Los chicos jugábamos a darnos
sorpresivamente golpes de puño -pero con la parte de los nudillos-en el
hombro.
Fue tan intenso el dolor que por un instante sentí que me quemaba la cara,
cerré los ojos mientras me inclinaba y cogía el hombro atacado.
De modo instintivo, exclame "con.&# de&# tu &# &#.&#" fuerte y claro, silaba por silaba.
Recién cuando levante la vista me di cuenta quien había sido mi atacante. El gordo Villalobos, el matón del salón, se reía de su gracia incluso después de haberlo insultado con mi improperio.
Molesto yo, porque seguía riendo junto a otros y queriendo mostrar que algo de calle tenia (una de las reglas de la calle es que cuando insultas debes ser lapidario ) le dije "cabeza de chancho", apodo que nadie en su sano juicio le decía.
A el la sonrisa se le congelo en el
rostro.Yo me olvide del dolor que sentía. Habia tocado carne. Todos los que nos rodeaban guardaron
un silencio sepulcral, aunque a mi me pareció que todo el colegio quedo en
silencio en esos instantes.
Insensato y provocador, como a veces
soy, repetí el insulto saboreando el impacto de la respuesta.
El gordo paso de la risa a la furia en un instante, y acicateado por varios "uy, uy, uy" se me vino encima. Felizmente fue detenido por las carpetas que habían entre nosotros y por una mayoría que le decían "pa la salida, pa la salida"; mientras otros conciliadores, que eran los menos intercedían tibiamente con el "no seas abusivo" y en medio del desorden uno por allí nos alertó "el auxiliar, el auxiliar"
El auxiliar, el popular "mono" Chávez llego a sofocar el alboroto, y ante su ceño fruncido todos nos dispersamos como palomas en parque.
El gordo, de lejos, me hizo una seña inequívoca, donde me dejaba claro que a la salida me esperaría. Pensé "estoy frito, este me va a matar"
No me pude concentrar en las dos últimas horas de clase. Repasaba mis alternativas y todas tenían un final siniestro para mí.
Y llego la salida.
Obviamente solo, ya que nadie apostaba por mí, ni quería estar en mi pellejo, estaba cruzando la puerta del Colegio; luchando entre el miedo que me impulsaba a huir y el orgullo que me aconsejaba pelear cuando sentí una mano en el hombro y una voz que me dice "que ha pasado César, dicen que te vas a mechar con Villalobos"
Era Pepe Valderrama, mi compañero de carpeta quien era más chato y más gordo que yo y que por alguna razón no estuvo en el salón durante las dos últimas horas de clase. Con cara de valiente, pero seguro con voz fúnebre le dije "si", el con fastidio me respondió "Ese h..... ya me tiene harto, vamos nomas yo te acompaño"
Qué bueno debo haber pensado yo, porque alguien tenía que encargarse de recoger mis restos o de distraerlo mientras corría.
Pero Pepe no me condujo en dirección al lugar establecido para las broncas del colegio, a la vuelta en el descampado de la calle Aguarico sino en dirección a mi casa, y cuando sin mucha convicción quise protestar, me dijo "Vamos no más, ¿como te vas a mechar con él?". La verdad, no tenía respuesta.
Al ver que me iba, los espectadores habituales de las broncas que no querían perderse el espectáculo, inmediatamente avisaron a mi rival que yo estaba huyendo.
Así que unos veinte pasos más allá de la puerta del Colegio, donde ya no había ambulantes sentimos una turbamulta que nos alcanzaba a gritos. Nos detuvimos y volteamos a ver.
A la cabeza de la mancha estaba el gordo Villalobos, listo para la bronca, sin corbata, con la camisa afuera y con las mangas remangadas venia directamente hacia mi. No voy a decir que no me temblaban las piernas o que no sentía que alguien me arrugaba los intestinos.
Pepe dio un paso adelante, interponiéndose en su camino y con la mano en señal de alto le dijo. "tranquilo compare, él está conmigo".
El gordo Villalobos, que era más alto, le rechazo la mano mientras le mentaba la madre. Craso error. Nadie lo sabía en ese momento pero Pepe era bronquero bravo en su barrio Manoa en Breña e incluso supe después había jugado fulbito en el Mundialito del Porvenir.
Y lo demostró, porque todo fue muy rápido, no había terminado de mentarle la madre cuando Villalobos ya estaba en el aire; lo había levantado sujeto por los muslos (lo que se conocía como "pesada") y lo arrojo de espaldas al piso, donde le dio no menos de media docena de puñetes y luego lo sujeto por el cuello con el antebrazo, la popular llave conocida como "mataleon". En 20 segundos se había acabado la bronca.
Fin de la historia.
No volvieron a golpearme los hombros porque todos,
y yo también por supuesto, abandonamos el "peligroso"
juego.
Ayudarle con las matemáticas a mi
compañero de carpeta había rendido oportunos e inesperados frutos.

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