CEMENTERIO (1ra PARTE)


“Que tienes que hacer”
Lo miré. Ya lo conozco, cuando Jorge me pregunta eso es que quiere que lo acompañe a alguna parte.

Era sábado. Acababa de llegar a su casa, nuestras esposas son hermanas y se llevan muy bien. Son cómplices. Se pueden pasar horas conversando, algo que yo no podría hacer con mis hermanos.

“Nada, excepto soportar a Lulú y a ti.” le contesto. Lulú es su schnauzer, la que cada vez que llego me persigue por todos lados y cuando me siento en la sala, se echa en el sillón a mi lado y reposa su cabeza en mi pierna. Y eso acaba de suceder.

“Jajá. Te tiene camote”. Me dice Jorge. Yo sospecho que tal vez siente el olor de su hermana Pippa en mi pierna.

“Quiero ir al cementerio”.
Jorge visita a sus muertos cada año aproximadamente.
A su bisabuela y al hermano menor de ella que están enterrados juntos. Luego a su abuela, a sus viejos y a su hija. Lo hace en fechas en que sabe que no hay gran afluencia de público.

Así que nos fuimos al cementerio. 



Él se orienta bien en ese laberinto de pabellones, mausoleos y nichos.
“Entrando por la puerta principal de frente hasta chocar con el pabellón del fondo y un poco a la izquierda están mi bisabuela y su hermano menor” habla mientras vamos llegando. “Son Gaudioso y Juana Rojas Sánchez” me responde. Gaudioso es sin duda un nombre singular.

Me llama la atención que se refiera a su bisabuela y a su hermano menor. Le pregunto “¿El hermano menor de tu bisabuela no es tu bisabuelo también?”  “No” me dice.  Bueno esto no tiene mucho sentido, así debe ser en su familia.

Llegamos.  Ambos están en las coordenadas que tiene en la memoria. Se queda en silencio un momento frente a los nichos, como rezando y luego busca al trabajador que mantiene limpios y arreglados los pabellones.

El parece conocer a todos los que trabajan en el cementerio, los llama por su nombre de pila, hablan de amistades comunes y de eventos pasados con toda tranquilidad. Me explica luego que muchos de ellos son cajamarquinos.
Les paga por los servicios que han hecho, manteniendo limpia la lápida y luego se despide.

“Ahora vamos a ver a mi viejita” me dice.
“Donde es eso” Le pregunto.
“No me acuerdo muy bien” dice. “Pero es yendo por la “avenida” principal, caminamos un tramo pequeño y a la derecha hay una curvita, dice señalando con la mano.

Yo solo veo un laberinto con muchas curvitas y pabellones que me hace recordar cuando en la sierra te dicen “queda aquicito no más” y tienes que caminar 3 horas para llegar al “aquicito no más”.

Pero al poco tiempo damos con la tumba de su madre, que está cercada y tiene un hermoso jardín que la rodea, junto a ella está su hija Rebeca, quien nos dejó muy joven. Una muerte absurda que se llevó a una adolescente dejando un hueco en el corazón de los que la conocíamos desde pequeña.

Acá se repite la historia.

Se saluda con uno y otro y pregunta por un tercero. No esta le contestan. Uno de ellos parte a buscarlo, sin que se lo pidan.Solidarios en la cobranza.  Nuevamente los llama por su nombre de pila, hablan de amistades comunes y de eventos pasados con toda tranquilidad. Me explica otra vez que muchos de ellos son cajamarquinos.

“Ahora vamos a ver a mi viejo” me dice. “Donde es eso” Le pregunto, sabiendo que cualquier respuesta no iba a decirme nada.
“Hay que salir a la avenida principal y caminar un tramo pequeño, la tumba de mi viejo está casi pegado a esta avenida”.

Yo me limitaba a caminar detrás de él, leyendo los infinitos nombres. Llegamos. 

El papa de Jorge está en una tumba con una hermosa lapida color pizarra y la historia se repite. Nuevamente, aparece el empleado que mantiene la tumba y cuida el jardín.  Le paga por los servicios que ha hecho y luego se despide.
Después de un rato, me dice: ahora vamos a ver a mi abuela que se encuentra muy cerca del final de la “avenida”

Terminado ahí, me dice: ahora “vamos a ver a tu viejita”.

Me sorprendo, porque no tengo idea donde puede estar. El comienza a caminar tratando de acordarse el camino que nos llevó a ella hacia unos 5 o 6 años.

Una pareja mayor que nos ve pasar por segunda vez delante de ellos nos ayuda. “Si buscan a alguien lo mejor es preguntar en la oficina” Nos dice ella, mientras el asiente con la cabeza.

“Pero no esta la oficina que estaba en la entrada” Contesta Jorge. Yo no sabía que había oficina alguna.

“Se han mudado. Están ahora en el Jr. Ancash. Es a una cuadra y media de aquí. Usted le da su nombre y el año de fallecimiento y ellos le dicen donde esta” “Cuesta cinco soles” añade. Gracias.

Allá fuimos

Interrumpo a una jovencita que golpea con frenesí un celular y que me “atiende” entregándome un formato y un lapicero amarrado con pita a la ventanilla, mientras me dice que coloque el nombre completo de ella y el año de fallecimiento. Por supuesto, esto sin dejar de mover los pulgares.

Por fastidiar le digo. “Puede escribir usted?” que le debe haber sonado a “Haz tu chamba pues hijita”.

Me mira, sonríe cansada. Es sábado.  Se saca un audífono y me pregunta “¿Cómo se llama?”  “Yo?” Le tomo el pelo. No se da cuenta. “No, la persona que esta buscando”

“OK. Es Ana María Márquez Denegri aunque puede estar registrada como Ana María Márquez de Villar. El Año es 1986.”

Ok. Espere un momento me dice, luego llama a un chico. Jovencito de no más de 20 años, pequeño de mirada vivaz y le entrega el papel. El desaparece tras una puerta.

Nuevamente se enfrasca en el golpeteo de la pantalla de su celular. Esto reafirma mi tesis que las próximas generaciones van a nacer con pulgares curvos.

Pasan 10 minutos.
“Parece que el sistema que tienen es enviar a ese chico a buscar en los pabellones y regresar corriendo a informar”

Pasan 10 minutos más. Y cuando me estaba parando para reclamar, aparece el chico y me dice. “No está”.

“No está?” 

Estuve a punto de decirle “¿Dónde crees que se haya ido?” pero no lo hice. Él era más atento que ella. Supongo que es porque no tiene un celular a la mano.

Ante mi mirada extrañada, leyendo el papel confirma “la Sra. Ana Martes de Villar, no esta”

“Ana Martes?”

Le pido el papel. La de los pulgares locos, había escrito “Ana Martes” Corrijo y le pido al chico que busque nuevamente.

Miro a la de los pulgares eléctricos para reclamarle. Pero ahora se había puesto los audífonos y hablaba mientras escribía. Es un caso perdido pienso.

A los dos minutos vuelve contento el chato. Pabellón San Leandro. F11. Le pago los 5 soles.

CONTINÚA . . .

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