Tendría yo unos 11 o 12 años y saliendo del Colegio los viernes
en la tarde tome la costumbre de regresar a casa usando una ruta distinta cada
vez sabiendo que no tenía la presión de llegar rápido para hacer las tareas del
día siguiente.
Por eso, a veces pasaba por un terreno baldío grande cercano
a mi casa que por su ubicación permitía ver toda la Av. Venezuela y divisar al
fondo el poniente rojizo sol de abril y su reflejo plateado en el mar de La
Punta.
Abstraído estaba, pensando sabe Dios en que cuando un “Oye,
oye” llamo mi atención.
Volteo y veo que era un escolar, mestizo, de pelo apretado y
ojos chiquitos y negros embutido en un uniforme caqui que se acerca. Más bajo y
ancho que yo, me llegaría debajo del hombro, y antes que yo preguntara algo
dice: “¿Jugamos?” mientras me muestra las 4 bolas que tenía en la mano.
“¿Donde?” le respondí casi de inmediato.
“Allí” Me dice señalando el terreno baldío. Levemente
irregular pero suficientemente plano para jugar, bolas, trompo e incluso bastante
grande como para jugar fulbito.
“Bueno” le dije. Puse mi maletín en el suelo y escogimos el
lugar para hace los tres hoyos o “ñocos”, pequeños agujeros en el piso para
introducir las bolas. Se podía hacer con una piedra pequeña, una rama, una
chapa o la punta de tu trompo y luego se limpiaba bien para que quedara visible
y la bola corriera bien.
Mientras lo hacíamos supe que se llamaba David y que
estudiaba en el Anexo del Mariano Melgar que estaba situado en la Av. Arica. No
tenía puesta la corbata, ni la cristina doblada en el cinturón, detalles que no
me llamaron la atención porque todos sabíamos que la disciplina en el Anexo era
relajada.
Empezamos a jugar y en un momento dado, estaba yo en el ñoco
de partida a punto de tirar mi bola hacia el agujero final cuando lo vi hacer un
movimiento extraño: se puso en cuclillas detrás de ese hoyo. Nadie hacia esto,
porque te podía caer la bola o chocar contigo al rodar, además de distraer al
que está jugando. Pero no le preste atención y lance mi bola.
Lo que sucedió a continuación aun lo puedo ver en camara lenta:
espero que mi bola se acercara lo suficiente y con una mano la cogió antes que
llegara a su destino mientras con la otra cogió las bolas que estaban en el
ñoco de llegada para luego salir corriendo como alma que lleva el diablo en
dirección al sol.
Me quede absolutamente estático, sorprendido, solo veía una
nubecita de polvo que dejaba en su carrera, llevándose mis tres bolas. No atine
a perseguirlo.
Recogí mi maletín, lo limpié y recién me di cuenta que el había
aparecido sin maletín, ni cuadernos, es decir había estado preparado para
robar. No llore, pero si me sentí humillado.
Llegue a casa y mi madre apenas me escucho llegar grito: “Límpiate
los pies que acabo de trapear”. Salió a mi encuentro a verificar que me hubiese
limpiados los zapatos antes de entrar. Pero al ver mi cara y con los zapatos
llenos de tierra, bajando un tanto el tono me dice: “Ven, vamos. Sácate el
uniforme que hay que lavarlo y dime que ha pasado”.
Mientras ella misma me sacaba el uniforme, le conté lo que
había pasado. Ella siempre fue transparente y yo sentía su enojo, pero no sentía
que fuera conmigo. Solo repitió “David, ya” cuando dije su nombre. Cuando le
termine de contar, guardo silencio un instante y me dijo: Ӄse tal David va a
terminar mal, no me importa. Pero tu escúchame bien: cuando hables con gente en
la calle DESCONFIA. No creas todo lo que te dicen”.
Al ver mi confusión, me miró fijamente y repitió: “Una cosa
es escuchar y otra es creer.”. Hizo una pausa y añadió “Una cosa es ser educado
y otra es ser cojudo. No le creas a nadie. Desconfía”. Y cuando cándido yo le
dije “¿A nadie?” sorprendido que me dijera que no le creyera a nadie. Ella con
ese tono exagerado que a veces usaba “A NADIE. Ni a tu madre.”
Y saliendo ya del dormitorio finalizo con el lapidario “Seguro
que te vio caminar con la boca abierta”, lo que hizo reír a carcajadas a mis
hermanos, silenciosos hasta ese momento.
La vida le dio la razón a mi madre. Lo perdí de vista por
varios años, y cuando lo volví a ver se había transformado, estaba más fornido y
su rostro tenia no solo un aspecto desalmado y amenazante sino también más
oscuro ¿Cómo reflejando su alma? Ya era conocido
como el chato David y contaba con varios ingresos y salidas de la cárcel. Una
vez pregunte “¿Cómo hace para salir?” No recuerdo si hubo alguna respuesta.
Las dos o tres veces que lo volví a ver no se sentía corto en lucir los cortes en los antebrazos que se rumoreaba eran productos de sus peleas o tretas para eludir su detención. Pocos años después supe que había muerto en una pelea entre delincuentes. ¿Alguien lo habrá llorado?
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