Balvin iba a cubrirnos al afirmar que irían juntas al cine. No mentía, irían juntas, pero solo ella entraría a ver la película. El resto del día durante el circuito estuve pensando en ello.
Llegue diez minutos antes de la hora y ellas fueron puntuales. Estaban un tanto nerviosas y yo además emocionado. Sin pensar mucho comente “En el desayuno casi me atoro con el jugo de naranja” Se miraron cómplices y sonrieron entre ellas. El ambiente gano confianza. Balvin entraría al cine a ver “El regreso de la pantera rosa”, y nos encontraríamos a la salida de la función. Eso nos daría aproximadamente un par de horas.
Apenas ella entro al cine, nos fuimos caminando sin rumbo fijo. Me pregunto “¿Dónde vamos?” y solo pude decirle “No sé.”. Fue natural pero mágico para mí que, pocos metros más allá, sin hablar nuestras manos se buscaran y unieran. Solo queríamos alejarnos y estar solos. Volteamos en la primera esquina a la que llegamos. Nos detuvimos y en la semi penumbra, giré hacia ella, nos miramos en silencio y sin prisa pude atraerla, abrazarla y besarla suavemente mientras ella se acurrucaba en mí pecho. Estuvimos abrazados un par de minutos sin soltar nuestras manos y sin hablar.
Era mi primer viaje a esa ciudad y sentí la magia de la noche cuzqueña, su cielo azul oscuro, sus silenciosas calles iluminadas por amarillentas luces que invitaban al romance. Ella tenía 17 y yo 22.
Luego de pasarle la mano por el hombro y ella de rodearme la cintura como si fuera algo natural, seguimos caminando un par de cuadras más, sentía la silenciosa alegría que nos envolvía al caminar en esas semi oscuras calles.
Encontramos una pequeña pizzería bar, cuyo único mérito era ser el más cercano al lugar donde estábamos. Distraído automáticamente pedí una cerveza para mí y una gaseosa para ella. Me di cuenta casi de inmediato que había cometido un error al pedir la cerveza, al llegar el pedido serví los vasos y los puse en la mesa. Sentí olor a mariguana, pero lo ignoré.
Conversamos, mirándonos. La religión fue el tema casi excluyente. Era mormona (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días) y aprendí que su fe se centraba en Cristo, que no eran católicos, ni protestantes y que su fe regulaba casi todos los aspectos de su vida, hasta el detalle de la forma de vestir: faldas bajo las rodillas, blusas de manga larga.
Me di cuenta que, si no le quitaba solemnidad a la conversación, la cita se iba a convertir en un seminario taller sobre la religión mormona. Mientras la escuchaba le di una rápida mirada al vaso de cerveza que había servido y que permanecía allí intacto.
Como esperaba, ella reacciono preguntándome si iba a tomar el vaso de cerveza que había servido y aproveche la oportunidad “¿Cual vaso de cerveza? ¿Este? No. No es mío. Además, me han dicho que trae mala suerte" le respondí mirándola y sonriendo. Fue la primera broma que le hice. Por un instante me miro sin comprender, luego sus ojos brillaron, unió los puntos y desate su primera sonrisa.
Luego de pasarle la mano por el hombro y ella de rodearme la cintura como si fuera algo natural, seguimos caminando un par de cuadras más, sentía la silenciosa alegría que nos envolvía al caminar en esas semi oscuras calles.
Encontramos una pequeña pizzería bar, cuyo único mérito era ser el más cercano al lugar donde estábamos. Distraído automáticamente pedí una cerveza para mí y una gaseosa para ella. Me di cuenta casi de inmediato que había cometido un error al pedir la cerveza, al llegar el pedido serví los vasos y los puse en la mesa. Sentí olor a mariguana, pero lo ignoré.
