Mi primer trompo


En un barrio el no jugar pelota te condenaba a la soledad. Tanto por no participar de la principal actividad física de la edad escolar como por relegarte de los comentarios y discusiones post partido que podían durar semanas.  Tu socialización, pelota de por medio, se afectaba.

Eso paso con Roberto (o era Ramon?) Navarro del grupo de “los grandes” (en el barrio llamábamos así a los que estaban en secundaria o ya habían terminado el Colegio) ya que por su debilidad física no jugaba pelota con ellos. Se había enfermado de algo (TBC ?) siendo púber y si bien se curó, su crecimiento se detuvo y su organismo quedo frágil.

Era muy amable y saludaba cortesmente a todas las señoras y señores, lo que lo diferenciaba de los demás de su generación. 
Cuando no estaba con "los grandes", casi siempre se acercaba a “los chicos” (los de que estábamos en Primaria) a vernos jugar pelota, trompo o bolas.

Fue en Navidad cuando alguien me regalo un trompo color amarillo tamaño mediano (había de tres tamaños). Eran los tiempos en que los juguetes venían sin instrucciones de uso, sin pilas, sin software integrado y algunas veces sin empaque... pero tenían las insuperables ventajas de venir armados, listos para usar, ser eternos y funcionaban a la primera.


Yo no sabía jugar trompo y tenía que aprender. Así que hice lo que todos los chicos hacemos en esos casos: ir donde los amigos y allí aprender, sobre el terreno. Mis amigos se juntaban en una quinta con cochera, (“La Josefina”) ya que allí la cochera tenia piso de tierra: escenario perfecto para jugar a las bolas y al trompo. Llegué y me puse a mirar a los que jugaban a “la cocina”.

La cocina era un juego simple y sangriento, sangriento porque el premio (si PREMIO!) era golpear impunemente al trompo de tu amigo 5 o 10 veces con la púa del tuyo.

Y lo peor es que en cada juego había cinco o seis ganadores y solo un perdedor.
  
¿Qué retorcida mente había ideado este juego?

¿Cómo puedes conservar tus amigos haciéndoles eso? Pero nadie se molestaba si tu amigo te rompía el trompo. Si, los tiempos han cambiado.

Bueno, vayamos al juego mismo. 

Empieza cuando alguien en cuatro patas depositaba cuidadosamente en el piso un poco de saliva, de manera que quede en forma redonda. Era la baba.

Luego empezaba la primera competición: picar la baba. Para picar la baba debías lanzar el trompo con un giro vertical del brazo para que este caiga de punta, marque la tierra y termine bailando. 

Quien picaba más lejos de la baba o no picaba en tres intentos, automáticamente perdía y se chantaba.

Chantarse era dejar en el suelo tu trompo a merced de los demás rivales, para que sea llevado a la cocina. 

Una vez chantado, cada jugador al momento de hacer bailar su trompo debía golpear el trompo chantado; y luego emparar su trompo y lanzarlo contra el chantado haciéndolo avanzar hacia la cocina. Podías darle tantos golpes como lo permitiera tu habilidad.  

La cocina estaba a unos 10 metros del punto de partida y era simplemente un rectángulo de 20x30 trazado en la tierra con un palito o si quedaba en la zona con piso de cemento o loseta era pintado con tiza.

En el camino hacia la cocina cualquiera podía perder si infringía algunas de las reglas no escritas: el trompo no bailaba, se caía de la mano, no le acertaba al chantado en el al momento del lanzamiento o si le daba a la púa, simplemente tenías que reemplazar al chantado.

Al llegar a la cocina se procedía a la ejecución del castigo.  Se enterraba unos 2/3 del trompo perdedor con la púa hacia abajo.

Luego cada jugador usaba su trompo como arma y aplicaba el número de golpes de púa previamente acordado.

El trompo perdedor acababa con la parte superior astillada y con hoyos. En no pocas ocasiones el trompo perdedor perdía pedazos (lonjas le decíamos) sobre todo cuando –en arranques de sadismo- todos concentraban sus golpes en un solo lado del trompo víctima. 

Aquí no servia pedir “chepa”, intentando calmar el frenesí del rito de ajusticiamiento.

Las variantes de este juego eran amplias: con trompo hacha: tenías un trompo para jugar y otro para castigar, generalmente más grande y con la púa sumamente afilada; la cocina con piedra: al “castigar” usabas tu trompo como un cincel y golpeabas con la ayuda de una piedra como si fuera un martillo, etc. 

Esta última variante causaba a veces que el trompo perdedor terminara partido en dos. Algunos al ver así su preciado trompo, compañero de decenas de combates, se les rompía el corazón, pero nadie lloraba.

