LAS ESCOBAS

Soy alérgico al polvo. Me provoca una recata fila de ruidosos estornudos que suelen causar la irritación de los que me rodean. A veces eran tan imprevistos y ruidosos que de adolescente me han hecho ganar algún regaño por hacer saltar de sus asientos a alguna tía mayor, a mis viejos o a mis propios hermanos.

Por eso en una etapa de mi vida, cuando el nido estaba lleno la jefa programaba una vez al mes limpieza general lo que significaba que la casa era puesta de cabeza y barrida, trapeada, sacudida, encerada y lustrada con entusiasmo y usando todo tipo de líquidos y ceras además de escobas, escobillones, franelas, trapeadores, paños, etc. Al estar -por la referida alergia- exonerado de las tareas operativas, me asignaban la logística: proveer el almuerzo, el agua y los insumos que se pudieran requerir. Cuando no concertaba un encuentro con algún amigo o me confinaba en mi dormitorio a leer, ver alguna película o alguna serie.

Los niños en ese entonces, se ponían ropa de “trabajo” gorra incluida y bulla de por medio ayudaban en las tareas. Por supuesto, dos horas despues terminaban ellos tirados en el suelo junto a su mascota viendo televisión o jugando play. 

Al final de la tarea, generalmente al final de la tarde, salía de mi encierro y me encontraba con el equipo de limpieza que pedía con urgencia un buen baño, descanso y algo de engreimiento. Traer algunos videos de Blockbuster, y preparar una olla de canchita bastaba para organizar la noche de cine familiar.

Hace poco, durante la rutinaria ejecución de la limpieza general mensual que ahora es menos bulliciosa pero igual de severa que antes y en plena pandemia estaba confinado en mi cuarto cuando se me ocurrió salir a traer algo de comer de la cocina. Estaba algo distraído y sin querer tropecé con un recogedor que estaba –según yo- escondido en un pasadizo, lo que además de hacer volar el recogedor esparció todo su contenido en el piso recién lustrado. Maldije silenciosa e inútilmente al recogedor ya que me parecía una vil trampa como la que monta la policía al esconderse en la carretera. Por un instante me quede inmóvil y en silencio. Parecía que nadie había escuchado. Olvidaba que en la casa solo somos dos, bueno dos y Pippa. Caminando lentamente para no hacer ruido fui a poner de pie el recogedor y luego mecánicamente busqué una escoba en la cocina para juntar lo esparcido. No había señal de alguna. Estaba en eso cuando un repentino “¿Que buscas?” me sobresalto. Era la jefa. “Una escoba” respondí. “Todas están en el deposito, como siempre” acompañada de una ligera sonrisa que añadía silenciosamente “ ¿Dónde vives.?”.

Fuimos al depósito, pero no entendí porque me acompañaba. Sabía dónde estaba el deposito. Pero al llegar, abrí la puerta corrediza y me encontré frente a un escuadrón de escobas. Quise ser gracioso y le dije “Esto parece la playa de estacionamiento de las argolleras” (grupo de amigas muy queridas por ella). Me ignoro.

Entendí porque me acompañaba: no iba a acertar con la escoba correcta (yo por supuesto iba a escoger la que estaba más cerca de la puerta) así que en tono casi descuidado y sin darme cuenta de lo que provocaba pregunte “¿Cuál es?” Y allí me llovió.

Empezó con un “Mira” Eso dolió.

“La escoba celeste es para la cocina tiene cerdas más duras. Está es una maravilla porque la compramos hace como 10 años y sigue como nueva.

La amarilla delgada tiene cerdas suaves es para para la sala y el comedor.

La amarilla gordita es para los dormitorios.

La verde grande con cerdas más largas es para para la cochera y la vereda de la calle.

La azul es solo para trapear.

La roja grande es para barrer la azotea.

La roja chica es para trapear la azotea.

Nos falta una escoba para el patio.”

A estas alturas yo veía todo con otros ojos. Levante la vista y vi en una doble repisa una fila de frascos cilíndricos en su mayoría, de metal, de vidrio y de diversos colores y alturas. Ceras en pasta, liquida, en spray, limpiadora, cubre rasguños, abrillantador, color caoba, color cerezo, incolora, etc.

Sodimac debe tenernos en su galería de clientes preferidos. 

Más allá vi una galonera con una etiqueta “Agua desionizada. (Para plancha)” recién me enteraba que hay un tipo de agua para usar en las planchas. Yo siempre usaba la de caño, pero prudente no lo mencione, ni pregunte acerca de eso, ni de nada más.

Es lo que recuerdo del discurso que con una sonrisa concluyo con la frase socarrona “Mejor lo anotas para que no te olvides. Háblale a tu celular”. Aludía así a mi reciente habito de usar el asistente de escritura por voz de mi equipo.

Guardé silencio y la respuesta “Ella no me contesta” quedo para mi consuelo. A continuación, y antes de olvidar o confundir la función de cada escoba, me puse a hacer la nota. En mi celular por supuesto y por supuesto usando mi asistente.

Mas tarde me percate que yo solo quería comer un poco de uvas. 

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