Conversamos, mirándonos. La religión fue el tema casi excluyente. Era mormona (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días) y aprendí que su fe se centraba en Cristo, que no eran católicos, ni protestantes y que su fe regulaba casi todos los aspectos de su vida, hasta el detalle de la forma de vestir: faldas bajo las rodillas, blusas de manga larga.
Me di cuenta que, si no le quitaba solemnidad a la conversación, la cita se iba a convertir en un seminario taller sobre la religión mormona. Mientras la escuchaba le di una rápida mirada al vaso de cerveza que había servido y que permanecía allí intacto.
Como esperaba, ella reacciono preguntándome si iba a tomar el vaso de cerveza que había servido y aproveche la oportunidad “¿Cual vaso de cerveza? ¿Este? No. No es mío. Además, me han dicho que trae mala suerte" le respondí mirándola y sonriendo. Fue la primera broma que le hice. Por un instante me miro sin comprender, luego sus ojos brillaron, unió los puntos y desate su primera sonrisa.
Me gustaba su risa. Se reía en silencio, no emitía sonido alguno. Para ella el sonreír y abrir la boca equivalía a una carcajada.
Mas adelante le hice una broma diciéndole que seguramente había aprendido a reír así para no interrumpir la misa. Otra vez su risa silenciosa.
Siguiendo con el tema religioso, las reglas que seguían ellos, me contaba, mientras yo la escuchaba en silencio y sin poder evitar pensar para mis adentros, incluía lo siguiente:
Mas adelante le hice una broma diciéndole que seguramente había aprendido a reír así para no interrumpir la misa. Otra vez su risa silenciosa.
Siguiendo con el tema religioso, las reglas que seguían ellos, me contaba, mientras yo la escuchaba en silencio y sin poder evitar pensar para mis adentros, incluía lo siguiente:
No consumir alcohol.
<< ¿Cebiche sin compañía de una cerveza? >>
No consumir café.
<< Yo lo tomaba en cantidades industriales.>>
Entregar a la iglesia el 10% de tus ingresos.
<< Luego de mi experiencia con los curas canadienses, con las justas les daría la mano.>>
Rezar antes de comer.
<< Pasa >>
Mantenerse vírgenes para el matrimonio.
<< Muy tarde para mí. >>
Nada de besos apasionados o toqueteos “indebidos”.
<< En mi diccionario solo existía el término “inoportuno”. >>
Adicionalmente debían cumplir cada cierto tiempo tareas que ella llamaba “Misiones”. Por ejemplo, su papa en ese momento estaba cumpliendo una misión, que consistía esa vez en la captación de nuevos miembros para su religión. Eso podía durar un año.
<< Paso >>
La escuche, sin reaccionar, pero me di cuenta que iba a ser difícil salvar los "obstáculos" para una relación que tenía minutos de vida.
Era clara la gran diferencia que había entre su iglesia y la que yo había conocido tan de cerca, así como la manera en que las familias de cada lado viven su fe.
“¿Qué piensas?”. Me dijo.
“Que me gusta mucho tu mirada”
Se rio y sonrojo fiel a su estilo.
“¿Qué piensas, de lo que te he dicho?”. Tenaz, reitero la pregunta.
“Nada. Verdad que no pienso en nada.”.
<< ¿Cebiche sin compañía de una cerveza? >>
No consumir café.
<< Yo lo tomaba en cantidades industriales.>>
Entregar a la iglesia el 10% de tus ingresos.
<< Luego de mi experiencia con los curas canadienses, con las justas les daría la mano.>>
Rezar antes de comer.
<< Pasa >>
Mantenerse vírgenes para el matrimonio.
<< Muy tarde para mí. >>
Nada de besos apasionados o toqueteos “indebidos”.
<< En mi diccionario solo existía el término “inoportuno”. >>
Adicionalmente debían cumplir cada cierto tiempo tareas que ella llamaba “Misiones”. Por ejemplo, su papa en ese momento estaba cumpliendo una misión, que consistía esa vez en la captación de nuevos miembros para su religión. Eso podía durar un año.
