Mi tío Ricardo era el último hijo de mi abuelo y el primero (y el único) de su quinta y última esposa, la Sra. Susana. Desde el primer momento nos demostró cariño pero nosotros mozalbetes, ya teníamos el casillero de abuela paterna ocupado, por lo que solo correspondíamos con educación y respeto sus demostraciones de cariño. Pero, para nosotros no era la abuela, sino la esposa del abuelo.
Era una
mujer seria y disciplinada. Me impresiono la vez que en su cocina la vi matar,
destripar y pelar un pollo recién escogido de su gallinero. Cuando saco la
última pluma con sus hábiles dedos, pensé que a continuación vería como la cortaba
en presas. No fue así, ya que a continuación, prendió un mechero de ron de
quemar y paso el pollo por encima de la llama para detectar y sacar las últimas
pequeñas plumillas casi invisibles que aún quedaban. Y luego para sorpresa mía
no corto el pollo, sino que lo deshueso con tal facilidad que parecía que
cualquiera podía hacerlo. Primera vez que veía esa operación y hecho sin que se le ensucie su mandil BLANCO !.
Ella había tenido
a mi tío siendo ya mayor por lo que le era imposible tener otro hijo.
Pragmática, adopto a uno de sus ahijados en Huancayo y lo trajo a Lima para que
acompañe a su único hijo. Ambos eran casi de la misma edad y los instruyo “Ustedes
son hermanos y deben tratarse y quererse como tales” fueron las palabras que varias veces le oí repetir cuando se peleaban.
El hijo “postizo”,
Raúl era industrioso, disciplinado, callado y poco dado a mostrar sus emociones.
El hijo “real” Ricardo era casi lo opuesto, pero se llevaban bien. Ambos terminando el
Colegio decidieron ser mecánicos y para ello estudiaron en la famosa –en ese
entonces- Academia Gamor.

En la cochera de la casa tenían un hermoso Chevrolet Vauxhall verde del año 42 que casi no usaban - que me parece motivó en ellos la decisión- fue asignado para las prácticas de los futuros mecánicos. Ellos estaban felices. Disponer de un auto a los 20 años -en esos años- era un lujo asiático.
Mi abuelo y la Sra Susana compraron un canchón en la Av. Montevideo en el centro de Lima y
pusieron allí un Taller de mecánica. para ellos. El terreno tenía un portón de madera de 3
metros de alto, una zona de tierra afirmada que servía de taller, un lavadero grande al lado derecho y tres piezas de
adobe al fondo, una para guardar todas las herramientas y utensilios, otra para
partes y piezas y una que servía como zona administrativa y de descanso.
Con mi papa
si íbamos los sábados a visitar al abuelo, íbamos al Taller. Si era domingo el dia de visita íbamos a su casa. El Taller solo atendía hasta el mediodía del sábado.
Siempre que íbamos al Taller, los tres : mi papa, Ricardo y Raúl empezaban jugando un campeonato de fulbito uno contra uno con arcos chiquitos (2 piedras separadas un metro), ya se imaginan las discusiones sobre la validez de los goles. Terminaban jugando a penales usado el portón como arco. Cuando mi papa o mi tío Ricardo estaban en el arco los penales se ejecutaban normalmente, el que pateaba el penal trataba de hacer un gol, pero cuando Raúl se ponía en el arco la cosa cambiaba y la idea era darle al arquero y le disparaban unos puntazos que cuando la pelota chocaba en el portón de madera resonaba con gran estruendo. El mismo Raúl primero se paraba como arquero, pero cuando veía venir el pelotazo se ponía de costado mientras se protegía la cabeza. Los tres se reían a carcajadas. Mi abuelo a veces les llamaba la atención con poca convicción y a veces se ponía a mirar sonriente como "fusilaban" a Raúl.
Como todo mecánico que se respete, Raúl tenía un aspecto desaliñado, con barba de varios días, una mancha de grasa mal limpiada por allí en la cara y las uñas con borde negro. Usaba siempre camisa y pantalón caqui y la camisa de manga larga sea verano o invierno. Mameluco azul acero para trabajar. Solo en una ocasión no fue así, para el matrimonio de su hermano donde manteniendo el pantalón caqui, estrenó camisa blanca y corbata. Y aunque siempre usaba pelo bien corto, para esta ocasión se lo había recortado, peinado y lucia un impecable afeitado de peluqueria. Por supuesto se le veía extraño.
En la reunión familiar post matrimonio era el centro de la reunión. Lo fastidiaban afirmando que por fin -y con gran dolor- había abierto una de las 20 botellas regaladas de Old Spice que acumulaba en su dormitorio. Que lo había hecho con la esperanza de encontrar novia. Que si Ricardo había encontrado novia el tambien podia. Que ya había hablado con el sacerdote para separar fecha. Que tacaño él, había pagado la atención en la peluquería con un afinamiento. El reia con la tímida felicidad que le conocíamos.
Desde allí nunca mas uso nada fuera de su camisa y pantalón caqui.
Mi papa le decía “Barrabás”. Ese sobrenombre nació una semana santa que visitábamos al abuelo y todos veíamos en la televisión una de las películas religiosas que se acostumbra en esos días. En eso alguien dice: “Raúl tu eres igualito a ese Barrabás” Todos nos reímos y él, el primero.
Desde allí
siempre que los visitábamos, mi papa repetía un ritual, lo saludaba con un
“Barrabás” acentuando la última silaba y con falso tono marcial y Raúl
respondía con una sonrisa mientras se acercaba. A continuación, mi papa
tomándolo de los hombros le preguntaba “Dime ¿A quién liberamos a Barrabás o a
Jesús?” y Raúl le respondía “a Barrabás”. Se reían y se abrazaban dando fin al ritual.
Pero nunca
lo llamaron así delante de la Sra. Susana. Ella aparentaba no saber mientras
ellos aparentaban no saber que ella sabía.
Cuando mi tío Ricardo se casó, Raúl se convirtió en el apoyo que la pareja anciana requería. Desde hacer las compras, limpiar la casa y pagar los servicios hasta evitar los peligros que el trabajo en la cocina acechan a una anciana con problemas de visión, trabajo que ella enfáticamente no queria dejar, Además del cuidado del gallinero y los gallos de pelea del abuelo diabético que había perdido una pierna en un accidente. Para nosotros, adolescentes fue uno de los mas claros y silenciosos ejemplos de solidaridad, nobleza y amor filial que hayamos visto. El ejemplo enseña.
Su única compañía era Nerón un enorme perro (tendría unos 60 cms de alzada) que nos asustaba al solo verlo. Nerón obedecía las ordenes de Raúl pero temía a mi abuelo, seguramente recordando que ese chato le había cortado las dos orejas con un solo golpe de machete cuando era un cachorro.
El tiempo transcurrió.
El ya
hombre mayor Raúl, no pudo soportar la sucesiva muerte de la Sra. Susana y de mi
abuelo, sus padres de corazón y poco tiempo después un cáncer digestivo violento y rápido acabo con él. Es un hecho, en mi opinión, que la depresión y la tristeza matan.
Yo y mis hermanos lo recordamos como el hombre humilde, noble y sensato que dio fidelidad y silencioso afecto a la familia que lo acogió y una de las pocas personas con las que mi papa se jugaba con tanta confianza.
Hoy décadas después, cuando visito (ahora veo) a mi viejo y le digo “Barrabás ¡!”, por un rato al menos, la sonrisa de él está asegurada mientras lo rememoramos.

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