ECHEMOS DEL CAMINO A LOS CENSURADORES

Una característica común en todas las dictaduras es su vital necesidad de controlar el discurso público. Son amantes de la unanimidad, devotos del discurso único y profesionales en la cancelación de voces disidentes.

Antes era el cierre prepotente y burdo de los periódicos y radios y la deportación de periodistas, luego llego el cinismo de los maletines de dinero para comprar editoriales disfrazadas de pagos por publicidad y ahora en el siglo XXI ante la poderosa realidad de las redes sociales la reacción de los dictadores desembozados es la prohibición directa (Cuba, China, Corea del Norte, Irán, etc.) mientras que los dictadores de buenos modales disfrazan este intento bajo el título de “regulación”.

Su argumento dizque es combatir los llamados discursos de odio y las mentiras o noticias falsas (fake news).

En relación con los llamados discursos de odio, el problema se suscita al opinar sobre un tema polémico como el aborto, la eutanasia, etc. es inevitable suscitar sentimientos negativos en una parte de la sociedad. pero esa misma opinión puede suscitar emociones positivas o favorables en otro grupo social. Es casi inevitable provocar esta polarización emocional.

Descartar una opinión o discurso calificándolo como de odio porque provocan o podrían provocar sentimientos o emociones negativas es negarse a llegar a la verdad porque ella surge del choque de discursos contrapuestos.

Crear una medida legal punitiva contra los llamados discursos de odio es un arma peligrosa al no haber un hecho o línea objetiva, clara que defina lo que es al tratarse de sentimientos generados en terceros.

Y es peligroso porque la subjetividad y arbitrariedad que permite esas medidas legales se ajustan perfectamente a las necesidades políticas de las dictaduras.

El individuo en este enfoque ya no solo es responsable por sus acciones sino también por las emociones que suscitan sus opiniones en un tercero. Esto además de subjetivo y arbitrario genera terror y autocensura. Llegan al absurdo de afirmar que el emisor de un discurso llamado de odio, tiene ese sentimiento y lo descalifica por ello. En el supuesto que así lo fuera ¿Es punible legalmente un individuo por tener ese sentimiento?

No puede existir diversidad, inclusión, tolerancia propios de una sociedad democrática con un enfoque que cree que los problemas sociales se combaten con leyes. Si le damos al gobierno la potestad de sancionar a los que piensan diferente al pensamiento hoy -tal vez- mayoritario, no hay dudas que mañana vendrán por los hoy supuestamente defendidos.

En el caso de combatir las fake news este último es un débil argumento: cuando alguien en redes sociales lanza una mentira o una noticia falsa, se produce efectivamente una inmediata difusión, pero lo que no dicen es que la libertad que existe en las redes sociales permite que TAMBIEN surja la respuesta no solo desmintiendo la falsedad de la noticia sino cuestionando al medio o persona falaz.

Esta es una gran diferencia con el pasado donde el discurso era unidireccional, venia del emisor al receptor (TV, radio, etc.) y las mentiras o fake news eran o quedaban prácticamente impunes.

Hoy la información es omnidireccional, cualquiera que disponga de un celular puede enviar su relato, opinión, comentario, etc. y llegar a prácticamente cualquier otro vecino en el planeta.

Por ello las mentiras tienen hoy más que nunca patas cortas. Esto significa una pérdida de control formidable para los dictadores y sus corifeos, pero también una reducción drástica de poder de la prensa (autodenominada cuarto poder) que se ve privada del privilegio del monopolio del micrófono, la cámara y el papel impreso.

En su lugar surgen los canales de streaming, los youtubers, los influencers, etc. en pocas palabras el ciudadano común y corriente mientras los medios tradicionales reactivamente trasladan a internet su caratulas y venden suscripciones !

Las vacas sagradas del periodismo pierden audiencia y lectoría, estan cada vez más arrinconadas y saben que tienen los días contados. Y este no es un problema tecnológico, es ético: las redes sociales EXIGEN decir siempre la verdad cueste lo que cueste, separar el hecho de la opinión, el precio de no hacerlo es una reacción masiva de descredito.

Un hombre con un celular en una red social tiene un gran poder y una gran libertad, pero ella no es gratis, nada lo es, esta libertad y ese poder tiene un precio en términos de una mayor responsabilidad individual y desarrollo del propio espíritu crítico al momento de consumir, producir y difundir información.

Está claro que estamos ad portas de un gran cambio, afrontarlo sin temores, con resolución y prudencia nos pondrá de pie en una nueva era.

Echemos del camino a los censuradores. Seamos optimistas, al final, la vida se abrirá paso y la verdad se impondrá. No me cabe duda.


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