Estaba junto a mi esposa sentado frente al escritorio del médico esperando mi diagnóstico. El médico, uno de los mejores del país, luego de evaluar las placas y efectuar un examen clínico, confirmó el diagnóstico que mi empírica investigación había encontrado.
Luego pasó a explicar sobre el curso de la enfermedad señalando el deterioro que ella provocaba y usó dos adjetivos en una oración, que se grabó en mi memoria: el mal era progresivo e irreversible.
Note que la explicación se dirigía a mi esposa más que a mí. Recién entendí lo que significa el dicho, “se me cayó el alma a los pies”. Sentí que todo dentro mío caía al piso y el sonido del mundo a mi alrededor se apagó. Progresivo e irreversible. Repetí para mis adentros las dos palabras que me decían todo.
El médico hizo la salvedad que la variante que me había diagnosticado era la menos agresiva tanto por su velocidad como por el grado de deterioro. El tratamiento integral: farmacéutico y terapia física apuntaban a ralentizar el mal y mejorar la calidad de vida del paciente. No había cura.
Me citó para dentro de 6 meses para ver la evolución del mal.
“Tienes que avisarles a tus hermanas” escuche una voz lejana y luego en un tono más bajo “Y al papapa”
“Si. Primero a los chicos.”
“Ok. Vamos a comprar las medicinas. Hay que hacer una dieta de acuerdo a sus recomendaciones”
“Si. Los ejercicios a realizar es lo que ayudara mucho. En Terapia Física debe haber rutinas, tal como lo menciono el doctor.”
Salí del consultorio de manera automática y de pronto ya había llegado al auto.
Mecánicamente puse música. Mucha alegría para tan difícil momento. Ese playlist con rock del recuerdo se había quedado allí desde la mañana al llevar a mi menor hijo al Colegio. Felizmente este año termina, pensé.
La verdad es que mis pensamientos circulaban entre las palabras del diagnóstico médico, pero me sentía como un jugador expulsado del partido o un actor al que le suprimen las líneas. El mundo estaba allí y yo estaba acá, fuera del mismo, solo y dando vueltas en mis pensamientos.
Seguí escuchando la música, esa canción me recordaba una etapa del pasado que mi viejo denominaba como “días sin huella”.
De repente sonó la popular Dancing Queen, que me trasladó a una etapa de mi vida y pensé en Tito, Tuco, Roque, Andrea, Balboa, Victoria y tantos otros que amigos y conocidos que hice entre el 76 y el 84 cuando era un militante trotskista. ¿Los extrañaba? no, ¿sentía curiosidad por saber de ellos? Tampoco, pero me di cuenta que tenía mucho por contar de ellos y de mí mismo.
Cuando volví de esa etapa de mi vida, volví a mis viejos amigos, volví a mi familia, y ellos solo me acogieron y nada más. Nadie, ni mis más cercanos amigos jamás me preguntaron nada. Parecía un tema que todos preferían eludir. Como si pensaran que no pasó nada. ¿Nada? Como que nada. Habían pasado muchas cosas. Pero nadie me preguntó. Me hubiera gustado contarles. Si.
Sería como una sesión de terapia. Había mucho por contar. ¿Me atrevería ahora a contarlo todo? No lo sabía. Todos tenemos alguna calavera en el closet. Lo que sí sabía ahora es que el reloj estaba corriendo y debía terminar la historia antes que caiga la aguja. Los que juegan ajedrez entenderán esta expresión.
Volví al hoy y empecé a manejar, me gustaba hacerlo pero me di cuenta también que por seguridad tendría que dejarlo. Mi esposa cada cierto tiempo me miraba en silencio. Después en casa ya, me preguntó “Qué pensabas en la cochera, te quedaste en silencio un rato. No te cierres” “¿Si? No pensaba en nada.” La respuesta que las mujeres nunca creen y que es cierto los hombres podemos estar sin hacer o pensar en nada. De manera sorpresiva no insistió. Mientras yo pensaba en como comenzar a contar esta historia.
Sería una manera de convertir una crisis en una oportunidad.