<< Paso >>
La escuche, sin reaccionar, pero me di cuenta que iba a ser difícil salvar los "obstáculos" para una relación que tenía minutos de vida.
Era clara la gran diferencia que había entre su iglesia y la que yo había conocido tan de cerca, así como la manera en que las familias de cada lado viven su fe.
“¿Qué piensas?”. Me dijo.
“Que me gusta mucho tu mirada”
Se rio y sonrojo fiel a su estilo.
“¿Qué piensas, de lo que te he dicho?”. Tenaz, reitero la pregunta.
“Nada. Verdad que no pienso en nada.”.
Al ver que me seguia mirando, solo añadi: "Todo es nuevo para mi"
“¿Vas a misa?”
“No”
“¿Hace cuánto que no vas?”
“¿Sor Zarina, ya me está usted confesando? ¿En la primera cita?”
Otra risa silenciosa.
“Dos años creo. En cualquier caso, no creo necesitar intermediarios”
No había tiempo para contarle la decepción que resulto ser mi experiencia religiosa. Teníamos poco tiempo y prefería caminar con ella, conversar, besarla antes que contarle mis decepciones parroquiales.
“¿Porque van a misa de tu iglesia a las 9 de la mañana y regresan a las 6 de la tarde? ¿Son tan largas sus misas?”. Le pregunte curioso.
“Nos quedamos a hacer algunas tareas que nos dejan” contesto.
“Aja”.
Le dejé claro algo que creo hasta hoy, que respetaba mucho a los que podían entregar un día a la semana o el resto de su vida a su fe.
Así conversando, el tiempo paso volando. Era bastante sensata, pero la sentía algo temerosa de confiar en alguien fuera de su feligresía.
De repente, nos dimos cuenta que se había pasado la hora acordada para regresar, alarmada me miro y se ruborizo. Salimos del local caminando rápido, casi corriendo. Es peligroso correr en las calles empedradas e inclinadas del Cuzco, más aún de noche.
Felizmente no nos habíamos alejado mucho. Al llegar a la puerta del cine, no vimos a Balvin. ¿Dónde estaba?
“¿Vas a misa?”
“No”
“¿Hace cuánto que no vas?”
“¿Sor Zarina, ya me está usted confesando? ¿En la primera cita?”
Otra risa silenciosa.
“Dos años creo. En cualquier caso, no creo necesitar intermediarios”
No había tiempo para contarle la decepción que resulto ser mi experiencia religiosa. Teníamos poco tiempo y prefería caminar con ella, conversar, besarla antes que contarle mis decepciones parroquiales.
“¿Porque van a misa de tu iglesia a las 9 de la mañana y regresan a las 6 de la tarde? ¿Son tan largas sus misas?”. Le pregunte curioso.
“Nos quedamos a hacer algunas tareas que nos dejan” contesto.
“Aja”.
Le dejé claro algo que creo hasta hoy, que respetaba mucho a los que podían entregar un día a la semana o el resto de su vida a su fe.
Así conversando, el tiempo paso volando. Era bastante sensata, pero la sentía algo temerosa de confiar en alguien fuera de su feligresía.
De repente, nos dimos cuenta que se había pasado la hora acordada para regresar, alarmada me miro y se ruborizo. Salimos del local caminando rápido, casi corriendo. Es peligroso correr en las calles empedradas e inclinadas del Cuzco, más aún de noche.
Felizmente no nos habíamos alejado mucho. Al llegar a la puerta del cine, no vimos a Balvin. ¿Dónde estaba?
No creo que se haya ido.
¿Cómo hacemos para retornar al hotel? No podía permitirle regresar sola. Podía acompañarla y decir que nos encontramos en el camino, pero en ese caso ¿cómo explicábamos la ausencia de su amiga?
Ella estaba asustada, imaginó que algo le había pasado a su amiga.
