
[ANÉCDOTA]
Como dije recién empecé a salir a la calle solo, cuando tuve 12 o 13 años no más.
Salía a la puerta de mi casa y mirando hacia la izquierda no había mucho que ver. La calle terminaba una cuadra más allá. Mirando a la derecha había más para ver: la panadería de un italiano que apenas mascaba el castellano y donde aprendí a comer fugazzas y pizzas, mas allá la cancha parroquial, la iglesia y mucho más lejos el mercado.
A mitad de la otra cuadra veía siempre estacionado un auto negro antiguo, un Ford Clásico, no sé si era movilidad privada, auto para matrimonios o un taxi. En esos tiempos esos autos no me parecían tan bonitos como ahora. Es mas el concepto de belleza y auto aún estaban divorciados en mí.
Una tarde salgo a la puerta, debe haber sido en vacaciones de Julio, sino era imposible que ello sucediera, tanto por el horario de clases que teníamos en ese entonces: de 8 a 12 o 1 y de 3 a 6 como porque mi viejo era muy estricto con las salidas durante la época escolar.
Bueno un día salí, me recuesto en el dintel, miro descuidadamente hacia mi derecha y de repente POMM ¡Sentí como mi respiración se detuvo!
De la quinta frente a la que estaba estacionado el auto negro, salía caminando alegremente una preciosa niña de cabellos castaños, blusa verde, falda azul y zapatillas blancas.
Me quede petrificado, todos los que usan el término amor a primera vista saben de lo que hablo.
A los pocos minutos ella regresó con una bolsa de papel, había ido a la panadería, y entro a su casa.
No podía creer lo que había visto. Esa belleza era sencillamente inimaginable.
Pocos días después la vi pasear en bicicleta. Me rendí en silencio e incondicionalmente.
Y esto porque ademas yo no sabia manejar bicicleta !!!
Se hizo una rutina salir a esa misma hora, a ver si la volvía ver. A veces tenía suerte, a veces no.
Al poco tiempo pude conocerla. Se llamaba, como actriz de película mejicana, Elena Mercedes. Y cuando me miraba, simplemente me suspendía en el aire.
Poco tiempo después, me entere que en unos días habría una función de cine en la parroquia. Decidí que era el momento de acabar con ese dulce dolor y confesarle mis sentimientos. Fueron largos días de espera.
Esa noche, llegue a la cancha de fulbito donde proyectaban la película, bastante asustado. La película ya había empezado. La busque en la penumbra y la localice. Estaba con su amiga. Me senté dos filas atrás. Era un cazador.
No vi la película. Solo esperaba el momento de poder abordarla. Me moría de miedo.
De repente, delante mío y exactamente detrás de ella se sentó un chico del barrio que era poco mayor que yo – él tendría unos 17- y a quien le decíamos el ratón, porque su papa comercializaba quesos.
Paso unos instantes y de repente el se inclinó hacia a ella y le dijo algo al oído. Ella sonriendo paso su brazo hacia atrás y se agarraron las manos un instante.
Yo veía todo esto en silencio. El ratón había robado mi queso. En mis narices.
Unos minutos después, él se levantó, se dirigió hacia la salida y se paró al lado de la puerta. Poco después ella se levantó y salió del local seguida por él.
Yo no entendía lo que pasaba, ni que debía hacer. El cielo se había derrumbado.
No recuerdo que mas paso esa noche, supongo que para defenderme lo he olvidado, y aunque puede ser fácil de imaginar, sencillamente no lo recuerdo.
Así fue mi primera decepción. Pero mas que el dolor de la frustración lo que recuerdo con mas intensidad de este episodio es el tibio alboroto que me causaba verla.