Américo era un tipo especial.
Usaba lentes de medida oscuros todo el año, botas de media caña en verano e
invierno y se vestía de un modo peculiar. Recuerdo que para una fiesta de año
nuevo se apareció con un saco beige con estampados color guinda de primeras planas
de periódicos. Era parco pero su sentido del humor era agudo y sarcástico …. cuando
estaba de buen humor. Normalmente permanecía impasible con una perfecta cara de
póker.
Un tiempo nos hicimos buenos
amigos y más aún durante un periodo en el que salíamos juntos en nuestras correrías
amorosas con dos hermanas.
Recuerdo cuando recién se había
integrado al grupo de amigos, un domingo después de la misa juvenil de las 7, alguien
aviso que al día siguiente era su cumpleaños. Como la mayoría estudiaba, no nos
juntaríamos así que todos lo felicitamos y los chicos quedamos en reunirnos para
una pequeña celebración luego de despachar a las chicas a sus casas. Lo que
resulto a eso de las 10 de la noche.
Como no teníamos la confianza suficiente
para llegar en patota a su casa, decidimos juntarnos en un parque cercano que tenía
setos altos y veredas. Allí nos sentamos
en círculo y empezamos a conversar mientras tomábamos una botella. Carlos, uno de
nuestros amigos, quedo sentado de espaldas a una de las veredas interiores.
Era época de toque de queda así
que habíamos acordado que si veíamos a la policía o al ejercito nos agacharíamos
y guardaríamos silencio, lo que sería suficiente para ocultarnos dada la poca iluminación
del parque.
Charla va, charla viene, risas,
tomaduras de pelo, cuando de repente alguien susurro “tombos ssshhhh”, de inmediato todos pegamos el cuerpo
al suelo y guardamos silencio.
Escuchamos como el camión porta
tropas (“caimán” le llamábamos) se detuvo y empezó a retroceder lentamente. Eso
solo podía significar que nos habían visto.
Silencio total. Dada nuestra posición
y la altura del grass era muy difícil vernos entre nosotros o mirar en dirección
al caimán que se había detenido.
Contuvimos más aun la respiración,
cuando alguien susurro “Tres”. Lentamente algunos giramos la cabeza para mirar
y aguzando la mirada vimos a tres policías en triangulo acercarse a nosotros.
Todos ajustábamos la respiración
e ingenuamente pensamos que si nos quedábamos quietos no nos verían.
De repente en el silencio de la
noche retumbo un “Oe”. Era una voz firme, aunque un tanto burlona.
Todos en silencio.
“Oe tú, Que haces ahí” Otra vez
la misma voz.
Exhalamos. Ya nos habían descubierto,
así que nos comenzamos a incorporar.
En eso nos dimos cuenta que el policía
que había hablado se estaba dirigiendo a Carlos, quien en el momento de lanzarse
al suelo lo hizo …….. echándose hacia atrás! quedando con el torso en la vereda y las
piernas en el grass .. y boca arriba¡!
Esa imagen de Carlos con medio
cuerpo en la vereda y medio cuerpo en el jardín intentando ocultarse de la policía
nos acompañará siempre.
No puedo asegurarlo, pero me pareció
que Carlos estaba con los ojos cerrados.
Nos pidieron nuestros papeles,
nos subieron al caimán y fuimos conducidos a la comisaria. En el camino todos
misteriosamente estábamos de buen humor. Incluso el usualmente parco Américo tenía
una leve sonrisa. Seria porque sintió nuestra amistad cuando le celebramos su
cumpleaños por adelantado, por la cantidad de ron que había tomado, por la
imagen de Carlos en la vereda, o por todo esto junto.
En el caimán, el punto fue Carlos.
Bromeábamos diciéndole que el solo debió cerrar los ojos para que no nos encontraran,
preguntándole que si alguna vez había jugado a las escondidas o porque había
abierto los brazos al echarse. Risa y risa en la tolva.
Ya en la Comisaria, nos hicieron
formar en dos filas para esperar lo que se conoce como la clasificación. Allí
se separa primero a los RQ (requisitoriados) y luego a los demás en orden
inverso a la “gravedad” de la falta por la que habían sido detenidos-
Así que fuimos los primeros en
ser llamados a la oficina, luego que los RQ fueron separados.
En la oficina se nos preguntaba
y se anotaba: nombre, edad, domicilio, ocupación.
Todos contestamos normalmente
hasta que el oficial interrogo a Américo.
¿Nombre?
“Américo S**** M*****”
“¿Edad?”
“Qué hora es jefe?”
“Como?”
“Qué hora es?”
Desconcertado: “Las 12 y 20”
“Ya tengo 22 jefe”
Risas contenidas.
“Gracioso eres.”
“No jefe. Hoy es mi cumpleaños.
Por eso le pregunte.”
El policía miro la imperturbable
cara de Américo y no sabía si ese morocho de aspecto singular le hablaba en
serio o le estaba tomando el pelo. Mas circunspecto de lo normal, miro la
Libreta Electoral y comprobó que efectivamente era su cumpleaños.
Nos miró a nosotros y varios
respaldamos. “Si jefe es su cumpleaños por eso estábamos reunidos.”
“Ya silencio, el siguiente”
Terminaron de tomarnos los datos
y nos devolvieron al patio, donde nos hicieron formar otra vez en dos filas.
Al rato, salió el comisario, junto
con un alférez que tenía una carpeta de madera con gancho quien le leía en voz
baja las ocurrencias.
“¿Estos son los del parque?” Le
escuchamos.
“Si.” Nos quedó mirando. Volvió a mirar al alférez quien
le dirigió la mirada a Carlos, como señalándolo.
El comisario miro a Carlos, una
muy ligera sonrisa se podía adivinar en su cara, era evidente que le habían contado
lo que paso durante el fallido intento de ocultarnos.
Alejándose y en un tono cansado le
ordeno al alférez: “Ya, déjalos que se vayan.”
En eso, se sobre paro y dirigiéndose
a nosotros, en un tono más serio dijo: “Derechito a sus casas. No los quiero
volver a ver por acá”
Si nos quiso asustar no lo
logro. Todo el camino de regreso a casa fueron risas y tomaduras de pelo. Estoy
seguro que Américo nunca olvidará ese cumpleaños.