LUCECITAS, LUCECITAS

La etapa vital y apasionada de jugar pelota en las calles del barrio se dio en mi caso entre los 11 y los 14 años. En las vacaciones de medio año o en los tres meses del verano peloteábamos en la tarde y a veces en la noche. Debo admitir que no era yo tan hábil como mi hermano, pero si le ponía entusiasmo. 

Los equipos se formaban cuando los dos "capitanes" regían (piedra, papel o tijera) para ver quien empezaba a escoger a los jugadores de su equipo.

Este método de alternar el turno permitía formar equipos más o menos parejos y además de establecer una escala ya que cuanto antes te escogieran eras considerado mejor jugador. Pura meritocracia.

No siempre éramos un número par de jugadores, por lo que algunas veces llamábamos a uno de los chicos menores que estaban por allí para completar el equipo y en otras solo aceptábamos tener un equipo con un jugador menos.

Por otra parte, cuando había dos jugadores con el mismo nombre y no había un apodo para diferenciarlos se usaba el apellido. Había dos Cesar y dos Luchos y aplicábamos esta regla. Pero había tres Carlos, felizmente uno era Carlos, el otro era Chiqui y el ultimo era el Chino, que no era chino, que no tenía ojos rasgados, pero en su casa le decían chino.

Los partidos de futbol callejeros son como todos sabemos una retahíla de gritos de todo tipo, desde indicaciones tácticas: "tu marca a Pepe, él va a adelante", o decisiones arbitrales: "ya salió", "córner, córner", hasta cruentas como: "fusílalo". Y aunque pueda parecer un caos tantos gritos, había (y hay) muchas reglas explicitas acordadas minutos antes del inicio del partido.

Al principio, los arcos era el espacio entre el poste y la pared, estando cada arco en veredas opuestas. Más adelante en el tiempo el arco estaba en el centro de la pista señalados con dos piedras o ladrillos y la distancia entre ellas se media en número de pasos, pero poniendo un pie delante del otro.

Por supuesto que no hay offside en el juego callejero y quejarse de posición adelantada cuando te metían un gol además de discutible (hasta antes del VAR era una de las reglas más polémicas) también era visto como poco "viril".

No había arquero, porque nadie quería tapar. Si te colocaban de arquero ya sabias de tu casi nula virtud futbolística.

El punto de penal se ubicaba a 5 pasos del arco y se lanzaba poniendo un pie al lado de la pelota, “sin vuelo” le llamábamos. Lo seguro era tirar al ras del piso porque si la pelota se elevaba la discusión para saber si fue gol era imposible, en esos casos donde no había acuerdo se llegaba a la situación donde a que cada equipo tenga su propio score.

Cuando ya oscurecía y el score estaba empatado o con una diferencia mínima el peligro que una mamá saliera a llevarse a su joya arruinando el partido, entonces la propuesta de “el que mete gol, gana”, era un choque de adrenalina que desataba una encarnizada y breve batalla que concluía con el gol del triunfo que no se discutía ya que el equipo ganador abandonaba la cancha inmediatamente para no dar oportunidad a alguna maniobra al equipo contrario.

Finalizado el partido, mientras el dueño de la pelota se preocupaba de recuperarla, los demás jugadores de iban a sus casas o se sentaban en el borde de la vereda a comentar el partido.

Jugábamos hasta los 6 goles o hasta que se prendieran las luces, que ocurría a eso de las 6:30 de la tarde en verano.

Naturalmente el partido se suspendía (todos se quedaban inmóviles en su lugar) cuando alguien gritaba “carro, carro” anunciando que pasaba un auto, camioneta o camión. No faltaba que alguien en situación de peligro de gol diera una falsa voz de alerta y aprovechando la inamovilidad reducía o eliminaba el peligro. Allí se armaba la de Dios es Cristo, lo que incluía carajos, sapos, culebras, amagues de agresión al estafador etc. En caso que el equipo "agraviado" reclamara al punto de suspender el partido, había una "medida" reparadora: se cobraba un penal.

Y una regla que se añadió a la detención del partido por la invasión del terreno de juego de un auto fue la de detener el juego cuando una persona mayor cruzaba la cancha. Veías entonces a una persona mayor siendo objeto de miradas impacientes o a una señora caminando rápidamente con gesto serio y al lado su hija adolescente tratando de seguirle el paso y que a veces provocaba un "suegra" por parte de algún atrevido o peor aún decir con voz aflautada el nombre del jugador que provocaba bochornos en la niña.

Sucedió que en uno de esos partidos -anteriores a la adopción de esta última regla- que mientras todos seguíamos la pelota que por el lado izquierdo llevaba uno de mi equipo, yo gritaba desaforado “Mira, mira” pidiendo la pelota. Estaba solo frente al arco rival.  

Mi compañero me mira y lanza el pase un par de pasos delante mío y justo cuando tomo impulso para alcanzar la pelota ......pum me encuentro con la abuelita.

