VICTORIA


VICTORIA.
Ella fue siempre una dirigente estudiantil, en el Colegio primero y en la Universidad de Buenos Aires después. Aquí es donde se unió a los trotskistas de la Juventud Socialista y adopto el nombre de Victoria.

Tal adopción estaba absolutamente justificada. 

Eran tiempos de dictadura militar en Argentina, dictadura de las que secuestraban y desaparecían opositores, incluidos los abogados defensores de derechos humanos, sin formalidades democráticas, ni vergüenza o sentimiento de culpa alguno.

La vi por primera vez en un Plenario político, en uno de cuyos puntos se informó sobre la situación en Argentina. Allí muchos nos quedamos impresionados por la difícil situación del PST (Partido Socialista de los Trabajadores) argentino que sufría –igual que todos los opositores a la dictadura- una fuerte represión. Declarados ilegales tuvieron que pasar a la clandestinidad, con locales dinamitados, militantes presos y exiliados, acumulaba hasta ese momento 25 muertos y cerca de 40 desaparecidos.

Más tarde me entere por Manuel, un amigo cuzqueño que había estudiado en la misma Universidad el detalle de su historia.

Ella y su compañero repartían unos volantes en un Banco, En este volante llamaban a defender los derechos de los trabajadores que estaban siendo amenazados por el gobierno y el sindicato manejado por la burocracia peronista no hacía nada al respecto.

Saliendo del banco, fueron detenidos. Ella estuvo detenida una semana, lapso en el cual la torturaron. Debido a la presión de los medios y la campaña que se organizó, fue dejada en libertad. Sin embargo, su compañero siguió detenido. Y unos días después fue encontrado asesinado y con signos de tortura.

Por eso, a un grupo de militantes, entre los cuales estaba ella, los dirigentes les había pedido que salgan del país dado el peligro que corrían sus vidas. Así habían llegado al Perú integrándose al PST de aquí. 

Ella era periodista, escribía esporádicamente, pero se había especializado en la diagramación de diarios y en eso trabajaba aquí.

Era una organizadora, más que propagandista o agitadora, por eso hacia equipo con Nora quien era una gran propagandista, impecable a la hora de explicar posiciones políticas y polemizar.

Pocos días después del Plenario, coincidimos en una mesa para almorzar y me gusto su forma de ser, su frontalidad, su mesurada coprolalia y su sentido del humor. Allí recién creí ser visible para ella.

Victoria era singular. No era bonita sino guapa. Su carácter era su atractivo. Hablaba simple, fuerte y claro, y tenía ese don de algunas mujeres que usan lisuras en su lenguaje sin que se sienta grosero, se reía agitando mucho los hombros y reaccionaba rápido ante comentarios o actitudes que trasluciera machismo. Era “fachosa”, de las que, si se ponía un saco de papas, igual se le vería bien. Sin embargo, se vestía con sobriedad y a veces media hippie. 

Obviamente varios de mis compañeros le habían echado el ojo. Y yo también.

Conversábamos siempre en grupo y un par de veces tomamos café solos, pero la conversación no abordaba temas personales. Me parecía percibir química entre nosotros, pero a continuación había gestos que me hacían dudar de mis posibilidades de éxito. 

Así estuve como dos semanas. Siempre he sido, no muy valiente para lanzarme a la piscina.

De repente un día estaba en un grupo conversando cuando veo que ella se acerca directamente hacia mí. Supe lo que siente un antílope cuando un leon se le viene encima. Cuando llego hasta el grupo todos se callaron – el silencio se podía cortar- mientras ella ignorándolos me dijo “Hola César. ¿Tienes algo que hacer el sábado?” Y sin pausa “¿Vamos al cine?”  sorprendido solo pude decir Ok y antes que yo me repusiera de tan violento abordaje sentencio con  “A las 7 entonces.”  Otra vez solo dije Ok.

Me sonrió, miro a los demás – que estaban mudos y uno parecía estar buscando algo en el techo- como si recién los viera dijo hola y se dio media vuelta. 

Sorprendido y un poco sonrojado, solo atine a mirar a mis amigos quienes sonreían cómplices. Uno de ellos dijo “Estas frito”. Todos asintieron con la cabeza. Sentí en ellos una sana envidia. Seguimos con el tema de la conversación, pero mi cabeza ya estaba en otra parte.

La recogí a las 7, fuimos al cine. 
Hablamos.

Luego paso lo que suele suceder en estos casos. Y si bien esa noche no me frieron, digamos que si estuve en baño maría.

