[ANÉCDOTA]
Recién empecé a salir a la calle solo, cuando tuve 12 o 13
años no más.
Allí conocí a los amigos con los que pelotearía muchas veces
en las pistas de mi barrio.
Uno de ellos se llamaba José, y naturalmente lo llamábamos
Pepe. Era un pelotero muy hábil, e incansable participante de nuestros clásicos U – Alianza.
Un día, su padre desesperado por la velocidad con la que el
destrozaba las zapatillas, no tuvo mejor idea que sacarle los “cocos” –en esos
tiempos eran de madera- a un par de chimpunes y dárselos para que los use como
zapatillas.
Histórico hecho.
Cuando apareció con los negros chimpunes sin cocos a jugar
con nosotros, fue el blanco de sangrientas burlas.
La peor de toda esa escalada de bromas – de la que confieso fui
parte- era la que afirmaba que esos chimpunes habían sido del recién retirado Tito
Drago (el Iniesta de la época) y que él los había heredado.
Aprendió a la mala. A partir de ese día nadie: amigo, enamorada, novia o vecino lo llamaba Pepe o José. Para TODOS se llamaba Tito.
Y comenzamos a llamarlo burlonamente Tito.
Aquí fue cuando el cometió el mas grave error que se puede cometer cuando te fastidian en el barrio: se pico.
Aquí fue cuando el cometió el mas grave error que se puede cometer cuando te fastidian en el barrio: se pico.
Aprendió a la mala. A partir de ese día nadie: amigo, enamorada, novia o vecino lo llamaba Pepe o José. Para TODOS se llamaba Tito.
Incluso su propia madre lo llamaba así para hacerlo ingresar
a casa.
Y así fue como hasta el día de su muerte. NUNCA jamás volvió a
ser conocido como Pepe.
El un día fue “bautizado” por la calle como Tito y así
quedo. La calle había hablado.