UNA RELACION TORMENTOSA

Siempre había sido tímido para acercarme a las chicas. Pero ella me impacto e hizo brotar en mí una iniciativa que me permitió abordarla y luego enamorarnos. Era bonita, pequeña, con una linda sonrisa y una coquetería natural.

Nos encontrábamos siempre en un paradero situado frente a su Colegio, cruzando una ancha avenida, al lado de una tienda. Cuando ella llegaba primero, me esperaba allí rodeada de sus amigas que desaparecían casi espantadas apenas me veían aparecer, esas mismas que cuando yo llegaba primero y esperaba allí recostado en la pared, con mi maletín en el suelo, en la ventana del segundo piso donde quedaba su salón me hacían sonreír haciendo con impunidad todo tipo de gestos desde desmayos dramáticos hasta gestos manuales obscenos .

“No les hagas caso, estan locas” me decía al llegar y nos reíamos. Y empezábamos la larga marcha de regreso a su casa. Cuarenta minutos caminando que nos parecían cinco. Siempre la misma ruta. Todo Carhuaz y todo Aguarico porque eran las calles menos transitadas y luego Napo donde nos soltábamos las manos por el temor a que su viejo nos viera.

En su barrio, vista las reacciones de grupos de chicos que lanzaban indirectas seguida de risas exageradas de celebración, yo no era bienvenido. Parecía que algunos de ellos tenían expectativas hacia ella y veían frustrados sus planes.

Estuvimos bien por un año y poco más la relación andaba bastante bien conversábamos bastante y nos reíamos mucho. Luego, durante unos meses poco a poco a la exigencia propia de la universidad se le añadió un incremento consciente de mi militancia politica que me consumía tiempo y nuestros contactos se espaciaron. Daba por sentado que la relación era fuerte, que solo requería cuidados mínimos y baje la guardia. La realidad me enseño que fue un error.

Un sábado en la noche al dejarla en su casa le dije “Mañana iré con mi familia a visitar a mi tía Yola. Solo la visitamos uno o dos domingos al año y generalmente regresamos a eso de las 10. Si llego antes te paso a buscar a la Parroquia sino nos vemos el lunes”. “Ok” me dijo y con un beso nos despedimos.

Al día siguiente, mi familia y yo regresamos de la casa de la tía Yola un poco antes de las 8. Ni bien llegamos a la casa salí a buscarla a la Parroquia. A esa hora, como todos los domingos, la puerta del Despacho Parroquial era un hervidero de jóvenes. De 20 a 30 entre amigos y conocidos formaban grupos que conversaban animadamente. Desde que llegué a la esquina la empecé a buscar con la mirada. No la veía. Cuando finalmente llegue, salude con un hola, mientras la seguía buscando entre los grupos. No estaba. Cuando me comenzaba a alejar dirigiéndome hacia su casa, un amigo quien se percató de mí búsqueda se separó de su grupo, se me acerco y en voz baja me pregunto “¿Buscas a ..?”. “Si” le dije un tanto extrañado por lo conspirativo de su tono de voz, mirándome añade “Creo que se ha ido al Atalaya con el cholo Chris”. Me quede frio.

El Atalaya era un campo de futbol situado en medio de una cuadra con dos pasajes laterales. El campo estaba cercado por una malla de alambre y entre la malla de alambre y el borde de la cancha habían sembrado árboles. De noche era visitado por parejas que querían privacidad para sus arrumacos amorosos.

“Gracias” le dije, sin mirarlo. El retorno hacia el grupo y yo cambié de dirección. Estaba ente molesto y sorprendido. El cholo Chris no era mi amigo, no me caía bien y solo sabía de él que tocaba la guitarra y que jugaba de arquero con indumentaria completa. Me basto escucharlo hablar una vez para saber que jamás seriamos amigos y así fue. No sabía que ellos eran amigos, los había visto conversando un par de veces y nunca a solas.

El Atalaya quedaba a dos cuadras y se llegaba directamente a él por un pasaje que cortaba la cuadra situada a la espalda de la Parroquia. Las calles estaban silenciosas y yo caminaba rápidamente, pero sin hacer mucho ruido. Acercándome al final del pasaje escuche el murmullo de una conversación, pero no podía entender lo que decían, un instante antes de desembocar en la calle, se cortó el murmullo y escuche ruido de pasos rápidos. La calle estaba iluminada pero solitaria, y a unos metros a mi derecha había un carro estacionado. Allí estaba el, solo con la espalda apoyada en la puerta del copiloto, los pies en el borde de la vereda, una cara con una sonrisa forzada y unos ojos entrecerrados que mostraban cálculo. Ella no estaba. Había dado dos pasos hacia él cuándo la veo asomándose por la parte delantera del auto, escondiéndose como una niña en falta. Me quede mirándola inmóvil. Luego de darle una rápida mirada al galán quien ya estaba parado al lado del auto y simulaba mirar hacia el otro lado, me acerco a ella quien forzando una sonrisa se incorpora y dice “Me asustaste”. Me quede parado en la vereda, en silencio frente a ella sintiendo como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.

