Cuando mis hijos eran aun pequeños, organizábamos piyamadas. Las hacíamos generalmente los sábados en invierno, esos días en que no provoca salir de casa, ni sacarse el piyama, ni cocinar.
Fue en una de esas oportunidades,
y cuando ellos tenían aproximadamente 12 y 8 años, que el menor me sorprendió
con la pregunta que a todos los padres nos han hecho alguna vez "¿Cómo conociste
a mi mamá?"
Ante la mirada atenta de los dos
e intentando ganar tiempo repetí: "Que como conocí a tu mama?". De
reojo, me di cuenta que ella -concentrada desde el día anterior en armar un
rompecabezas de 1 000 piezas en el suelo- discretamente había levantado su
radar y estaba atenta a mi respuesta mientras miraba sin mirar una pieza.
“Bueno” les dije. “Hace unos años, en un determinado momento estaba trabajando en un proyecto que recién se iniciaba y me asignaron la tarea de seleccionar y contratar personal administrativo.
Necesitábamos entre otras personas
una asistente administrativa adicional y entrevistando postulantes para ese
puesto se presentó una señorita pequeñita ella muy seria y formal. Fue la mejor
alternativa para el puesto por dos factores claves: su buen dominio del inglés
y su experiencia en el sector privado. Por ello fue seleccionada. Así la conocí.”
Ella -aun con la misma pieza del
rompecabezas en la mano- no se había perdido palabra alguna de mi relato. Y
para provocarla añadí. "Si sabía que años después me casaría con ella, de
repente hubiera sido más exigente".
Espere su reacción, pero no la
hubo. Mala señal.
Los chicos la abordaron. "¿Mamá, como fue que te enamoraste de papá? ". Una pregunta directa, sin anestesia.
Se sonrojo, sin mirarme. "Fue
poco a poco. La verdad es que al principio me cayó mal, era muy mandón y creía
que todo lo sabía. Y lo peor era que muchas veces tenía razón"
“Y me cayó peor cuando sin
consultarme borro los programas de mi computadora". Los chicos voltearon a la vez a mirarme y me preguntaron asombrados "¿Borraste los programas de su computadora?".
No esperaba ese contraataqe. En modo defensivo expliqué: “No los borre. Bueno, en realidad si los borre pero los reemplace con otros. Es que el proyecto había decidido cambiar -igual que toda la universidad - los aplicativos de oficina de Quattro Pro y Word Perfect a Excel y Word. Luego de una capacitación se fijó una fecha para que todo el proyecto migrara. No teníamos una red instalada aun así que el cambio debía hacerse equipo por equipo".
Casi agotado por mi extensa defensa prosegui: “¿Que paso?” y todo acusete añadí "Que una semana después de esa fecha dos señoritas: ella y la secretaria del Jefe del Proyecto no habían hecho el cambio con el pretexto de ordenar sus archivos"
Ella rápidamente replico "No era un
pretexto. Pero borrar el Quattro Pro y el Word Perfect de nuestras computadoras
durante el fin de semana, sin avisarnos y luego irte de viaje, fue maldad. El
lunes mi trabajo fue una tortura y pasamos dos días horribles. Todo el día
rajamos de ti y te odiamos por ello."
Me defendí "Pero ya habíamos
tenido un taller de capacitación y además había pasado una semana de la fecha
de migración, se estaban exponiendo a una llamada de atención." y solo
para picarla murmuré "Si hubiera sabido que habría tantos problemas y como
termino esto de repente no debí proponerle el puesto"
Sonrojada, pero mirándome su
respuesta fue contundente: "Y si yo lo hubiera sabido te aseguro que no lo
hubiera aceptado". Su respuesta me desarmo, como se dice fui por lana y salí
trasquilado.
Mis hijos estaban inicialmente desconcertados
por el dialogo hasta que me vieron derrotado acercarme a ella riendo y dándole un beso mientras
le decía “Fue una de las mejores decisiones que tome”. “Por supuesto” me
contesto.
Tumbados en la alfombra, vimos
como los dos chicos se nos lanzaban encima, a pesar que su mamá les decía en
tono más risueño que amenazante “¡Cuidado con mi rompecabezas!” pero ya era tarde
para ello.
Por mi parte en tono
exageradamente adolorido dije “Alguien me ha clavado la rodilla en el hígado”, y
la respuesta fue las carcajadas de todos, pero donde nadie se movía. Nos
demoramos en levantarnos.

