La primera vez que visite a don Perico, fue porque uno de mis
zapatos (unos Teddy negros) se había descosido.
Lo miró, y mientras se dirigía hacia
la máquina de coser me pregunto “Tu eres hijo de la señora Ana, no?”
Sorprendido le dije “Si”. Eres igualito a Sivori. Quien es Sivori. Un jugador,
Ahh. Trrrrrr. Trrrrr. Corto los hilos sobrantes. Listo. Super eficiente. Cuanto le debo. Nada. Llévalo
no más.
Ese minuto de servicio me salvo de una buena regañada, recién
empezaba el Colegio, era quinto de Primaria o primero de Secundaria.
Después de eso, en vacaciones escolares empecé a
frecuentarlo. Llegaba y saludaba “Buenas tardes don Perico”, “Hola Sivori”, me
contestaba. “Siéntate.”. Me sentaba frente a él en una banca bajita a verlo
trabajar. Si había alguien en la banca siendo atendido, me paraba al costado
esperando que el cliente se fuera.
Su tienda taller-dormitorio era una sola pieza de unos 4 por 4
metros “puerta a la calle” con una división para aislar su dormitorio.
Luego de saludarnos no se hablaba más. Él trabajaba, yo lo
miraba hacer. A veces hacia dos y hasta tres trabajos a la vez. Era un multitarea
antes de crearse la propia palabra.
Entre los dos había una mesa de trabajo baja y fuerte llena
de todo tipo de cosas para su oficio: chinches, clavitos de varios tamaños y
diámetros, navajas, martillos, alicates, sacabocados, hormas, una prensa de mesa, tintes, etc. El usaba un delantal de
drill grueso trajinado por el uso y para trabajar se colocaba una madera pesada
en la falda. A su lado izquierdo y al alcance de la mano tenía un diablo.
Tenía una máquina de coser negra Singer detrás suyo, más
grande y recia que las que yo había visto siempre en las casas, incluida la mía.
En la esquina izquierda había una ruma de zapatos arreglados cuyos
dueños jamás volvieron por ellos. Había de todo: zapatos, botas, sandalias,
mocasines. De hombre, mujer, niño. Negros, marrones, guindas, blancos. Una
mezcolanza.
Me gustaba ver la destreza de su rutina. Como agarraba un
zapato, lo miraba por todo lado y luego leía el apunte que había hecho en el
interior del mismo. Allí anotaba de quien era el zapato o los zapatos, la fecha
de entrega, que servicio había que hacerle, cuanto cobraría por el servicio y
si había recibido un adelanto. Todo eso estaba allí y lo leía en voz baja. cuando
quise comprobar, vi que eran solo iniciales excepto el nombre del cliente Media
suela (ms), media suela y taco (mst), suela corrida, (sc) etc. Era un sistema suficiente
para él.
Luego ponía manos a la obra. Desclavaba, descosía, desarmaba
y despegaba. Y luego nuevamente clavaba, cosía, armaba y pegaba.
Cortaba la suela de un rollo de suela que tenía cerca de él,
como de un metro de ancho y dos de largo. Remojaba el cuero y luego media,
marcaba, cortaba, rebajaba los bordes, clavaba (siempre se ponía los clavos en
la boca), por cada clavito dos golpes sin equivocarse nunca, recortaba, lima
gruesa, lima fina, tinte, escobilla, listo.
En raras ocasiones reparaba zapatos cosidos. Era salir de la
rutina. Desarmar un zapato cosido no era simple, siempre dudaba si el lograría volverlo
a armar ya que había muchas maniobras que nunca llegue a entender del todo.
Pero luego de maniobras inexplicables para mi, de las que solo recuerdo que
hacia orificios con una lezna, preparaba el pabilo, lo enceraba, cosía en forma
de trenza y ajustaba fuertemente cada vuelta de hilo, y veía como lentamente el
zapato empezaba a aparecer con la forma exacta que tenía al inicio, era casi mágico.
Pero esto no era todos los días.
Generalmente, luego de un buen rato, me aburría y solo le decía:
“Me voy”. “Está bien” me contestaba sin dejar de trabajar.
Esta rutina de mis visitas solo se rompía cuando recibía la
visita de su amiga, una señora guapa de mediana edad que vivía cerca de allí,
madre con hijas adolescentes. Ella trabajaba en provincias y cuando regresaba a
Lima lo visitaba. Cuando entraba le decía “Hola Perico”. “Hola” contestaba él.
Le cambiaba el semblante. El me miraba. Yo sabía que debía irme.
Solo la primera vez me tuvo que decir “Sivori, tengo que arreglar un asunto con la señora. ¿Puedes regresar más tarde?”
Solo la primera vez me tuvo que decir “Sivori, tengo que arreglar un asunto con la señora. ¿Puedes regresar más tarde?”
Por supuesto yo me retire y no regrese, sobre todo porque escuche la puerta cerrarse casi detrás
mío. Eran asuntos de
personas mayores y nunca me interesó saber.
Solo unos años después cuando ya
era un adolescente, y había dejado de visitarlo de repente un día me percate cual era el asunto que debían
arreglar. Y la verdad solo vi dos almas solitarias y marginales que habían decidido,
sin compromiso alguno, compartir algo de su tiempo y su calor.
Unos pocos años después, su amiga enfermó y la familia entera
migro para buscar un mejor futuro para las 4 mujeres. No supe como lo afecto esto.
Lo que nunca deje de hacer, aunque ya no lo visitaba, era detenerme
al pasar y saludarlo. Ya no me decía Sivori, solo me contestaba haciendo una
venía detrás de unos lentes que aparecieron un día en su cara, mientras seguía trabajando,

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