Sabíamos que la Sra. Elena, junto con María estarían sentadas en el lobby del hotel con su lista para verificar que todos lleguen. Y no solo eso, sino que no faltaban chicos y chicas que se sentaban alrededor de ella a comentar sus aventuras de esa noche.
No sabíamos bien que íbamos a hacer.
Hablábamos los dos casi a la vez, mezclando una encima de la otra todas las complicaciones que pasaban por nuestras cabezas, cuando de repente vimos a Balvin cruzar la calle. El alivio lo sentimos en todo el cuerpo.
Había estado en una bodega cercana vigilando la puerta del cine y esperando que llegáramos. Fueron los 20 minutos más largos de su vida. Nos disculpamos, pero ella casi sin escuchar, conto que saliendo del cine se encontró con un grupo de compañeros quienes le preguntaron que hacia sola en la puerta del cine. Ella solo atinó a decirles que estaba esperando a que Zarina saliera del baño.
Felizmente a nadie se le ocurrió esperarlas, todos querían volver temprano.
Antes de separarnos le digo a Balvin que en el camino le cuente la película y las escenas que le parecieron más graciosas. Le robe un beso de despedida mientras Balvin oportunamente miraba hacia otro lado. Nos miramos sonriendo.
Para hacer un poco de tiempo, di una hermosa y solitaria caminata, estaba flechado.
Regresé al hotel, llegando cinco minutos después del plazo establecido. Entre silbidos y pedidos de sancion me recibieron los que estaban en el lobby bromeando por ser el último. Me pare un instante solo para decirles en buen ánimo que esas reglas eran para los alumnos y que solo había regresado a sacar una chalina. Pase de frente a mi cuarto. Mi maravillosa noche había terminado.
¿Cómo hacemos para retornar al hotel? No podía permitirle regresar sola. Podía acompañarla y decir que nos encontramos en el camino, pero en ese caso ¿cómo explicábamos la ausencia de su amiga?
Ella estaba asustada, imaginó que algo le había pasado a su amiga.
Sabíamos que la Sra. Elena, junto con María estarían sentadas en el lobby del hotel con su lista para verificar que todos lleguen. Y no solo eso, sino que no faltaban chicos y chicas que se sentaban alrededor de ella a comentar sus aventuras de esa noche.
No sabíamos bien que íbamos a hacer.
Hablábamos los dos casi a la vez, mezclando una encima de la otra todas las complicaciones que pasaban por nuestras cabezas, cuando de repente vimos a Balvin cruzar la calle. El alivio lo sentimos en todo el cuerpo.
Había estado en una bodega cercana vigilando la puerta del cine y esperando que llegáramos. Fueron los 20 minutos más largos de su vida. Nos disculpamos, pero ella casi sin escuchar, conto que saliendo del cine se encontró con un grupo de compañeros quienes le preguntaron que hacia sola en la puerta del cine. Ella solo atinó a decirles que estaba esperando a que Zarina saliera del baño.
Felizmente a nadie se le ocurrió esperarlas, todos querían volver temprano.
Antes de separarnos le digo a Balvin que en el camino le cuente la película y las escenas que le parecieron más graciosas. Le robe un beso de despedida mientras Balvin oportunamente miraba hacia otro lado. Nos miramos sonriendo.
Para hacer un poco de tiempo, di una hermosa y solitaria caminata, estaba flechado.
Regresé al hotel, llegando cinco minutos después del plazo establecido. Entre silbidos y pedidos de sancion me recibieron los que estaban en el lobby bromeando por ser el último. Me pare un instante solo para decirles en buen ánimo que esas reglas eran para los alumnos y que solo había regresado a sacar una chalina. Pase de frente a mi cuarto. Mi maravillosa noche había terminado.
