EL ESPAÑOLITO PARTE I


[ANÉCDOTA]
El dialogo sucedió por estos días hace varios años.

Me acuerdo porque fue a principios de diciembre, esos días en que nos levantamos y de repente nos hemos vuelto o volvemos un poco más humanos, mas cariñosos.

Pero vamos al principio, para que se entienda ese dialogo.

Le decíamos el españolito, Tenía unos 22 años, la sonrisa fácil y el entusiasmo que todos tenemos a esa edad. Lo conocí porque teníamos amigos en común y frecuentábamos el Cine Club de Ministerio de Trabajo los domingos en la tarde.

El era militante de izquierda, y lo hacía en el POMR, partido –o secta como prefieran- que tenía un local en el jirón Washington, una casa antigua con techos altos, puerta de madera y piso de loseta en forma de damero a la que cuando uno entraba casi podía oler el incienso propio de una secta religiosa.

Si los de izquierda fueran vegetarianos, los del POMR calificarían como veganos.

Meses después lo volví a encontrar en Arequipa de dónde era su familia y ahí me enteré su historia y el porqué del mote.

El con su familia había migrado a España cuando tenía cinco o seis años y habían regresado cuando tenía más de 20; por lo que toda su educación y su acento era español, sin embargo, la familia había conservado las costumbres y el cariño al terruño.

En Arequipa nos hicimos amigos. Yo me reía de sus modismos y de sus chistes malos, y que de malos hacían reír y el no dejaba de sorprenderse de la crueldad de los apodos limeños.

Pero no solo era gracioso. Había leído y vivido bastante para sus veintitantos años. Aprendí bastante de la situación política española y la transición post Franco de esos años, así como de la llamada “revolución de los claveles” en Portugal que él había visto de cerca.

Tenía una novia que también era militante de las llamadas “cristianas de izquierda” (vaya menjunje ideológico que había esos días.) Era en verdad una chica hippie, fumaba marihuana, le gustaba Victor Jara, Quilapayun (La Muralla), etc. y se vestía como tal: faldones o jeans con cinta india en la basta, chaleco con flecos, sandalias, chakiras y tenía la mirada fija de los creyentes. 

Era una arequipeña muy bonita, de pelo castaño ensortijado y ojos color 
caramelo, confieso que nos gustaba a todos, pero era la novia del españolito. En esos días nadie se metía con la novia del amigo.

Él estaba muy enamorado, eso se notaba.

Pero un día la relación se terminó, ella adujo “diferencias políticas” él quedó muy triste y siempre con la esperanza de volver con ella. Al poco tiempo la vimos con otra pareja, y él ya no volvió a ser el mismo.

El españolito se alejó de nosotros. En realidad, se alejó de todos.

Semanas después, a solas, le pregunte que pasaba con él y me contesto, “Estoy viviendo con un hueco en el estómago.” No le entendí bien. No quiso decir más. 

Los hombres no solemos hablar de nuestros sentimientos. Y allí quedo la cosa.

Aquí viene el dialogo que recordé.

Fue un día de inicios de diciembre, Tito, un amigo en común, me comento sin medias tintas: “¿Sabías que el españolito se ha suicidado?”

Me quede frio. “Queee ?”
“Si, se ha suicidado, ayer lo encontraron”
¿Qué puedes decir, además de insultarlo?.

Solo atine a decir “No se puede vivir con un hueco en el estómago”
“Que dices?”.
“Nada yo me entiendo.” Me sentía culpable.



Años después, saliendo del aeropuerto, la vida me enseño que, si se puede vivir con un hueco en el estómago, pero no es fácil.

Paginas mas visitadas.