EL ABUELO


En tono seco mi madre dijo: “Y no me vayan a joder la raza”.

Nosotros sonreímos discretamente al escuchar esa frase mientras ella se alejaba junto a mi Papá. No solo porque ella , como siempre, era frontal y transparente (políticamente incorrecta le llaman ahora), sino que contrastaba con la tranquila seriedad con que mi Papá había tocado el tema de los romances en la casa, y porque siempre fue un rasgo familiar el que nadie se metía en la vida privada del otro y nunca opinábamos sobre esto a menos que nos pregunten.

Los 4 hermanos estábamos en los 20s y -por única vez creo- mi Papá habló de este tema con nosotros. Nos dijo que confiaba en nuestra madurez y responsabilidad para comportarnos correctamente en los inevitables enamoramientos. Además de las recomendaciones de respeto y consideración por uno mismo y por el otro, hubo una frase que se nos quedó grabada “El que se casa, se va de la casa”

Paso el tiempo y pocos años después mi madre enfermó y partió. Mi padre, luego de guardar el luto de rigor, afronto el cambio que había tenido su vida y retomo su vida social – congelada durante el periodo de enfermedad de mi madre- reuniéndose con sus compañeros de trabajo y sus viejos amigos de siempre. Tenía 61 años.

Unos años después y ya jubilado, nos dijo que estaba saliendo con una señora y quería que la conociéramos. A todos nos pareció bien que rehiciera su vida, y daba una señal positiva de su vitalidad. Cuando la conocimos, a tres de nosotros no nos convenció mucho la pareja, -uno no puede sustraerse a valorar a la persona que aparece para sumarse a la familia- pero guardamos prudente silencio frente a él, dándole el beneficio de la duda. Una de mis hermanas si fue contundente: “No me gusta nada.” Al resto nos pareció que, como siempre, estaba siendo extrema en sus afectos y en sus rechazos.

Meses después el viejo nos comunicó que se casaría con ella. No recuerdo bien que lo hayamos felicitado, pero si nos tranquilizó saber que tendría compañía en la parte final de su vida.

Cuando nos dio esta noticia, recuerdo que entre bromas como el preguntarle si ella estaba embarazada, o si ella se casaría de blanco (acarreaba ella dos hijos de un anterior compromiso), o recordarle que no queríamos ya más hermanos aparte de los que traía la novia, alguien en tono festivo le recordó la máxima que dictó años antes; “El que se casa, se va de la casa”.  Hubo una explosión de risas. Se rió de buena gana también y en tono de falso ofendido dijo “No sabía que eso también me incluía” y nos sorprendió al añadir que sí, que se mudaría de la casa donde, en ese entonces, vivía conmigo.

Se casó y efectivamente se mudó. Al principio todo fue bien. Los visitábamos todos los domingos recreando los viejos almuerzos familiares, ahora seguidos de una siesta masiva.

En un momento dado esta costumbre se fue espaciando en el tiempo y en algún momento simplemente desapareció.

Poco tiempo después el tiempo le dió la razón a mi hermana y la relación entre mi padre y mi madrastra se quebró. Durante los siguientes años siguieron viviendo juntos pero separados, con breves episodios de conflicto.

Pero el viejo se adaptó al cambio, se auto impuso una rutina de ejercicios que incluía diarias caminatas de 2 a 3 horas, así como trabajos de jardinería y lectura. En verano incluyo en su rutina ir de lunes a sábado a Cantolao donde hizo amistad con personas de su edad, jubilados también. Este grupo de siete amigos –que, entre risas se autodenominaban Los viejos lobos de Cantolao- se frecuentaron durante unos cuatro años, bromeaban, jugaban cartas y cachito, tomaban sol y se bañaban en la playa.

Incluso mi viejo pidió que le compren una boya naranja semejante a las que se veían en “Baywatch”. Su deseo fue complacido, pero ya se imaginan la cantidad de bromas que le hicimos al respecto. Seguía nadando de muelle a muelle, pero admitía que le costaba más.

Al tercer verano juntos, los viejos lobos sufrieron un golpe cuando uno de ellos falleció y el verano siguiente fue el último cuando dos de ellos se sumaron a los ausentes: uno por haber fallecido y el otro por una imposibilidad física.

Sin embargo, durante ese periodo él no se cerró, y nuevamente como en la historia de “Quien se comió mi queso” se puso las zapatillas y salió a afrontar el cambio, había comenzado a frecuentar el Club del Adulto Mayor (CAM) de San Miguel y también el de La Perla donde hizo buenas migas participando en los cursos de Marinera y Tango así como en los paseos mensuales que allí se organizaban.

“Cuando comencé a ir al CAM yo creía que sabía bailar. Así que cuando abrieron un curso para enseñar marinera y tango, fuí solo por curiosidad. Había mucha gente que se matriculaba para recién aprender. Cuando empezaron las clases, me di cuenta que yo no bailaba correctamente, como se debe, ninguno de los dos. Así que me matricule para aprender.”

Tuviste que desaprender para volver a aprender pensé cuando escuché sus palabras.

Así que cuando llego el último verano para los viejos lobos, mi viejo no solamente ya tenía una activa participación en ambos CAM, sino que una relación más que amistosa había surgido con una señora asistente al CAM.

El seguir compartiendo el domicilio con alguien con quien estaba formalmente casado, pero con la cual ya no tenía nada en común era no solamente insostenible, sino que ya era hasta tóxica para él y su nueva relación.

Con nuestro apoyo y sobre todo el de mi hermana, se mudó. Nuevamente se adaptó al cambio: nuevo domicilio, nuevos vecinos y nueva rutina. Dos años después, de acuerdo a ley interponíamos una demanda de divorcio por causal de separación de hecho. Y nos preparamos para lo que esperábamos sería un largo proceso judicial.

Sin embargo, no fue así, pocos meses después se realizaron todas las diligencias propias de estos procesos y después recibimos la noticia qué su solicitud de divorcio le había sido concedida, lo que lo puso muy contento.

Por supuesto, ya le hemos advertido que es la última vez que firma un documento sin consultar con sus hijos y se mete en problemas. De otra manera él -a sus 92- se las tendría que arreglar solo.

Y si bien ya nos ha dado instrucciones claras para el episodio final, que esperemos demore, no se lo toma muy solemnemente. Por ahora hemos descubierto que no solamente es buen jugador de Rummikub sino que debemos estar alertas cuando jugamos con él porque no tiene empacho en hacernos trampa. A pesar de su cara de póker con la que intenta despistarnos, el temblor de su labio inferior siempre lo delata.


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