Se acercó diciendo “Llegaste temprano”, y extiende sus brazos pretendiendo abrazarme. Retrocedo y en un tono duro le pregunté “¿Qué estás haciendo acá?”, sentía que me quemaba la cara.

Su sonrisa desapareció y vi miedo en sus ojos “Nada. Solo estábamos conversando” “¿Si? ¿Acá?” “¿Esperas que te crea? ¿Con este?” dije girando, pero el galán ya había desaparecido.

“No ha pasado nada. No es lo que crees”

“¿Cómo sabes lo que creo? No. No. No. Esto se acabó”

“Te lo puedo explicar, por favor. Escúchame”

Comencé a caminar alejándome sin saber hacia dónde iba. Me alcanzo, se abrazó a mi brazo en actitud sumisa sin dejar de hablar, no la rechacé, solo caminaba en silencio.

Dentro mío empezó una batalla entre el que quería creerle, recordando todo lo bueno que teníamos, que no podía negar que la quería, aunque me doliera admitirlo; y el otro que señalaba un hecho: ella estaba allí con un tipo en una situación poco más que sospechosa cuando fue interrumpida.

No sé cómo terminamos sentados en la semi penumbra de las escalinatas de la entrada de un conjunto de departamentos. Se sentó pegada a mi lado y con la cabeza gacha. No la aparte. Seguía repitiendo que no había pasado nada. Yo permanecía en silencio sin mirarla. Dentro mío había una mezcla dolorosa de furia, desilusión y tristeza.

Nuevamente “Solo conversábamos. No ha pasado nada con él. Yo te quiero y solo quiero estar contigo”. Siguió hablando, pero yo ya no la escuchaba, la batalla dentro de mí me lo impedía.

“¿Porque te escondiste?”.

“Ya te dije. Me asuste”.

Comencé a ceder. “No quiero que vuelvas a hablar con él. Nunca”

“Te lo prometo”. Me dijo mirando el suelo.

Guarde silencio. Solo estaba ganando tiempo, dentro mío seguía librándose la batalla sobre qué hacer.

En un último intento de no perdonar, me obligué a ponerme de pie con una seguridad que estaba muy lejos de sentí y dije “No. No. No. Mejor acá terminamos. Me voy”.

Se abrazó a mí y casi entre sollozos dijo algo que al principio no entendí bien: “Yo te quiero. Pídeme lo que quieras. Solo quiero estar contigo, ser tuya, solo tuya.”

“¿Que dijiste?” le pregunte, sorprendido.

Levanto la cara y mirándome lo repitió. Note desesperación en su voz. No quería perderme. La quede mirando, me sostuvo la mirada, sus ojos estaban brillantes y decididos.

Aun no entendía yo que esto era una cuestión de respeto e integridad, pero la pasión nos ganó y cruzamos la línea.

Las cosas cambiaron durante un buen tiempo el fuego nos consumía y no podíamos andar separados mucho tiempo. Conversábamos bastante. Nos reíamos mucho. Otra vez era la chica bonita y alegre de la que me había enamorado.

Hacíamos planes, vivir juntos, tal vez casarnos, de tener 4 hijos y hasta especulábamos a veces en broma y a veces en serio sobre los nombres que les pondríamos.

Pero, las actividades políticas me demandaban cada vez más tiempo y casi no tenía tiempo para mi relación amorosa. Llegaba tarde a verla o simplemente no llegaba. Al principio ella mostraba comprensión y hasta interés pero poco a poco nuestros encuentros se fueron enfriando.

Poco tiempo después el partido me informo que se necesitaba que yo fuera a Arequipa a reforzar el trabajo partidario y acepté, casi sin pensarlo.

Cuando hable con ella, esa misma noche, se quedó pasmada. Por una parte, no creía que yo estuviera tan involucrado y por otro lado que hubiera aceptado sin conversarlo con ella. Por supuesto no quería que me fuera. Le dije que era por poco tiempo, dos o tres meses. “Espérame” le repetía yo. Dos días después me fui. No quiso despedirse.

