Fue la primera y única vez que me preocupe por la vida
amorosa de mi hermana.
Era muy buena estudiante, tranquila, guapa y más buena y
sana que una manzana.
No puedo ser objetivo, así la veía yo.
Pero empecemos por el otro lado de la historia.
El brigadier general de mi Colegio, Cesar Augusto Vela López, era amigo mío, y alguna vez compartimos carpeta. Eso porque antes nos sentábamos en el salón por orden alfabético: Vela, Villalba, Villalobos, etc.
El brigadier general de mi Colegio, Cesar Augusto Vela López, era amigo mío, y alguna vez compartimos carpeta. Eso porque antes nos sentábamos en el salón por orden alfabético: Vela, Villalba, Villalobos, etc.
Sus amigos le decíamos el mocho y los más considerados taza.
Le decíamos el mocho porque su oreja derecha no tenía pabellón sino una pequeña
carnosidad que le rodeaba el oído. La verdad sea dicha, de frente su silueta era
exactamente el de una taza.
Como todo brigadier general de Colegio público era muy formal
y para mi gusto excesivamente marcial. Su extrema responsabilidad nos causaba
sentimientos de culpa. Pero lo respetábamos y nadie lo llamaba sobón, soplón o intentaba
algún tipo de bullyng. Todos
respetábamos al mocho
Era el consentido del profesor de IPM (Instrucción Pre
Militar) el Suboficial de Tercera Onofre Aquino Díaz, con quien coordinaba las
actividades escolares y a quien le pedía permiso hasta para cumplir sus necesidades
biológicas.
El mocho tenía un hermano menor que era todo lo contrario a
el. Se llamaba Miguel Ángel y además de ser el hermano menor era la oveja negra
de la familia. Decían las malas lenguas que no había terminado el Colegio.
Era alto, fachoso, tenía una voz grave y todo su aspecto era
el de un retador indiferente que parecía decir “Si fumo mariguana y?” .
Andaba con dos amigos que fácilmente preocuparían a
cualquier padre de familia si los viera merodear sus casas. Uno que parecía tener como 40 años y que creía
disimular usando encima de la cabeza un enorme pelambre e intentando caminar
metido en unas enormes botas de vaquero con punta. El otro parecía uno de los extras
asiáticos en Kill Bill.
Estas tres fichas se aparecieron de repente en las fiestas a
las que íbamos, invitados por unas hermanas amigas de mis hermanas.
Así las cosas, un día entro a una fiesta en la casa de los Sánchez,
cuando de repente en medio de la semioscuridad, las luces de color y el volumen
de la música veo al famoso trio conversando con dos chicas que aun estando de
espaldas las reconocí de inmediato.
Me estoy acercando a comprobar cuando veo que el abraza a
una de ellas y es correspondido. Ese abrazo no era de amigos. En esos años los
chicos no abrazaban a sus amigas. Nuestras
miradas se encuentran. Esboza una media sonrisa y su aspecto parecía decir
ahora “Sí, fumo mariguana y me chapo a tu hermana.”
Me sorprendió. A ella le gustaba leer sobre la vida,
romances y penas de los príncipes y la realeza de Europa que publicaba
Vanidades y otras revistas cuando dale aquí, se había fijado en un sapo.
Siendo abierto ya el romance, la preocupación me invadió. Y
la única manera de manifestarlo era lanzar infundios desacreditando al príncipe
azul y tratando de mostrar que era solo un sapo.
La campaña incluía, mencionar en tono sarcástico que no
sabía la tabla del 2, que ella tendría que terminar de enseñarle a leer, que hablaba
solo e intercalaba risas y llantos, que no sabía dónde quedaba la ducha en su
casa, o que la última vez que se bañó encontró un polo que creía perdido y
cosas parecidas, lo que siempre ocasionaba una furiosa acusación de calumnia,
aunque cada vez más débil.
¿Cómo discutes con una adolescente enamorada? NO hay forma.
Un día me entero –interpósita persona- que el sapo tenía una proposición irresistible: huir con ella al bosque (¿Cual bosque? ¿El Bosque?), construir una casa de madera y criar niñas igualitas a mi hermana. Vivir de lo que pudieran sembrar (mariguana incluida por supuesto) y ser felices.
Por supuesto esa versión criolla de la familia
Ingalls, paradigma de la felicidad que se podía encontrar en la pobreza, se
completaba con la grata compañía de sus amigos que los acompañarían. Misma
familia Manson.
La posibilidad que mi hermana termine de campesina no me
causaba gracia.
Esta idea era prueba irrefutable del daño producido por
todas las plantas que se fumaba.
Solo así podía explicarse la peregrina idea de alguien de
irse a vivir en el bosque, cuando estoy seguro ni el parque de las Leyendas
conocía.
Felizmente la ilusión duro poco, unas tres semanas
creo.
Luego, dejaron de merodear y todos nos olvidamos de ellos.
Algún tiempo después fui a recoger a una chica para irnos al
cine.
Toque la puerta. ¿Y adivinen quien me abrió?
Siiiiii él
mismo.
Con mi mejor cara de palo. Le dije: Hola esta ….?.
Acuso el golpe, pero reacciono como un caballero. “Si” y la
llamo.
Retrocedí y me puse a mirar por el balcón hacia la calle.
Así que aún no vives en el bosque, pensé. ¿O te regresaste
cuando se te rompió la primera uña?
La salida de ella interrumpió estos silenciosos diálogos. El
besito de saludo y nos fuimos caminando.
Sentí que nos miraban, asi que volteo a ver y allí estaba en su
balcón mirando a su única hermana menor en su primera salida al cine. No voy a
mentir, lo saboree.
Pensé “Yo no fumo mariguana, y solo por si acaso estoy en la
última fila con tu hermana”
La verdad no pasó nada en el cine y también fue la última
vez que los vi.
PD Recién y a
boca de jarro le pregunte a mi hermana por él, me miro con esos ojos de
sorprendida que le conozco bien y me contesto: “No sé, habrá muerto de
sobredosis” y estalla en risas. No me resisto
y colaboro añadiendo leña al fuego “O se habrá caído de la casa que construyo
en el árbol”. Nuestras carcajadas resonaron más fuertes aún.


