabo de verla conversando con el mellizo”. El mellizo
era su ex y vivía a unos 50 metros de la casa de ella: “¿Donde?” le pregunté.
Los demás guardaron silencio. “En la puerta de la casa de él”. Guarde silencio
un momento.
“Ya regreso” les dije. Me sentía profundamente ofendido. Teniamos un acuerdo sobre los ex.
Llegue a su casa y toque el timbre. Se asomó por la ventana
y bajo a abrirme.
“Hola”, con la sonrisa de siempre, aunque me miraba algo
extrañada. Rara vez iba a buscarla de noche.
“Hola” y casi sin pausa y con el tono más tranquilo que pude
lograr le pregunté “¿No tienes nada que contarme?”.
Desconcertada y un tanto dudosa por mi pregunta me contesta:
“No ¿Porque?” Con esa respuesta yo sentí que se me movía el piso. Me preguntaba
“¿Me está mintiendo en la cara? o ¿Hugo se ha equivocado?”
“¿Has salido hoy?”. Pregunte directo y ya en modo inquisitivo.
Vi una pequeña duda en sus ojos. “No”. Me contesto en un
tono más bajo y sin la convicción de la respuesta anterior y se quedó inmóvil
mirándome como esperando mi reacción. Me dolió y fuerte.
"¿No has estado conversando con el mellizo en la puerta de su casa?" le pregunte mirandola con dureza. Se quedo fría. No contesto. No me miro. No se movio. Eso era una respuesta y me dolio.
“Acá terminamos. Es lo mejor”. Le dije cortante con una seguridad que
estaba lejos de sentir. Di media vuelta y me fui. No dijo nada. No le di
tiempo a que me responda.
Recuerdo que quede dolido muchos días y por momentos creía que había tenido una reacción exagerada. Más de un amigo en común quiso interceder para “conversar y arreglar las cosas”, pero me negue. Como volver a confiar me decía yo mismo. Tendre que vigilar su puerta todas las noches, me preguntaba.
Menos de un año después me dijeron que se había casado.
Bueno. Meses después me dijeron que ya tenía un hijo. La vida continuaba.
Un tiempo después nos encontramos por primera vez desde la
ruptura, en el cumpleaños de un amigo en común. seguía siendo flaca pero la
maternidad le había agregado carnes.
"Hola", "Hola". "Te presento a mi esposo" "Mucho gusto". Todo formal, aparentemente lo pasado, pisado. Aunque la note un tanto incomoda.
Un rato después cuando cantábamos el "Cumpleaños
Feliz", sentí que en la penumbra alguien me tomaba de la mano. Me sorprendio, volteo discretamente y me encuentro con su mirada. Ella estaba cantando parada a mi
lado y detrás de su esposo. Su mirada era retadora, audaz. No, No. Le dije en silencio mirándola
mientras los demás cantaban. Solté suavemente su mano con el pretexto de batir
palmas.
A partir de allí, la evite. Aproximadamente dos años después
partió rumbo a otro continente.
Pasaron los años. Sabia retazos de su vida por diferentes
personas. Que se había divorciado. Que se había quedado viuda. Que se había
vuelto a casar. Que había venido de visita al Perú.
Hace unos años, estando ella acá, quedamos en encontrarnos
una tarde en Plaza San Miguel para tomar un café y conversar. Y así fue. Cuando nos encontramos nos
dimos un abrazo extraño pero afectuoso. Conversamos largo, contándome ella
primero y yo después que habíamos hecho todos esos años que no nos habíamos
visto.
Me conto sus dificultades para irse. El duro proceso de
integración a su nuevo país. Desde el idioma hasta la comida.La construcción de su vida familiar, la foto de su
hijo: un hombre ya. Por mi parte le conté lo mío. Me llamo la atención que no
omitiéramos los momentos difíciles que cada uno había pasado. Pero ya eramos dos extraños que añorando una lejana
confianza conversaban. De repente porque sabíamos que probablemente
no volveríamos a hablar. Ahora casi no teníamos nada en común.
Naturalmente hablamos también de lo nuestro, coincidimos que
fue apasionado y bonito, nos reímos de algunas cosas que ella recordaba mejor
que yo y sin hablar sabíamos también que no tenía sentido buscar culpables,
porque en toda historia siempre hay dos versiones.
Más tarde, la deje en la casa de una amiga a quien iba a visitar y allí fue el adiós. Si probablemente fue bonito mientras duro, pero solo en la realidad de Disney hay finales felices, en la vida real solo hay finales.









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