La abuelita era la mama de la una vecina llamada Paca, casada con un tío al que le decíamos el tremendo juez porque era muy alto y se parecía al personaje de la serie “La tremenda corte” y que siempre nos miraba con cara de pocos amigos. Cuando llegaba provocaba que el juego se detuviera mientras cuadraba el auto y entraba a su casa. Si la pelota caía contra su puerta -que era de fierro con vidrios catedral- el partido se detenía y esperábamos que saliera a protestar. Luego de lo cual alguno con voz falsamente arrepentida le decía “Disculpe señor. No ha sido intencional” y eso siempre bastaba. Era así hasta que un día el Cuchi -seguramente molesto porque su equipo estaba perdiendo- dijo rápido y clarito “Disculpe, disculpe. Ya que no joda. Juega nomas”.  El silencio fue total. El tremendo juez lo miró por unos segundos, se dio media vuelta y entró a su casa. No recuerdo que haya vuelto a salir a quejarse de los pelotazos contra su puerta. De repente no sabía que el tamaño, la fea cara y la manera como el negro Cuchi fruncía las cejas era para atemorizar al rival futbolero y que en verdad albergaba una alma bondadosa y pacífica.

Volviendo al relato, la abuelita esa tarde estaba regresando de la panadería de la esquina con su bolsa de pan sin saber que se encontraría conmigo.

Para mi suerte (y la de ella) no llegue a tomar mucho impulso, pero si le llegue a dar un golpe -que no fue propiamente un cabezazo ya que fue con un lado de la cara y le di entre el pecho y la barbilla. Cuando giré la mirada la vi frente a mí, primero aturdida e inmóvil y luego en cámara lenta irse de espaldas. Felizmente atine a cogerla de ambos brazos y sostenerla evitando que se cayera. Al estar ya vertical cuidadosamente la solté, estaba en silencio y la quedé mirando. Después de unos segundos me miro, como si recién me viera y me lleno de frases que ya no recuerdo. Solo atine a decir “perdón señora” antes de desaparecer de su vista.

Mis compañeros habían parado el juego y parecían dispuestos a continuar porque el dialogo era “espera que salga de la cancha” “bola al aire” “como va ser bola al aire si yo la tenía”. Apenas la abuelita salió de la cancha mis amigos empezaron a jugar,

Mientras yo estaba inclinado detrás de un carro observándola para ver a donde iba: rogaba para que no me haya reconocido o que si lo hizo no fuera a mi casa.

Unos minutos después al verme inmóvil mirando hacia donde se dirigía la abuela pararon la pelota y con fastidio me preguntaron si iba a jugar "No" les dije. "Creo que está yendo a mi casa" añadí con un hilo de voz y durante 10 segundos hubo un silencio solidario conmigo. Luego hubo un cruce de miradas y la solidaridad se acabó, el partido se reanudo. Unos minutos después mi peor temor se cumplía, la abuelita fue a mi casa.

La abuelita conocía y respetaba a mi mamá y la saludaba diciéndole “Buenos días paisana”, y mi vieja le contestaba con un “Buenos días” o con una venia y una ligera sonrisa, pero era evidente que no le gustaba mucho el saludo. Una vez le pregunte y me dijo con desdén “Cree que es mi paisana porque es de Jaqui”. No entendí bien su respuesta ya que Jaqui igual que Chala estaban en Arequipa. No recuerdo haber hablado otra vez del tema.

Espere que saliera y luego espere unos 15 minutos más para que se enfriara el ambiente. Por eso cuando regrese a casa me sorprendió que mi mama no me dijera nada. Solo mis hermanas me preguntaron qué había pasado para que la abuelita viniera a la casa a quejarse de mí. Les conté rápidamente y sus comentarios fueron “Eres un salvaje” “Como que no la vi. Un día vas a matar a alguien de un cabezazo” mientras sonreían cómplices.

Paso un buen rato y unos minutos después que mi viejo llegara a la casa, mi mama vino de la cocina secándose las manos con una pequeña toalla y delante de todos me pregunta tranquilamente “César que paso con la abuelita”. Me quede frio. Mi viejo dejo de leer el periódico, primero me miro con curiosidad y luego dirigiéndose a mi mama pregunto “¿Qué ha pasado con ella?” “Ha venido a quejarse de él” le respondió.

Todos me miraban. Ya se imaginan: educadamente dicho sentí pánico escénico. Conté de manera telegráfica lo que había pasado, escogiendo bien las palabras y sin entrar en detalles para minimizar mi responsabilidad, aunque sabía que eso era imposible.

Cuando termine de contar la historia, mi viejo mira a mi mamá y le pregunta “¿Qué te dijo la abuelita?” y ella con las manos en la cintura: “Si, eso mismo y que había visto .. " y cambiando la voz añadió "lucecitas, lucecitas”. 

Ante tamaña irreverencia nadie pudo contener la risa. ¡Hasta yo me reí de la frase! Jamás me hubiera imaginado que el drama terminara así.

Luego de un rato, mi viejo ya seriamente me advirtió que tuviera más cuidado ya que una caída de una persona a esa edad era peligrosa.

 


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