Tuvimos dos citas más en el Cuzco que reforzaron la atracción que sentíamos el uno por el otro. Estaba tan eufórico que el día que visitamos Machu Picchu y el guía propuso subir al Huayna Pichu, sin pensarlo dije que si y lo hicimos. Dos años despues cuando escuche la misma invitación, mire el reto y decline educadamente.
Y en Lima si bien nos cruzábamos todos los días, acordamos encontrarnos solo los sábados durante una hora u hora y media. Eran sus reglas y yo las respete.
Pero no es cierto que lo que pasa en el Cuzco, se queda en el Cuzco. Eso es trampa para incautos o una mentira autocomplaciente.
Un mes después de volver a Lima, un día lunes me encontré con que se había armado todo un alboroto el domingo en la noche en el dormitorio de Cóndor. Este había llegado borracho y comenzó a maldecir, llorar y amenazar con golpear a alguien.
Aunque sabia la respuesta pregunte “¿Que le ha pasado? “ a Palomo, otro compañero del trabajo
“Estaba triste porque Zarina lo había rechazado antes del viaje y se ha puesto peor ahora que se ha enterado que ella tiene enamorado”
“¿Y cómo sabes tú todo esto?”
“En tercer año tengo al hermano menor de Rivas. El me lo ha contado.”
“¿Y sabe Cóndor quién es el enamorado?”
“Parece que sí. Pero no quiere decir nada”
“¿Y quiere hacerle la bronca?”
“No sé. De repente. Pero lo conozco, es la borrachera. Luego estará arrepentido”
Durante la mañana la vida continuaba igual, este era un lio que involucraba a muy pocos y el ambiente de fin de año distraía a todos.
Ese mismo lunes a la hora del almuerzo me llego un mensaje a través de una de sus amigas, “A las 5 en la librería”. Me llamó la atención. No era una cita, quería decirme algo.
Poco antes de las 5 entré a la librería que estaba a unos 50 metros del internado de mujeres y me fui al fondo del local, desde donde podía dominar la puerta de ingreso.
Unos minutos después de las 5, llego ella junto con Balvin y mientras su amiga compraba algo en la librería y hacía tiempo, luego de un rápido beso y un abrazo que decía te extraño nos pusimos a conversar.
“¿Nos vemos el sábado?”. Primero lo primero.
“Si” Y luego la razón del encuentro “¿Cóndor te ha dicho algo?”
“No. ¿Por qué?”. La vi aliviada al escuchar esto.
“Me llamo por teléfono el domingo en la noche, estaba medio borracho y me quería reclamar por una supuesta traición. Le dije que las cosas entre él y yo siempre estuvieron claras, que quería seguir siendo su amiga, que lo quería como un hermano y que no quería líos.”
Y añadió: “No menciono tu nombre”
Solo pude decirle que lamentaba el mal rato, pero que si el pretendia hablar conmigo solo iba a responderle que yo no tenia nada que hablar con el sobre ella.
Ella afirmo que el problema era de él y no nuestro. Me gusto que dijera nuestro. No pude menos que pensar que estuvo brillante al manejar la situación. Nos despedimos.
Era ya la primera quincena de diciembre, se acercaba el fin del año escolar y yo había estado pensando como continuaría lo nuestro y este incidente a pesar de ser previsible me había tomado por sorpresa.
Y efectivamente en los días siguientes, tal como vaticino Palomo, Cóndor estaba entre avergonzado, triste y furioso. No me miraba, no me saludaba y se alejaba cuando me acercaba a conversar con algún grupo donde él estaba. Rivas también cambio su actitud hacia mí, haciéndose mas fría en claro apoyo a su amigo. La verdad no me puse muy triste por ello.
Ese sábado la vi venir con ese caminar con las puntas de los zapatos ligeramente hacia afuera detalle que me llamo la atención desde la primera vez que me percate de ello.
Nos encontramos, pero esta vez había algo diferente entre nosotros, algo que el ambiente de hermosa esperanza que suele haber en diciembre no podía ocultar. Podía ser nuestra última vez y el solo pensarlo dolía.
