BARRABAS, EL BUENO

La última esposa de mi abuelo se llamaba Susana y era una aguerrida mujer que tenía un hijo cuando se emparejaron. Mi abuelo por su lado arrastraba un registro previo de 6 hijos en cuatro mujeres y ambos tuvieron su último hijo cuando ella ya bordeaba los 40 años.

El hijo de ella se llamaba Raúl y llevaba sus mismos apellidos, treta muy usada para ocultar el nombre del desinteresado, y quien ya tenía 18 años cuando nació su hermano "por parte de madre".

A esa edad lo describían como un muchacho disciplinado, callado y trabajador. Hablaba solo si se dirigían a el. Se levantaba a las 5:30 de la mañana -todos los días incluido domingos- y limpiaba silenciosamente toda la casa, incluyendo barrer toda la vereda en el frontis de la casa.

Compraba el pan y ponía la mesa para el desayuno antes de las 7. Tomaba desayuno a esa hora -él solo la mayor parte de las veces- y de allí partía a darle el alcance de su madre para ayudarla en el puesto de venta de pollos que tenía en el mercado de Breña.

Cuando salía de allí asistía a sus clases nocturnas. Termino la secundaria siendo ya adulto.

Raúl se hizo un experto en beneficiar pollos, a raíz de esto mi papa le decía "Chaveta" y el respondia riendo de buena gana.

Vivian ellos en un solar de la calle Montevideo en el cercado de Lima. Mi papa antes de casarse iba a visitar regularmente los domingos al abuelo y a sus hermanos. Luego de conversar con el abuelo, se ponía a jugar pelota con ellos en el patio que era enorme. Alli jugaban su propia version de tirar penales.

Cuando conocí a Raúl, él tendría unos 40 años era mestizo, pequeño y fuerte, con manos recias y cortas. Usaba el pelo cortisimo casi rapado. Sonreía de medio lado. Nunca le escuche más de dos oraciones o frases juntas. Lo que me llamaba la atención era que usaba siempre fuera verano o invierno lo que fue el uniforme escolar de la época: pantalón y camisa de drill color "kaki" con dos bolsillos y galoneras.

Solo en dos ocasiones: el matrimonio de su hermano y el sepelio de su madre vario su vestimenta, usando en ambas ocasiones una camisa blanca de almidonado impecable  con todos los botones cerrados hasta el cuello y un pantalón negro; se le veia extrañísimo.

Cuando mi familia visitaba al abuelo durante un fin de semana, Raul se acercaba a saludar primero a mi padre dandole la mano y luego agachando la cabeza y poniendosela en el pecho lo abrazaba en una actitud tierna que pocas veces he visto, luego saludaba con respeto a mi madre y a todos los demas con mucha solicitud.

Ocurrió que durante una dia de Semana Santa habíamos ido a visitar al abuelo y en la tarde toda la familia estaba viendo una pelicula sobre la pasión de Cristo en televisión. Llego el momento de la historia en la que Pilatos, el procurador en Jerusalén usando su potestad de perdonar a un reo, le pregunta a la multitud a quien debe perdonar. "¿Barrabas o Jesús?". La multitud grita por la liberación de Barrabas. Esto provoco abucheos de parte de algunos de los televidentes, pero la historia inmune discurrió con el resultado conocido.

Terminada la película, nos dispersamos por la casa mientras Raúl iba a comprar el pan para el lonche.

Un rato más tarde todos -menos la abuela Susana y mi mamá- estábamos sentados en la mesa esperando y había un ambiente de silencio, de recogimiento y hasta de tristeza.

Acababa de reclamar alguien por la demora de Raúl cuando se le escucho abrir la puerta y entrar. Paso por el comedor y viendo que todos lo miraban dijo en tono de excusa "Había mucha gente". Dejo el pan en la cocina y se acercó a la mesa a tomar su asiento. Mi papá desde la cabecera de la mesa, antes que se siente, y en voz alta le dijo "Raúl: ¿Barrabas o Jesús?". Desconcertado por la pregunta y ante la mirada de todos, dijo casi sin pensar "Barrabas". La mesa estallo en risa. " Vamos Raúl ¿Cómo vas a liberar a Barrabas?" Él desconcertado quiso explicarse, pero vio que era inútil y se sumó a la risa general.

Desde ese día cada vez que visitábamos al abuelo, mi papá apenas verlo le decía ”! Barrabas!" despertando en Raúl una sonrisa y reían ambos del apodo debajo del cual se escondía el cariño y respeto mutuo.

Nunca le conocimos vida amorosa alguna.

Raúl vivió más de 50 años con mi abuelo, lo atendió personalmente cuando la salud de este se deterioró y lo asistió hasta el último día de su vida. Devolvió así con creces el cariño recibido.

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