Los tres me quedaron mirando, extrañados, "Qué dices viejo?". "Nada" respondí. La historia era larga y solo mis hermanos hubieran entendido la frase.
Pero vamos al principio. La Panchita era el modo como llamábamos a la primera escuela que fuimos mis hermanos y yo.
Era un colegio de Educación inicial (antes de Primaria) donde se aplicaba lo que ahora llamamos aprestamiento a niños entre 3 y 5 años. Se les enseña los conceptos básicos de numeración, el grafo de los números, el orden, las relaciones de mayor y menor, así como las primeras letras, su grafía, las vocales, las consonantes, las primeras oraciones, así como a desarrollar las habilidades motoras de cortar, pegar, seguir una línea punteada, colorear áreas específicas, etc.
Se le conocía como La Panchita porque su propietaria, directora y única profesora se llamaba Francisca pero todos la conocían como la Panchita. Pero nadie se atrevía a llamarla así y se dirigian a ella como "Miss". Era una profesora negra, delgada, joven y de imagen seria.
Aceptaba solo 10 niños por vez en la única aula que tenía y que era la sala de su casa acondicionada para la labor docente. Carpetas individuales, dos pizarras, tizas y cartulinas blancas y de colores. Un mapa del Perú. Un cuadro de "corazon de Jesus" completaba la decoración.
Cuando hacíamos demasiado alboroto, iba a su escritorio y con estudiado suspenso sacaba una palmeta de madera de color marrón y la ponía sobre el tablero. Eso siempre funcionaba generando un silencio inmediato en el aula.
Todos sabían lo que eso significaba ya que al momento de la matricula, ella, mirando fijamente al padre de familia, le explicaba -delante del alumno-que la palmeta se aplicaba cuando los alumnos no obedecían las instrucciones.
Acto seguido sacaba de un maletín la palmeta que era un mango de madera seguido de una plancha cuadrada de bordes redondeados con seis orificios de unos 3 cms de ancho.
Esa plancha era la que yo asociaba con una hamburguesa. Y si de comparar se trata tenia el tamaño de una Junior de Burger King.
La disposición de disciplina era siempre respaldada -a veces de modo entusiasta- por el padre de familia. Las reglas estaban establecidas.
En ese momento te quedaba muy claro que debajo de Dios y tus viejos estaba la Panchita, con la autoridad suficiente para provocar que te sacudan las nalgas por remilgón.
Cuando la mama (generalmente) iba a recoger a su hijo, sostenía una pequeña conversación con la Panchita y ella le daba un pequeño informe. Era el momento de la verdad.
"Ha trabajado muy bien" equivalía a una estrellita en la frente y todos sonreían satisfechos.
Después venia "Hizo toda la tarea, debe continuar así" o "Hizo toda la tarea, pero ........" indicaban una recuperación de una situación anterior y era merecedora de una media sonrisa y a veces el ceño fruncido de la mama.
Y finalmente estaba el "Hoy día ha estado muy inquieta......." o directamente "No ha hecho las tareas que le encargue porque se puso a jugar" o el peor de todos "Tuve que sacar la palmeta" con una Panchita muy seria mirando fijamente a la mama, que provocaba el sonrojo de algunas de ellas.
La respuesta era, detalles mas o menos, la misma "Así que ha estado inquieto. Aja. Voy a conversar seriamente con el" decia la mama mientras miraba fijamente al pequeño delincuente que sabia que estaba frito. La mama no dudaba de la palabra de la maestra y un buen rapapolvo le esperaba al transgresor.
En dos ocasiones recuerdo, hizo que un alumno extendiera la mano palma hacia arriba mientras ella acercaba su mano a la palmeta y le decía lenta y suavemente "Puedes ponerte a hacer la tarea de una vez?".
La palidez del pequeño bicho ante semejante amenaza era suficiente para calmar al hiperactivo y disuadir a los demás que mirabamos aterrorizados la escena.
Respetar y obedecer a la autoridad lo aprendias muy rápido. Ninguno de los así educados, creo yo, se atrevería siendo adulto, a patear, escupir, morder o abofetear a un policía.
Por supuesto eran otros tiempos, los conceptos de autoestima, derechos del niño, inteligencia emocional, el sentimiento de culpa de los padres y otros eran desconocidos.
Habia madres que habían sido sus alumnas y que tenían en muy alta estima sus métodos y valores por lo que matriculaban a sus hijos con la Panchita. Era casi la maestra de la familia.
La última vez que la vi estaba conversando con varias mamás en la puerta de su Colegio. Delgada, derechita y muy seria como siempre solo la nieve en el cabello señalaban los años transcurridos.
Hace poco supe que había fallecido y que su hija mayor estaba a cargo del Colegio. Le dejo la valla muy alta la querida Panchita.