Caminamos abrazados en silencio. Ninguno de los dos se atrevió a preguntar qué pasaría luego, porque ya lo habíamos hablado. Conociamos la respuesta. El único camino que ella aceptaría era la adopción de la fe por mi parte y ambos sabíamos que eso no me era fácil. Durante esa silenciosa caminata la sentí muy cerca mío.
Nos despedimos con un largo abrazo y un suave y tierno beso. “Te voy a extrañar”. “Yo también”. No hubo promesas. No queríamos aceptar que podía ser nuestra última cita.
Días después de este encuentro, entre Navidad y Año Nuevo y obedeciendo un impulso que se había venido acumulando en mi interior tome un colectivo hacia La Oroya.
Todo el camino solo pensaba en volver a verla. Llegando a la ciudad busque la dirección y de pronto cuando estaba a unos 30 metros de su casa algo me detuvo.
Tocaría la puerta y luego ¿qué diría? Señor, señora, acá estoy. Mis intenciones son serias. Voy a esperarla cuatro años hasta su mayoría de edad. Me mudare a vivir aquí a la ciudad. Me convertiré en mormón, me bautizare, adoptare sus ritos, abandonare mis costumbres, cumpliré misiones y captare nuevos adeptos por el resto de mi vida.
El cambio iba a ser total. Era romper con todo, quemar todos los puentes. Ni yo mismo me reconocería. ¿Ella lo valía? Sin duda alguna. Mi yo emocional decía claramente que sí. Pero, ¿que decía mi lado racional.? ¿Y si sus viejos no estaban de acuerdo?Que había sido un romance con 48 horas de vida. Finalmente concluí que nos faltó tiempo para enamorarnos, que me faltó tiempo para conocer su mundo y tal vez también valor.
Nunca pensamos en una salida diferente, transicional, era todo o nada.
Un rato después, casi como un autómata di media vuelta y con una mezcla de culpa y tristeza regresé a Lima. Lloré en el camino, sentia que habia conocido el paraiso y dejado caer la llave. Pero creí tambien que era mejor dejarlo así. Me intente consolar diciendo que solo fue un amor de verano, del mejor verano, el del Cuzco.
Un mes después de volver a Lima, un día lunes me encontré con que se había armado todo un alboroto el domingo en la noche en el dormitorio de Cóndor. Este había llegado borracho y comenzó a maldecir, llorar y amenazar con golpear a alguien.
Aunque sabia la respuesta pregunte “¿Que le ha pasado? “ a Palomo, otro compañero del trabajo
“Estaba triste porque Zarina lo había rechazado antes del viaje y se ha puesto peor ahora que se ha enterado que ella tiene enamorado”
“¿Y cómo sabes tú todo esto?”
“En tercer año tengo al hermano menor de Rivas. El me lo ha contado.”
“¿Y sabe Cóndor quién es el enamorado?”
“Parece que sí. Pero no quiere decir nada”
“¿Y quiere hacerle la bronca?”
“No sé. De repente. Pero lo conozco, es la borrachera. Luego estará arrepentido”
Durante la mañana la vida continuaba igual, este era un lio que involucraba a muy pocos y el ambiente de fin de año distraía a todos.
Ese mismo lunes a la hora del almuerzo me llego un mensaje a través de una de sus amigas, “A las 5 en la librería”. Me llamó la atención. No era una cita, quería decirme algo.
Poco antes de las 5 entré a la librería que estaba a unos 50 metros del internado de mujeres y me fui al fondo del local, desde donde podía dominar la puerta de ingreso.
Unos minutos después de las 5, llego ella junto con Balvin y mientras su amiga compraba algo en la librería y hacía tiempo, luego de un rápido beso y un abrazo que decía te extraño nos pusimos a conversar.
“¿Nos vemos el sábado?”. Primero lo primero.
“Si” Y luego la razón del encuentro “¿Cóndor te ha dicho algo?”
