Teníamos
una tía que era una de las mejores amigas de mi mamá. Se conocieron en el
trabajo, cuando ellas tenían 18 y 21 años y desde el primer momento se hicieron amigas.
Tal vez porque eran totalmente opuestas.
Mi
tía Yola era tímida, formal y muy dulce con todos. Mi madre no era tímida, era
formal solo cuando se requería y dulce con los que quería y acida con los que
detestaba (y te hacía saber en que grupo estabas). Cuando se juntaban sus conversaciones eran
murmullos salpicadas de explosiones de risas. Mi Mamá se llevaba mejor con ella
que con algunas de sus 7 hermanas.
La
tía Yola fue testigo del romance de mis viejos desde sus inicios y se alegró
cuando mi Mamá le dijo que dejaba el trabajo porque se casaba.
Al
poco tiempo de casarse mis viejos, la tía Yola le conto a mi Mamá que se había
enamorado de un empleado bancario, bajo (le llegaba al hombro) risueño, usaba
lentes y tenía bigotes, muy callado y educado y se llamaba Humberto. En esos
tiempos ser empleado bancario redituaba status social.
Durante
el romance mi mamá le recordaba con bromas a mi tío Humberto que tenía mucha
suerte que su amiga lo hubiese mirado y que debía agradecer a Dios que ella no
estuvo cerca cuando enamoraba a la incauta Yola porque lo hubiera desalojado
sin más.
Al
poco tiempo se casaron y tuvieron su primer hijo –Carlos- y las familias se
visitaban dos o tres veces al año un domingo completo para pasar el día juntos.
A
nosotros nos gustaba ir a su casa por dos razones: primero porque mi tía tenía
como hobby la preparación de dulces y siempre que íbamos, la mesa del
comedor estaba llena de camotillos, machacado de membrillo, mermeladas de
fresa, tomate, zanahoria, manzana, piña, queques, crema volteada, leche asada,
mazamorra morada, además de caramelos, chocolates y galletas. Como mesa de
cumpleaños. Y como decía mi tía era “para que prueben los chicos”
Por
otra parte, mi papá ya nos tenía advertidos acerca de hacer cosas indebidas como coger los dulces a manos
llenas o llenarse los bolsillos.
Mi Mamá al verlo siempre lo saludaba preguntándole: “¿Qué? ¿tú todavía sigues por acá?” En las reuniones de las 2 familias, los esposos jugaban sapo en el patio del fondo de la casa, las esposas estaban en la cocina donde la tía mostraba su habilidad y mi Mamá la acompañaba, mientras que los hijos estábamos desperdigados entre el suelo y los muebles de la sala leyendo.
A
veces se sumaban un par de vecinos. Todos coincidían en que mi tío Humberto era
un alma de Dios como dicen. Una broma que recuerdo le hicieron, fue decirle que
él con seguridad iba a ir al cielo, pero también es seguro que en la puerta le
va a preguntar a San Pedro si está seguro que él estaba en la lista.
Mi
tío se reía mucho y nunca contestaba las pullas que le hacia mi mamá, o sus amigos.
La
última broma que le hizo ella fue cuando estaba internada en la Clínica Stella
Maris, en el segundo piso en una habitación doble pero que solo ella la ocupaba.
Habían retirado la otra cama y el biombo de separación. Su estado ya era complicado.
Era
domingo en la tarde. Había poca cantidad de visitas. Un pequeño grupo estaba
adentro y los visitantes entraban y salían. Mi tía Yola llego y saludo a mi Mamá
y un momento después entro mi tío Humberto.
Mi
Mamá lo vio y le dijo a mi tía “¿Que hace el acá?”
“Ha venido a verte. Ana”
“No.
Ha venido a acompañarte a ti, no a verme a mi”
“¿Puedes
pararte en esa esquina? Tengo que hablar a solas con mi amiga un minuto” le dijo señalando
la esquina más alejada de la habitación.
Mi
tío sin dejar de sonreír, se dirigió a la esquina señalada y se paró allí con
las manos cruzadas.
Todos
reían de la broma.
Al
ver que el tío obedecía la orden, mi Mamá que aparentemente no esperaba esa respuesta
solo dijo en voz baja “Este …. (censurado)…..” y dirigiéndose a mi tía le dijo
“Es obediente, la próxima vez le digo que se tire por la ventana. Asunto resuelto. Te quedas
joven, viuda y con plata. Serias irresistible”.
Mi
tía Yola se reía, cerrando aún más sus ojos chinitos, Ella venía a darle animo
a su vieja amiga en un trance difícil y ella era la que se reía.
Mi
Mamá llamo a mi tío Humberto diciéndole “Ya que estas aquí ven a saludarme, con
esos tirantes ya pareces un jubilado”.
Nadie
pensó que sería la última vez que se verían.
Seis
años después, mis dos tíos fueron a mi matrimonio. Mi tío sonriente como siempre y mi tía con esa calma dulce que la caracterizaba. Se que pasaron momentos difíciles, pero estaban firmes y positivos como siempre. En un momento dado mi tía me
apretó muy fuerte la mano y me deseo muchas felicidades, por supuesto se lo agradecí.
Luego
me abrazo y me dijo “Hubiera sido lindo que tu Mamá estuviera aquí. Ya te
imaginas como hubiera sido. Extraño sus bromas”.
Me
conmovió.
Solo pude decirle “Yo también tía, yo también”


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