Volviendo al tema. Yo estaba lejos de la destreza de mis amigos, lo que me generaba envidia y miedo de enfrentarlos. Ni siquiera dominaba las dos habilidades básicas:hacerlo bailar y empararlo (Comentario al margen, la palabra emparar no existe en castellano, pero todos sabemos lo que significa)

Ese primer día no jugué solo mire.
Al segundo día llegue y allí estaba el flaco recostado en la pared mirando jugar.
El era una especie de árbitro cuando surgían discusiones.

Sivori. ¿Ya tienes trompo? me pregunto (Solo él y Perico el zapatero me llamaban así.) cuando me vio llegar con mi trompo en la mano.
Me hubiera gustado decirle: No, esto es un zapallo.
Pero me calle, usar la palabra zapallo me estaba vedado.

En vez de eso le dije: Si.
¿Ya sabes emparar? 
No.
Tray, te voy a enseñar. (Ojo un peruano no dice trae dice tray)
Le entregue el trompo.

¿Y la huaraca?  
No tengo.
Me devolvió el trompo. Espera me dijo. 

Lo vi cruzar hacia la tienda.
Volvió con una cuerda blanca delgada y una chapa.

Le saco el corcho a la chapa. La puso en el suelo y con la púa del trompo y la ayuda de una piedra le hizo un hueco, luego paso la cuerda por el agujero e hizo dos nudos.

La misión de esto era que la chapa al sujetarse entre el anular y el dedo medio, con la parte plana de la chapa en contacto con tu piel, impedía que se te escape la cuerda al lanzar el trompo.

Luego saco una navaja de su bolsillo y corto transversalmente el otro extremo de la soga, como sacándole punta.

Este rebaje facilitaba el enrollar la huaraca en la parte superior del trompo.

Listo, ahora la cuerda ya era una huaraca.

A continuación, coloco la punta de la huaraca en el ecuador del trompo y la extendió hacia la púa (como un meridiano) y rápidamente la enrollo de abajo arriba.

Agarro el trompo con el dedo medio y el gordo y me lo mostró para asegurarse que veía como había que hacerlo. Lo lanzo y lo hizo bailar.

Ahora, pon tu mano así. Puso su mano con la palma hacia arriba.
Separa los dedos. Separo el dedo medio y el índice.
Como si fuera una tijera. 
Ya.

Mira, vas a hacer esto.
Puso su mano en la misma posición de la mía y se acercó al trompo que giraba.

Puso una rodilla en el suelo y metió la mano debajo del trompo quedando la púa entre los dedos separados y dio un pequeño golpe con el índice.

El trompo salto a su palma. Listo. Eso era emparar!.

¿Viste? 
Otra vez. 
Dejo resbalar el trompo y repitió la operación.
¿Fácil no? 

Ahora tú, me dijo mientras bajaba el trompo nuevamente al suelo.
Lo hice y no resulto.
No te preocupes. Otra vez.

Volvió a hacer bailar el trompo. El segundo intento resulto. Era la primera vez que lo hacía y sentía el cosquilleo del trompo en la mano.

Me lo quito mientras me decía “Hazlo una vez más”.
Enrollo el trompo y nuevamente lo hizo bailar. Lo pude emparar a la primera. Estaba contento de aprender.    

Ahora tienes que aprender a hacerlo bailar. El curso era fast track.

Lentamente, coloco la huaraca, enrollo y luego sujetándolo entre el dedo medio y el gordo lo lanzo.
Mientras lo hacía, hablaba y yo miraba en silencio.
Lo hizo dos veces.

Ahora tú.
Comencé a intentar. Aquí me demore más.
Cada vez que fallaba el trompo terminaba lejos de mí.
Enrollar la huaraca era relativamente fácil, pero el movimiento de muñeca al lanzarlo (como latiguear) era la habilidad por aprender.

No me acuerdo cuantos intentos hice. De repente un intento resulto, me sorprendí, no sabía qué había hecho diferente, pero resulto, el trompo estaba bailando.

Hazlo una vez más.
Otra vez.
Otra vez.

Cuando ya estaba al borde del fastidio, me libero.
Bien, ya sabes.
¿Era fácil ves Sivori? me dijo sonriendo.

Yo ya no lo escuchaba, solo quería ir de inmediato a jugar con mis amigos. La cocina me esperaba.

Recuerdo haberlo visto enseñando a chicos menores que yo el manejo del trompo, como lo había hecho conmigo. Nunca le di las gracias.

Hace poco, mi hermano me comento que el flaco había muerto. Mi hermano sabe todo lo que sucede con su familia, amigos y conocidos incluso antes que los hechos sucedan.

El flaco era una buena persona, los minutos que dedico a enseñar a un mocoso las competencias para jugar trompo, mostraba una empatía que revelaba la calidad de ser humano que era.

Aunque en ese momento no lo valore así, ahora lo veo mas claro.

Me demostró que las buenas personas generalmente no brillan, simplemente hacen el bien sin mucho autobombo y sin esperar nada, porque el solo hacerlo es su recompensa.

Gracias flaco.


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