La burra negra


Mi abuela era una adolescente cuando tuvo su primer hijo: mi padre. Era una mochera guapa, alta, de huesos fuertes, emprendedora y ese carácter que desarrollan las mujeres que desde muy jóvenes manejan negocios con hombres. Producto de su emprendimiento, había abierto un restaurante en Trujillo a inicios de 1920.


En el restaurante conoció y se enamoró perdidamente de un comensal: mi abuelo. Él tenía 26 y ella 18 cuando se conocieron, legalmente ella era menor de edad. Él era más bien bajo (le llegaba al hombro), fuerte y de expresión seria. Pero también mujeriego y peleador.

Su trabajo lo sacaba de Trujillo 4 o 5 días cada semana y el casarse no estaba en sus planes como comprobaría ella al quedar embarazada. 

Y a los cuatro meses de tener a su primer hijo, quedo embarazada del segundo. En ese momento fue la pedrada que cae en ojo tuerto, ¿cómo criaba a dos hijos y manejaba un restaurante sin el apoyo de él?. Y lloviendo sobre mojado se le rajaron los pezones y no podía dar de lactar al bebe.


Así que tomo la dura decisión de romper la relación y entregar su primogénito -enfermo en ese momento- a la mama de él, para que se encargara de cuidarlo, mientras ella embarazada se avocaba al restaurante.


La abuela y la tía solterona recibieron al crío y probaron los remedios caseros conocidos sin éxito. Él bebe no toleraba la leche de vaca, que ellas le compraban diariamente al lechero en cantaros de aluminio plomo  Y ellas eran demasiado mayores para proveer de leche materna al bebe. 


Consultaron a la vecina partera del barrio, y esta sin dudarlo receto -más que recomendó- darle leche de burra negra.

Esa noche cuando mi abuelo llego a casa no solo se encontró con que su relación se había acabado y que tenía bajo su responsabilidad al primogénito enfermo sino que además debía conseguir de inmediato una burra negra.

- "¿Comprar una burra negra?" pregunto incrédulo.
- "Si, una burra negra" y con ese tono que usan las mujeres cuando nos subrayan una orden "y recién parida para poder obtener leche"

- "¿Dónde voy a conseguir una burra negra recién parida?"
- "No sé. Pero él bebe necesita alimentarse"

Eran las 7 de la noche así que a esa hora no podía hacer mucho. Al día siguiente salió muy temprano de la casa rumbo a las chacras que rodeaban Trujillo.


Preguntando, en las chacras se enteró de la buena y casi desconocida reputación de esa leche como remedio contra la tuberculosis, algunos males estomacales y hasta ciertas afecciones nerviosas.


Al medio día ya estaba de regreso con una burra negra y su cría. La llevo al corral que tenían al final de la casa donde la ato a una estaca, y dedicó el resto del día a construir un cobertizo.

El remedio funciono.

A partir de ese día y todos los días la burra era ordeñada -mientras la cría esperaba- y directamente -sin hervir- la leche de la burra negra le era servida al pequeño de la casa, quien hasta los 2 años fue amamantado con esa leche.

Nunca se volvió a enfermar. 


Muchos años después, ya limitado mi abuelo por un accidente que le costó una pierna, se reía con mi papa y conmigo cuando recordaba esta anécdota y bromeaba a mi padre diciéndole que tenía un pollino de hermano y mi padre retrucaba conque eso podía ser cierto dado el carácter mujeriego del abuelo.


Hace unos días le dije que estoy empezando a creer que la burra negra tiene algo que ver con su negativa a usar el andador. Me miro, sonrío y dijo “Así es. ¿Porque insistes entonces?”. Me dejo sin palabras y solo me quedo reírme y agradecer en silencio su privilegiada lucidez.




  



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