Bueno, me tengo que ir, dije mientras hacia el ademan de pararme
Pero si mañana es domingo¡!!
¿Sino? Respondí como si recién me percatara de ello. Me quede quieto.
¿Qué tienes que hacer? Me miraba directo. No había hacia donde correr.
Estaba entre asustado y emocionado ante la perspectiva.
Haciendo la historia corta, esa noche me quede.

En la mañana mientras tomábamos café, el dialogo tal como lo recuerdo.

Me parecías sobrado.
Bueno no es la primera vez que me lo dicen. Tu más bien me parecías un poco petulante.

Argentino que no parece petulante, y sabelotodo no es argentino me dijo, mientras se reía.
No tengo nada que agregar, le dije.

Porque no me invitabas a salir, tuve que invitarte yo.
¿Te das cuenta que ese comentario es machista? La verdad es que me daba miedo que no aceptaras.

Tú me interesaste desde el primer día.
No parecía. Tú también me interesabas.

Me di cuenta.
¿Como?

No te lo voy a decir. Los hombres se creen muy astutos y suponen que nosotras somos giles. Ustedes son fáciles de leer. 

Después de ese comentario me sentí como un insecto que estaba siendo diseccionado y examinado por un biólogo. No quise continuar la conversación por allí ya que todos los escenarios eran desfavorables para mí.

Cambie de tema, pero fue torpe, ya que se rió del cambio, pero lo acepto y la conversación siguió.

Ella vivía en Chorrillos y era todo un viaje acompañarla a su casa y luego regresar a la mía, si bien había incentivos para hacerlo, igual el viaje era pesado.

Pasaron los días. Todo era lo normal.

Pocas semanas después me dijo, me mudo. Si, ¿Por qué? Nora se va a mudar con Roque y no puedo pagar la renta yo sola. Además, está muy lejos de mi chamba.
Dicho esto, guardo silencio y me quedo mirando.
A buen entendedor pocas palabras.

Nos tomó todo el fin de semana ejecutar la mudanza. Y como pueden adivinar nos mudamos juntos. Era en el centro histórico del Callao.  En el jirón Constitución tercer piso, a una cuadra de la Plaza Emilio San Martín. Era / es un edificio antiguo y bonito de piedra y mármol, con un corredor central.


Recuerdo que, casi a la mitad del corredor que atraviesa el edificio, al lado izquierdo había un teletipo detrás de un ventanal que todo el día recibía e imprimía noticias de las agencias internacionales. Era el internet de la época.

En la noche que llegábamos me gustaba leer la tira de papel que iba mostrando un sinfín de noticias de todas partes del mundo.

El departamento era un solo cuarto grande de unos 7x7 metros con techo muy alto, dos grandes ventanas, piso y puerta de madera.

Al principio todo estaba bien. Hablábamos bastante y nos reíamos como dos adolescentes despreocupados.  
Descubrí las huellas del maltrato sufrido y me contó como había sido esa experiencia. Una cosa es que uno lo lea y se imagine el miedo, la desesperación y el dolor. Otra cosa es escuchar la historia con las cicatrices a la vista en una conversación personal e íntima.

Me sorprendió cuando me dijo que quería afeitarme. Ella fue la primera chica que lo hizo. Le gustaba hacerlo y a mí también que lo hiciera. Sentado en un banco bajito, esperaba mientras ella preparaba todo y luego se arrodillaba delante mío y me afeitaba. Usaba brocha, un pocillo con jabón y una navaja. Naturalmente la primera vez yo, estaba alerta. Nunca nadie me había afeitado, menos una chica, pero lo hacía bastante bien. Me contó que lo había aprendido mirando a su viejo, quien al ver que su última hija mostraba curiosidad le enseño como agarrar la navaja, preparar la toalla caliente, las direcciones del rasurado y como se toma la cara para girarla en el ángulo requerido.

En las noches nos gustaba caminar entre la neblina propia del puerto (si llovía mejor aún) y llegar a la Plaza que estaba a dos cuadras, para dar vueltas allí, conversando.

Sin embargo, poco a poco la relación se fue deteriorando. Cada día hablábamos poco y nos reíamos menos. Hasta que un día apareció el “Tenemos que hablar”. Esta frase archiconocida es el santo y seña de las conversaciones que terminan con la ruptura de una relación.

Y esta vez no fue la excepción. El amor no es eterno. Si quieres que dure aliméntalo, porque cuando muere, muere.

Hace un par de veranos pase por el viejo edificio y me pareció menos encantador y misterioso que la imagen que yo tenía de él.

Cada día me convenzo más que los recuerdos son para contarlos, jamás para revivirlos.

PD. En Google maps puede verse el viejo edificio.

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