Hace unos días recibimos varias malas noticias y naturalmente estábamos preocupados y también dolidos. La veo leyendo unos papeles, pero estaba afectada. Me acerco a ella y me siento a su lado empujándola un poquito y quedando muy pegado a ella. Tomo su mano y la paso por mi barba.
“Fastidioso eres, ¿no?” dice sin mirarme.
No le solté la mano. “Todo va salir bien.” “¿Que te preocupa?”
Esta pregunta es retórica, ella se preocupa, se ocupa y
resuelve sus preocupaciones y cuando se acaban las suyas se encarga de las
ajenas.
Hablamos y fuimos saltando de un tema a otro. Del matrimonio,
de los hijos, de los amigos viejos, de los nuevos, de los que perdimos, de los
que ganamos, de los buenos momentos, de los malos momentos. Terminamos hablando
de cómo habíamos decidido casarnos. Reconstruimos el dialogo que tuvimos hace
más de treinta años:
“¿Y si nos casamos?” “¿Qué dirías?”
“Que Si”
“¿Si?”
“Si”
“El 1ro de febrero te parece.”
“Ok”
Nos reímos al recordarlo, y luego nos quedamos callados.
Pensativos.
“Y si hoy te propusiera casarnos. ¿Qué dirías?” Le pregunté.
“Si. Mil veces si” dijo mirándome directamente. Estoy seguro
que vio mi alma.
La respuesta me apabullo. Solo atine a tomarle su rostro con
mis manos y darle un beso. A los hombres nos deberían enseñar a llorar.
Es el mejor regalo por el día del padre que he recibido.
