En los años de la etapa escolar primaria, durante la última
semana de marzo es decir una semana antes que empezaran las clases, mi padre acostumbraba
llevarnos a mí y a mi hermano a la peluquería y nos hacía cortar el pelo en el
estilo “Peine abajo”. El nombre es bastante descriptivo del resultado final.
El corte se aplicaba cortando todo el cabello a “nivel 1” [la
cabeza afeitada es “nivel cero”] pero dejando una triangulo de cabello encima
de la frente recortado a “nivel 2”.
Si, si te mirabas al espejo parecía que tenías un botón de “play”
en la cabeza.
Recuerdo que en la peluquería habían 2 o 3 sillones anchos cómodos
blancos con cojines rojos y que se subían o bajaban con un pedal que el
peluquero ajustaba con destreza para colocar la cabeza del cliente a la altura
adecuada. Había un pequeño letrero con los precios de los tres servicios: corte
niño, corte adulto y afeitado.
En un ambiente silencioso con una radio con música suave o de
noticias se movían los peluqueros que eran hombres serios, pulcros, bien
afeitados y con una impecable chaqueta blanca. Sus hábiles manos estaban pulcrísimas
y las uñas perfectamente recortadas.
En la peluquería siempre había un par de periódicos del día
y una pequeña colección de revistas para hacer más llevadera la espera.
Frente a cada sillón había un espejo grande y una mesa de
trabajo individual, donde estaban perfectamente organizados como el
instrumental de una sala de operaciones las navajas, cuchillas y peines además de
alcohol aromatizado en spray, la escobilla suave para el cuello, la escobilla
dura para la ropa y el pote de crema de jabón con brocha para el caso de tener alguna
barba que atender.
Había colgadas entre cada mesa de trabajo una banda de cuero
donde el peluquero mejoraba el filo de sus navajas.
Había también un banquito que usaban cuando llegaba un niño.
El peluquero dueño del negocio era además de ser poseedor de un bigote
perfectamente recortado y demasiado negro para ser real, el dueño de una navaja
brillante con un mango de nácar y adornos verdes y dorados que la hacían tan
hermosa como temible.
En esa peluquería no entraban mujeres. Nadie lo prohibía y
nadie lo intentaba. Era simplemente impensable.
El tiempo paso.
Sucedió durante la pandemia. Uno de mis hijos me sorprendió diciéndome:
“Me voy a cortar el pelo. ¿Vamos?” Ante mi mirada de extrañeza me replico: “Acá
es más barato” Escuchar eso me dio una gran satisfacción.
En el camino le conté la costumbre del abuelo respecto al
largo del cabello escolar. Me escucho jocoso y solo comento “Así que peine
abajo. Recio el abuelo”
Llegamos a la barbería que uno de sus amigos le había
recomendado por el precio y la calidad del corte.
El ambiente que encontré era el de un club de amigos, todos eran
jóvenes vestidos de negro o de colores oscuros, algunos lucían cadenas: el mayor
tendría no más de 25 y casi puedo jurar que el menor no terminaba aun el
colegio.
Todos tenían cortes de cabello extraños con diseños que debían
ser los sueños de alguien que amaba las líneas de Nazca.
El ambiente era ruidoso por la música (era una batalla de
impro, me educaron) y porque conversaban animadamente: hablando todos a la vez en
un idioma que me costó reconocer como castellano. Un par de ellos estaban
acompañados de sus novias: pálidas jovencitas con mechones de color neón,
piercing en la nariz y botas descomunales que ofrecían el servicio de uñas. No
quise preguntar si solo las cortaban y pintaban o también las arrancaban.
La lista de servicios era tan extensa y tan complicada para mí,
que solo puedo nombrar las que salieron en la foto que no pude dejar de tomar :
Corte Cera American Crew, Corte AC Baily Shampoo 250 ml, Barba Cera Vikingo, Barba
Aceite Vikingo, Corte Facial completo ( 14 servicios en total) y luego una lista de
servicios en letra más pequeña con términos como laciado, depilado, definición de
cejas y otros más que hicieron ver que el servicio cubría todas las necesidades
que tenemos los hombres al ir a una peluquería, perdón Barber Shop.
Porque, si hay oferta es porque hay demanda, ¿cierto?
No pude menos que inquietarme cuando vi la mesa de trabajo
de cada peluquero y la vi llena de herramientas que solo había visto antes en
Pandillas de Nueva York. Eso si había muchos frascos llenos de líquidos de
colores y felizmente sin cosas extrañas en su interior.
Uno de ellos, al vernos entrar presto se levantó y acercándose se dirigió
a mi hijo preguntándole: ¿corte? Ante la afirmativa respuesta señalo uno de tres
sillones que parecían provenir del consultorio de un ginecólogo, mientras se ponía
una chaqueta negra con una pequeña bandera del Perú en el cuello. Debo admitir
que se transformó, se puso serio y luego de un par de preguntas al cliente se
aboco a su tarea.
Me informaron que el diseño de los sillones era para atender
también las sesiones de reflexología (masajes de pies) y uñas.
Habiendo leído la única revista que había en la peluquería y
estando en pleno corte me acerqué a mi hijo para ver cómo iba y vi que el
peluquero conversaba con él mientras hábilmente –debo reconocerlo- cortaba el
cabello. ¡Estaba a punto de tranquilizarme cuando note que tenía las uñas
pintadas de negro!
Que cara habré puesto que mi hijo apenas pudo me susurro: “No
hagas roche, está de moda”
Puedo aceptar que se dediquen a decorar por fuera su cabeza
ya que, prejuicioso yo, me imagino la escasez de mobiliario que estas deben
contener.
Puedo aceptar que usen aretes de presilla o colgantes, que
se hagan tatuajes en las pantorrillas, los dedos de los pies o al final del coxis.
Hasta delinearse los ojos puedo tolerar sin ceder a la tentación
de saltarle al cuello.
Pero pintarse las uñas de negro me parece un exceso y me
induce a creer que es una manera ladina de ocultar la mugre de estas.
Si fuera brillo o transparente puedo transar. Pero uñas negras!!
“¿Se va a cortar? Le hacemos la barba también.” Me ofreció.
“No, No. Ahora no. Gracias.” Le conteste, con la sonrisa más hipócrita
que tengo.
Al salir le pregunte a mi hijo:
“Que crees que diría el abuelo si entra acá?”
“Peine abajo para todos, Jajajaaja” me contesta.
“Y el mismo lo haría” Añado.
Y luego de un instante de silencio repitió “Así que peine abajo. Era recio el abuelo”
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