Hace tiempo que el murió. Esa frase me dejo mudo. Me choco. Era una reunión de amigos de la Universidad y como siempre en esas reuniones se habla de los compañeros que no están, las anécdotas y de los profesores que más recordamos. Nunca antes había asociado la muerte con él y recordé.
Era mi época universitaria. Hacía poco acababan de inaugurar en la UNI el pabellón J-3; Pabellón recién inaugurado de dos pisos, 4 aulas por piso en escalera para 150 alumnos cada una. Yo era parte de la multitud que los lunes, miércoles y viernes de 8 a 10 de la noche esperábamos la clase de Matemáticas III del Ing. Martínez. El “loco” Martínez.
El Ing. Martínez tenía más facha de cantante de rock que de un “Civil”: flaco, pelo largo, bien vestido, chispeante. Su buen humor lo hacía lidiar victoriosamente con los alumnos.
El aula se llenaba desde las cuatro de la tarde, muchos saliendo del almorzar – el comedor estaba situado cien metros más allá – estudiaban, conversaban o hacían siesta en el aula mientras esperaban la clase. A las 6 el aula estaba llena. Llena es un eufemismo: había alumnos apretujados por todas partes: se sentaban doce alumnos en las fila central de ocho carpetas y cinco en las laterales de cuatro, había alumnos sentados en las gradas, las ventanas y carpetas colocadas entre la primera fila de carpetas y la pizarra, había alumnos parados entre la puerta y la pizarra y fuera del aula también todos listos para escuchar la clase y tomar notas.
Ya no programaban clases en ese salón desde las 4 de la tarde porque los profesores que dictaba clases a las 4 y a las 6 entraban y dictaban clases a alumnos que no eran los suyos y tampoco sabían quiénes eran sus alumnos y quienes no.
Sus clases nunca empezaban a las 8 y nunca terminaban a las 10. Siempre salíamos cerca a las 11. Al final de la clase algunos lo seguían hasta su auto haciéndoles preguntas o consultas las que el siempre absolvía con paciencia.
Siempre llegaba tarde –evidentemente de trabajar- y con la mota en la mano. Para que el pudiera entrar, los alumnos debían salir del aula.
Siempre también una alegre silbatina lo recibía, a lo que siempre contestaba con una nueva y aguda broma o comentario que desataba el jolgorio antes de entrar al tema del día. Tema que nunca sabía cuál era. Por ello, siempre iniciaba dirigiéndose al alumno delante suyo “¿Qué fue lo último que hicimos?” mientras se sacaba el saco y aparecía su caja de tizas “de ingeniero”. Si no había concluido el tema anterior lo repasaba con una par de ejemplos. Y empezaba el tema del día encerrado en el pequeño corredor que tenía delante de la pizarra.
A partir de ese momento había un silencio sepulcral donde solo se escuchaba su voz y el sonido de la tiza. Si, se escuchaba el sonido de la tiza en la pizarra.
Recuerdo el día que hizo la clase sobre la catenaria: lleno dos pizarras de la parte teórica sin parar de explicar y escribir de medio lado mientras todos seguíamos su razonamiento. Cuando termino la segunda pizarra y antes de poner los ejemplos de rigor volteo a mirarnos con una mirada de satisfacción casi juvenil - seguramente al ver nuestras caras de admiración- y se hizo un profundo silencio.
A alguien se le ocurrió aplaudir y se desato la tempestad de aplausos que más me ha emocionado en mi vida. Una salva de aplausos y gritos que ahora solo puedo interpretar como de respeto y homenaje y también a la satisfacción de enseñar y a la de haber aprendido algo nuevo.
El también aplaudió e hizo una exagerada reverencia quitándole seriedad al hecho. Nunca lo he olvidado. Descansa en paz maestro.
Tuve la dicha de asistir y disfrutar las clases del “loco” Martínez cuando enseñó, uno o dos semestres, en la facultad de Ing Electrónica de la UNMSM. Suscribo 100% lo que dices César!
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