UN RECUERDO DE PANDEMIA

Estábamos hablando con mi hijo vía Videoconferencia de Whatsapp. Él está estudiando fuera y hace un par de años que vino por última vez. Por supuesto lo extrañamos.

El dialogo transcurría normalmente.

En eso mi esposa pregunto. "¿Cuándo empiezan tus vacaciones?"
"Como siempre. Todo marzo estamos de vacaciones"
"¿Porque no te vienes?" le pregunto.

Tanto el como yo nos sorprendimos.

"No sé, no lo había pensado, pero puede ser"
"Ok. Entonces te vienes. ¿Tus vacaciones, duran un mes?"
"Si"
"Ok. Te vienes el mes entonces"

Nos miramos con mi hijo y nos sonreímos. Ya la conocemos.
Para todo fin práctico ya estaba decidido y no se hable más.

Seguimos hablando de otros temas.
Y finalizo la conversación.

Ya a solas y antes que le preguntara que había pasado, me adelanto con decisión: "Tenemos que pintar la casa"
"Espera le digo" "Pintar la casa estaba programado para setiembre u octubre."
"No" me dijo con firmeza.
"La pintamos en febrero. En cuatro fines de semanas lo acabamos. Yo me encargo de eso. Tu encárgate de todo lo demás"

Todo lo demás, en un fin de semana se entiende hacer el mercado, cocinar, lavar la ropa y otras tareas mas.
Suena más fácil de lo que es.

Pasaron los días y llegamos a mediados de enero.
No pudo esperar a que llegue febrero y empezó la revolución. 

Pintar la casa le tomo seis semanas.
Lo hizo ella, porque le gusta hacerlo ella misma, esta vez con la ayuda del menor de mis hijos.
La vi, lijar, empastar, echarle una mano de base, otra de pintura.

Todo esto con nosotros dentro de la casa.
Mi lema es “Mucho ayuda quien no estorba.”

Todo aquel que ha pintado una casa habitada entiende el tremendo desorden que causa en la vida diaria de sus ocupantes.

Aparecieron cosas que habíamos olvidado que teníamos y se eliminaron muchas cosas que demostraron sus inutilidad.

Si alguien pensó por un momento que solo era pintar, fue ingenuo, la revolución continuó.

Para mi habilitar su dormitorio, significaba armar su cama y ponerle el colchón y tender la cama. Listo.

Para ella significó desocupar completamente el cuarto, lo unico que quedo fueron los tomacorrientes, desaparecieron hasta los focos y nuevamente 
lijar, empastar, echarle una mano de base, otra de pintura. Luego desechar algunas cosas y agregar otras. 

Trapear, encerar, lustrar. Encerar muebles. Armar la cama. Colchón y sabanas nuevas. Nuevos pijamas. Nueva lámpara. Recordarlo me agota.

Mi hijo se ríe de la frenética actividad de su madre. "Ella es así. Hay que salir de su camino" sentencia.

Los últimos seis fines de semana hasta hoy han sido de actividad frenética. Me limité a no ponerme en su camino y esperar la llegada de mi hijo en pocos días.

POSTDATA

Llego el 3 de marzo y al octavo día de estar él acá se declaró la pandemia y el gobierno cerro las fronteras y nos confinó en nuestras casas.

Su agenda de visitas y reuniones se esfumo. Solo pudo ver a su abuelo personalmente.

Lo que iba a ser una visita de 30 días se convirtió en una de 171. Fueron 171 días de ser nuevamente papás a tiempo completo.

Su tiempo lo dividió básicamente entre su hermano, su chica y nosotros. Su mama preparaba sus comidas favoritas.

Volvieron los juegos de mesa y las maratones de películas. Vimos la saga completa de Juego de Tronos, todas las de Marvel que encontraron en el mercado, la saga de Jason Bourne mas algunos clásicos como El Padrino y algunas más recientes de James Bond. Los animes era territorio exclusivo de ellos.

Pero, nada es eterno. Casi intempestivamente nos dijo que se iba y a los pocos días salia en un vuelo humanitario de la embajada de Holanda por una gestión a la que estuvimos totalmente ajenos. Supimos entonces que su chica lo esperaría en Ámsterdam. Me sonó extraño cuando describiendo su itinerario nos dijo casi sin darse cuenta “…volver a mi casa”. 

Pero tenía razón, él estaba de visita.

Esos 171 días fue el único buen recuerdo que nos dejó esa época de pesadilla.

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