El interrogatorio.
Era un día de semana
cerca del mediodía y ya había gente llegando a almorzar a la pensión.
El chófer se quedó en
el auto y los otros dos entraron con el a la casa. Saludaron a todos y sin detenerse
le informa a la empleada que eran unos amigos que estarían un momento en su
cuarto. La empleada le contesto con la indiferencia habitual en ella.
Revisaron todo el
cuarto, sobre todo los papeles e hicieron dos rumas, una de documentos y algunos libros, la metieron en una maleta pequeña y la otra formada solo por documentos que ellos, luego de ojearlos, consideraban más valiosos, la pusieron en un maletín James Bond. Le pidieron la clave y el se la dio. Este maletín si bien era de propiedad de su compañero Tito, el conocía la
clave también.
Salieron los tres con los dos
maletines, los demás huéspedes los quedaron mirando en silencio, tomaron rumbo a la prefectura.
Cuando llegaron, vio que Tito también había sido detenido. Era obvio que los habían estado siguiendo y vigilando. Se miraron con medida indiferencia, ambos sabían lo que tenían que hacer.
Cuando llegaron, vio que Tito también había sido detenido. Era obvio que los habían estado siguiendo y vigilando. Se miraron con medida indiferencia, ambos sabían lo que tenían que hacer.
Naturalmente cada
uno iba a ser interrogado por separado y las declaraciones iban a ser
contrastadas.
Ellos ya habían hablado
de este posible escenario y estaban coordinados para las respuestas que iban a dar.
Los interrogaron ese día durante la tarde y parte de la noche y el día
siguiente también en la mañana. Tomaban notas de sus respuestas.
El interrogatorio fue casi una conversación. Donde los agentes preguntaban y el contestaba. Naturalmente estaba alerta a las preguntas y las implicancias de las respuestas. No había violencia, ni malos modales. Mas bien había un curioso respeto.
Uno de ellos preguntaba y el otro anotaba las respuestas que le parecían valiosas a ellos. Ocasionalmente el que tomaba notas también preguntaba.
Uno de los agentes que
lo interrogo, lo sorprendió por su profesionalismo: conocía perfectamente todas
las corrientes de la izquierda, lo que planteaba cada una de ellas y las diferencias entre ellas, así como la ideología de
cada corriente. Podría pasar por un militante de izquierda de la época.
Luego pasaron a
hacer el acta del interrogatorio. Era un proceso engorroso. Hacían una
pregunta, escuchaban la respuesta y luego escribían pregunta y respuesta en una
ruidosa máquina de escribir –en cuatro copias con papel carbón- mientras la deletreaban
lentamente.
Si no estaba de
acuerdo con la respuesta que el agente de seguridad del Estado pretendía
escribir, tenía que frasear clara y lentamente la respuesta para que él la
escribiera. Antes de pasar a la siguiente pregunta, releía pregunta y
respuesta.
Al final del
interrogatorio se tenía un documento como de 10 hojas, la que tuvo que leer, firmar
y ademas poner su huella digital en cada hoja. Solo recordaba que ese documento empezaba
con sus “generales de ley” (nombre, edad, numero de documentos de identificación,
domicilio, etc.) y terminaba con la pregunta de rigor de si el interrogado
tenía algo que agregar.
Luego de terminar el interrogatorio estuvieron dos días prácticamente sin informarles cuál era su situación.
Abstraído, pensaba
mientras viajaba en el bus rumbo a Lima, si el apoyo a la huelga se estaba
desarrollando como se había ofrecido, si los compañeros –nuevos muchos de
ellos- en Arequipa no se habían desperdigado, si se habían comunicado con el
partido para informar que ellos habían sido detenidos, en cómo estaría Gladys
su enamorada arequipeña a quien no le habían permitido verlo; y
naturalmente también pensaba en su familia.
Continuara….