Llegando a Arequipa, la llame a través del teléfono de una amiga en común, pero no pudimos hablar. En esos años tener teléfono domiciliario era casi un lujo. Le escribí un par de veces, pero nunca me respondió. Me quede preocupado.

Después de un segundo intento fallido de llamada, me di cuenta que nuestra relación estaba en peligro sino agonizando. Pero no había nada que pudiera hacer. En Arequipa las primeras semanas fueron duras, allá toda actividad prácticamente cesaba a las 8 de la noche, por lo que ella ocupaba mi memoria de modo doloroso.

Estuve allá por varios meses. Fui detenido, junto con un compañero por Seguridad del Estado y trasladados a Lima. (Publicado 24.02.2018) Cuando recuperé mi libertad luego de algunas semanas, reorganicé mis actividades: solo tenía lo que traía puesto.

La primera noche que pude fui a buscarla. Salió su mamá, quien se sorprendió de verme, pero de modo cortés me dijo que no estaba en casa y me pregunto si ella sabía que yo iba a buscarla. “No”, le respondí, “quería darle una sorpresa.” “Supongo que no demorara en llegar”. Le dije que volvería al día siguiente en la mañana. Me despedí, pero no lo hice. Me pare en el borde de la vereda a unos 60 metros de su casa. Me dije voy a esperar una hora, quiero verla llegar. Una hora y 20 minutos después un auto se detuvo frente a su casa, las luces de sus faros me iluminaban. A contraluz vi cómo se despedía y bajo sonriendo del auto, miro en mi dirección, vi un instante de sorpresa en su rostro, pero no se detuvo y entro rápidamente a su casa. Era imposible que no me haya visto.

Al día siguiente, después de una noche intranquila, temprano fui a su casa. Salió en pijama, fingiendo sorpresa “Hola”, “Hola” y un beso de saludo casi obligado en la mejilla. Nos quedamos mirando. Ambos esperando que el otro hablara, “No sabía que estabas en Lima.” “Llegue hace tres días” y luego de un breve silencio: “Tenemos que hablar. Nosotros ya casi no nos vemos y es mejor que terminemos”. Hablo rápido sin mirarme y en tono casi ensayado.

Sabía que esto era lo más probable que sucediera, pero no espere que doliera tanto, como un tremendo golpe en el estómago

Casi mecánicamente pregunte “¿Hay otra persona? ¿Es el imbécil que te dejo ayer en tu casa?”

Débilmente me contesto “No es un imbécil. Solo es un amigo” sin mirarme. No le creí.

Sin pensar le pregunte “¿Estas segura?” con la esperanza que me dijera que no.

“Si” me contesto mientras me miraba casi asustada por mi seriedad.

”De acuerdo”, dije me di media vuelta y me fui. No pedí explicaciones, eso solo incrementaría el dolor.

Llegue a mi casa que felizmente estaba vacía. Cerré la puerta, me eché vestido sobre mi cama y me doblé de dolor. Era un dolor sordo y permanente en el estómago, como si me hubieran arrancado un pedazo de mí. No sé cuánto tiempo estuve así. No llore. Quise hacerlo, pero no pude, solo llegué a sollozar. Y así me dormí. Cuando desperté eran las 2 de la tarde. Me parecía que lo había soñado, pero el dolor seguía, y me parecía más intenso aún.

Esto debió terminar esa noche en el Atalaya me reprochaba.

Retorne a Arequipa. Me aboque a la militancia donde siempre hay tareas que cumplir. Al principio el tiempo pasaba lentamente. La extrañaba por supuesto que sí. Paso una semana, dos semanas, un mes. Durante un lapso de dos años aproximadamente solo supe que estuvo trabajando con la cuñada de su hermano en una compañía minera en La Oroya, este trabajo la obligaba a permanecer en un campamento minero 15 días y luego 15 días en Lima. No pedí detalles

Por mi parte tuve un par de romances en Arequipa que no prosperaron.

Regrese por segunda vez a Lima. Una noche me encontré con la Negra Sara, una de sus mejores amigas quien sorprendida al verme me dice: “Hola César, ¿cómo estás?”, con cara de estar extrañado le digo “¿Yo?, bien, ¿y tú?”. Se ríe “Bien. ¿Te has visto con ella?”, “Con quién?” le respondo. Se ríe otra vez. Conocía mi humor. “No” le dije. Silencio. “No tengo de qué hablar con ella.” “Si tienen que hablar” Ven mañana a las 7 me dice y se despide sonriendo.

Al día siguiente estábamos hablando en la puerta de su casa. Como si nunca hubiéramos terminado. Era verano. Desde las 7 de la noche conversamos hasta más de las 12 de la noche.