“No. ¿Por qué?”. La vi aliviada al escuchar esto.
“Me llamo por teléfono el domingo en la noche, estaba medio borracho y me quería reclamar por una supuesta traición. Le dije que las cosas entre él y yo siempre estuvieron claras, que quería seguir siendo su amiga, que lo quería como un hermano y que no quería líos.”
Y añadió: “No menciono tu nombre”
Solo pude decirle que lamentaba el mal rato, pero que si el pretendia hablar conmigo solo iba a responderle que yo no tenia nada que hablar con el sobre ella.
Ella afirmo que el problema era de él y no nuestro. Me gusto que dijera nuestro. No pude menos que pensar que estuvo brillante al manejar la situación. Nos despedimos.
Era ya la primera quincena de diciembre, se acercaba el fin del año escolar y yo había estado pensando como continuaría lo nuestro y este incidente a pesar de ser previsible me había tomado por sorpresa.
Y efectivamente en los días siguientes, tal como vaticino Palomo, Cóndor estaba entre avergonzado, triste y furioso. No me miraba, no me saludaba y se alejaba cuando me acercaba a conversar con algún grupo donde él estaba. Rivas también cambio su actitud hacia mí, haciéndose mas fría en claro apoyo a su amigo. La verdad no me puse muy triste por ello.
Ese sábado la vi venir con ese caminar con las puntas de los zapatos ligeramente hacia afuera detalle que me llamo la atención desde la primera vez que me percate de ello.
Nos encontramos, pero esta vez había algo diferente entre nosotros, algo que el ambiente de hermosa esperanza que suele haber en diciembre no podía ocultar. Podía ser nuestra última vez y el solo pensarlo dolía.
Caminamos abrazados en silencio. Ninguno de los dos se atrevió a preguntar qué pasaría luego, porque ya lo habíamos hablado. Conociamos la respuesta. El único camino que ella aceptaría era la adopción de la fe por mi parte y ambos sabíamos que eso no me era fácil. Durante esa silenciosa caminata la sentí muy cerca mío.
Nos despedimos con un largo abrazo y un suave y tierno beso. “Te voy a extrañar”. “Yo también”. No hubo promesas. No queríamos aceptar que podía ser nuestra última cita.
Días después de este encuentro, entre Navidad y Año Nuevo y obedeciendo un impulso que se había venido acumulando en mi interior tome un colectivo hacia La Oroya.
Todo el camino solo pensaba en volver a verla. Llegando a la ciudad busque la dirección y de pronto cuando estaba a unos 30 metros de su casa algo me detuvo.
Tocaría la puerta y luego ¿qué diría? Señor, señora, acá estoy. Mis intenciones son serias. Voy a esperarla cuatro años hasta su mayoría de edad. Me mudare a vivir aquí a la ciudad. Me convertiré en mormón, me bautizare, adoptare sus ritos, abandonare mis costumbres, cumpliré misiones y captare nuevos adeptos por el resto de mi vida.
El cambio iba a ser total. Era romper con todo, quemar todos los puentes. Ni yo mismo me reconocería. ¿Ella lo valía? Sin duda alguna. Mi yo emocional decía claramente que sí. Pero, ¿que decía mi lado racional.? ¿Y si sus viejos no estaban de acuerdo?Que había sido un romance con 48 horas de vida. Finalmente concluí que nos faltó tiempo para enamorarnos, que me faltó tiempo para conocer su mundo y tal vez también valor.
Nunca pensamos en una salida diferente, transicional, era todo o nada.
Un rato después, casi como un autómata di media vuelta y con una mezcla de culpa y tristeza regresé a Lima. Lloré en el camino, sentia que habia conocido el paraiso y dejado caer la llave. Pero creí tambien que era mejor dejarlo así. Me intente consolar diciendo que solo fue un amor de verano, del mejor verano, el del Cuzco.



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