“Te echo de menos” fue la frase que se repitió dos veces esa noche, en lo que fue -ahora lo veo- un intento desesperado de ambos de darle vida a algo que ya estaba muerto.

En dos días debía retornar a Arequipa.

Mi viejo la noche anterior a mi partida de repente, mientras veíamos box en slencio, me dio uno de los pocos consejos sentimentales que recibí de el:” Si no te vas a casar con ella, solo déjala”. Nada más. Duro. Corto. Directo. Sin nombre. No era necesario. Me dejo pensando. Concluí que ya no confiaba en ella y no puedes vivir con alguien a quien tienes que vigilar permanentemente.

El día de mi partida, mi viejo y ella me acompañaron al terminal terrestre de la empresa San Cristóbal. Mi padre discreto estuvo poco tiempo, me abrazo, dijo “Cuídate” y me dejo solo con ella. Estuvimos en la pequeña cafetería conversando, ella no quería que me fuera o que nos fuéramos juntos. Me costaba terminar.

De repente nos dimos cuenta que el bus había partido hacia unos 10 minutos. “Si toma un taxi lo puede alcanzar antes que ingrese a la Panamericana. Sino ya no lo alcanza” nos dijo el empleado. Eso hicimos y lo alcanzamos en el trébol de Caquetá. El bus paro y abrió la puerta. En la puerta misma del bus subo al primer escalón y veo que ella estaba dispuesta a subir. Y allí lo vi claro, no podía postergar más la decisión. “No. No puedo llevarte” le dije. Le solté la mano, y me adentré en el bus mientras que el chofer cerraba la puerta. Lloré en el camino, sentí que esto era el fin.

Y así fue. El tiempo paso. Tiempo después rompí ideológicamente con el partido y seguí mi camino. No volvimos a vernos. No supe nada de ella.

Casi diez años después, de repente una asistente me dice: “Una señora lo busca”. Extrañado pregunte “¿Quién es?” “No me dio su nombre”. “Dile que pase” “Le dije eso, pero me contesto que mejor lo espera afuera”. Me intrigo. “Ok. Dame 5 minutos y salgo” le dije.

Cinco minutos después salí y me encontré con ella. Me quede sorprendido. Era ella. Se notaba que había pasado malos momentos. Se había arreglado, pero hay cosas que no se pueden ocultar. “¡Hola, sorpresa!” dijo sonriendo”, “Hola”. Beso en la mejilla.

“¿Tomamos un café?” le dije señalando una cafetería nueva a media cuadra de la oficina. “¿Que quería? Me preguntaba internamente” Nos sentamos frente a frente.

Empezó disculpándose por interrumpirme ya que “Que solo quería conversar un rato contigo”. Comenzamos a conversar a partir de los últimos recuerdos y amigos comunes. Se había casado con un militar (no recuerdo si policía o del ejercito) y tenía una hija, al principio de su relato todo era normal hasta que de repente empezó con que recientemente las cosas no iban bien, que ya no la escuchaba, a veces se sentía ignorada, y añadió en voz baja “a veces tiene mal carácter”. Y recuerdo claramente que esa frase prendió mis alarmas. Casi cortando su narrativa, le dije que hacía poco había nacido mi primer hijo, y le mostré una foto de el en bata recién bañado, la miro y lo único que comento fue: “Es igualito a ti” “Si”.

La quede mirando en silencio. Ella miraba su café. “¿No extrañas lo nuestro?” soltó de repente. No podía creer su atrevimiento. Silencio. “¿Extrañar? Al principio por supuesto que si, pero ahora, no.” le respondí, y añadí “Creo que lo nuestro debió terminarse esa noche en el Atalaya, allí se rompió todo. Porque cuando no hay confianza, ni respeto, no hay nada. Si seguíamos tarde o temprano me preguntaría donde estabas o si me estabas mintiendo. Sólo éramos dos chicos inmaduros jugando con fuego”. Silencio. Casi me avergoncé de lo duro que sonaron mis palabras. Se notó su decepción “Nunca lo olvidaste” me dijo. “Yo diría que nunca te perdone”. “¿Hasta ahora?” “Si, pero eso ya no importa. Es historia. Ha pasado mucho tiempo y cada uno tomo su camino”. No pudo ocultar su decepción. Silencio. “Debo volver” le dije. Me pare. Pague los cafés y nos despedimos.

La vi marcharse, pero no sentí nada, como cuando uno ve una cicatriz que solo señala que allí hubo alguna vez una herida. Una mujer sensata me dijo: “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” y no puedo menos que darle la razón.

FIN

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